Pandemia e institución

Rock en tiempos de covid


Encajando en el sarcasmo de Aira acerca de los ensayos, “Pandemia e institución” sólo carece de un -ismo o dos para concretar sin más esfuerzos su pretensión.

El sábado pasado me di el gusto, después de un año casi, de ver y escuchar música en vivo. Se me alinearon los planetas porque no sólo convocaba la irresistible Paula Maffía, sino que además lo hacía desde el club cultural y deportivo Quetren Quetren que queda a unas cuadras de mi casa. Después de meses de aprender la pandemia y sus reveses, en un momento en que la gilada baja la guardia y los casos de covid-19 crecen, el personal sanitario desespera y más de 45000 personas dejaron de existir gracias a la gripesiña, no quiero ser parte del problema tan sólo porque estoy un poco aburrida y menos estimulada que nunca (no hay google que le dé pelea al bar, al museo, a la conversación del cara a cara, al centro cultural, a la calle, al taller, a la clase y la biblioteca, al beat de los corazones apretujados en un colectivo). Pero en este caso sí. Ir caminando y volver caminando, un espacio con techo pero sin paredes, una organización que tiene que juntarnos para separarnos, para que nos miremos de lejos, son requisitos de la nueva normalidad a la que, con un poco de arduo trabajo de científicos/as de todo el planeta, no tendremos que acostumbrarnos por mucho tiempo más. ¿pero cuánto?


Me encuentro con Paula Maffía y la felicito por ser un vértice articulador de variables que hasta hace poco eran impensables para la escena del rock en Buenos Aires. Le confieso que pareciera imposible hacer un show en vivo “seguro” con otros públicos como el del punk. Ya vimos que toca Pelea de gallos y el barbijo y la distancia son temas que quedan marginados como una pelea entre panelistas de TV berreta. Tocan los A77aque y lxs salames poguean en el último tema y borran con los mocos lo que venían escribiendo con lapicera. Pero este público, su público no como propiedad en el sentido de producto de compra-venta sino como característica y contorno de su música y performance, se aguanta las ganas de toquetearse y se sienta en burbujas en el piso o en sillas y se dispone al disfrute, de otro modo. Intercambiamos unas frases sin terminar con Paula pero no nos ponemos de acuerdo. Asociamos al público del punk con las prácticas recitaleras de Cemento y mi visión romántica del baño se choca con su versión más humanista. El baño de Cemento, con su chorro saliendo del agujero en el que debería haber habido un lavatorio y sus agujeros de inodoro, agujeros que a veces parecían coincidir, me remite a un reencuentro con la animalidad de nuestras necesidades; a ella le parece que los animales son más pillos y pulcros que los punks de Cemento. Dejo la conversación ahí porque ella es una “woman on a mission” lista para hacer su segunda presentación de 2021 en la canchita de papi fútbol del Barrio Chino. Me río y concuerdo en que el único animal que mete los dedos en el enchufe dos veces es el humano.

Pero me merodea una idea pequeña que quiero alimentar. Me pregunto por qué recuerdo con nostalgia esos baños, por qué me sentía – y aun en mis representaciones me siento- visitando mi costado más animal en ese antro de la falta de pulcritud. Es que, especialmente para las mujeres, el baño es un lugar hiper-institucionalizado, supra-normalizado y mear abajo del chorro del que iba a tomar agua me resulta un gesto anti-civilizatorio, ergo, animal, que mi adolescencia cultivó con fuerza. Tengo que confesar que los animales con los que he tratado han sido bastante delirantes en sus hábitos higiénicos, pero sobre todo, representaban el otro de la puja civilizatoria: todo eso que nuestras abuelas nos decían que debíamos dejar de hacer era precisamente lo que calificaban de animal. “Sentate bien, no sos un animal”; “Comés como un animal, agarrá el tenedor y límpiate con servilleta”; “Andá a bañarte que parecés un animal”; “Bajate de ahí que no sos un animal”; “Este no es el lugar para hacer eso, no somos animales” y etc. Monos, chanchos, perros, conejos eran símbolos de la barbarie que la infancia y la adolescencia tanto disfrutaban. Trepar como monos, comer como chanchos, pelear como perros, coger como conejos, la animalidad que la civilización estaba tratando de eliminar de nuestro ADN. Si había un lugar en el que no había etiqueta y protocolo (del sanitario no teníamos ni noticias, digo etiqueta como en una cena de gala y protocolo como en un encuentro entre jefas de Estado), ese lugar era el baño de Cemento. Yo no me sentí destratada por Chabán ni por las bandas que fui a ver y oír sino más bien liberada por ese “bog of eternal stench” que Paula quiere desterrar. No obstante, los punks y sus gestos anti-civilizatorios se muerden la cola frente a una pandemia y ella es parte de una generación de artistas más amigadxs con las instituciones.


Y esa idea regordeta que vengo alimentando no me permite amigarme con la civilización, pero se da cuenta que entre pogos, vinos en cajita y visitas a los (in) sanitarios siempre soñamos con nuevas maneras de institucionalizar nuestras experiencias y nuestras prácticas. Mi utopía, no escribo por nadie más, tiene que ver con la creación poética de nuevas formas de vincularnos que, a fin de cuentas, son institucionales. El lenguaje es una institución que me habilita experiencias y que me conecta con otrxs. Que odies a la policía no te obliga a ser unx idiota que pasa por la vida de capricho en capricho cagándose en todxs. Creo que el rock como cultura tiene sentido si se auto-concibe como una institución alternativa, que sin importar si el baño sucio o limpio (limpio porfi que ya cumplí 40), nos permita vivir de otro modo, vincularnos de otro modo. Por eso, el recital de Paula Maffía parece un gesto anti-civilizatorio porque no se caga en todo, porque hace posible lo improbable, porque puede obedecer un protocolo sin convertirse en un cerebro en un balde controlado por los medios de comunicación masiva. Nada es más revolucionario hoy que un barbijo y la distancia social para poder seguir haciendo lo que nos gusta, de otro modo, por ahora, del modo que sea, pero seguir.

No hay nada bueno de una pandemia y mi productividad en cuarentena se redujo a budines, pero hizo evidente de qué lado estuvimos siempre y de qué lado queremos estar. Cuando veo los pogos y las birras y los porros pasando de mano en mano me duelen las posibilidades perdidas, se me irritan las oportunidades de demostrar lo contrario, me sangran las utopías. No quiero con esto no darme cuenta de que la experiencia es bien distinta de lo que era y que sin ese “filo” (edge en inglés que me parece intraducible) que todo encuentro rockero tenía me permito llevar a mi hija de 6 años. Pero es lo que tenemos ahora, y queremos sostener instituciones importantes como el trabajo de nuestrxs amigxs y colegas, los espacios culturales que nos han visto crecer entre los márgenes de la escolaridad y la civilidad, y la amistad como institución que se organiza en torno a nuestros intereses y pasiones.

Sin dudas volveremos a transpirar las camisetas de nuestrxs compañerxs de recital y compartiremos nuestras pestes, pero esta pandemia pone en jaque cierto infantilismo del gesto anti-civilizatorio por el gesto mismo, sin miras ni objetivos. Por eso, barbijo y distancia social siguen siendo la única vacuna contra el covid-19 y sus mutaciones y la única manera de diferenciarte de esa civilización que agita la bandera del “Sálvense quien pueda”.

Confiá en lo que te voy a decir: podés no festejar tu cumpleaños; podés ir a ver una banda y respetar a lxs otrxs (los presentes y los ausentes).

MissBoa

 

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