La Polla Records y la ciencia del punk

Un día quise ser punk. Me gustaba ver esa gente con los pelos coloreados y de punta, con sus botas roídas y pantalones arremangados, sus caminados torcidos y chaquetas con taches. Todos tan libres. Y tan malos.

Un día quise ser punk pero al siguiente me dio miedo. Entonces fui discreto, que es la actitud menos punk que hay. Así, decidí averiguar cosas punk en un mundo donde el internet era un paradigma futurista. Y choqué. Choqué contra todo. Incluido yo mismo. Ahí estaba la primera enseñanza punk: chocar. Chocar contra todo y si no había nada inventarse algo.

Primero lo primero: la música. Lo más difícil. Nadie compartía nada a menos que uno tuviera algo mejor. Yo solo tenía las ganas de ser punk, pero de música y maneras, nada. Por ahí los casetes pésimamente grabados y algunos discos del hermano de un amigo me sirvieron como punta de lanza.

  • Pille socio, le cambio “Volvió la alegría vieja” de dosmi, “Ignition” de Offspring o “Señalados” de la Mojiganga, por lo que quiera –decía yo, porque era lo único que tenía-.
  • Pffffff, no sea caspa perro, eso lo tiene todo el mundo –me respondieron varias veces personas que tenían eso que yo buscaba y que no sabía qué diablos era-.

Caspa. Caspa ya no era el polvito blanco aquel que ocasiona un tipo de hongo capilar. Caspa era no saber nada o simplemente estar al corriente de lo que cualquier persona sabía a propósito de rock. Para no ser caspa en el mundillo punk de esa época, por ejemplo, era menester hablar de Sid Vicious, saber quiénes habían sido Los Saicos, haber visto la película Rodrigo D. No Futuro y distinguir entre hardcore, street punk y oi! No ser caspa, era, también, una forma, digamos pseudointelectual, de tomar distancia de lo falso y lo mundano y situarse por encima de la ignorancia colectiva.

Así las cosas, ser punk nunca fue una tarea fácil: había que saber muchísimas cosas –o improvisar que se sabía- y, sobre todo, luchar contra los casposos. A muerte. Porque, como en cualquier ciencia, el conocimiento, si no se cela, se convierte en moneda de cambio y desaparece. Naturalmente, este fenómeno de resguardo y defensa tenía como teatro la calle, y eran esas tablas de hormigón las que permitían que el punk estuviera a la altura de una filosofía.

De esta manera (un par de veces a los golpes), me enteré de un montón de cosas: el gancho nodriza significaba algo que hoy verdaderamente me avergüenza: no al aborto. El remangue con botas funcionaba como una suerte de analogía obrera. Los cordones blancos en las botas aludían a la igualdad de razas y los rojos a una tendencia ideológica comunista. La cresta significaba resistencia en el marco de la guerra social punk por la libertad. Las cadenas colgando de la ropa, como llaveritos, además de simbolizar la destrucción de las cadenas de la opresión capitalista, también eran un arma a la hora de pararse frente a un facho.

Los fachos, aquellos enemigos eternos. Muchas veces invisibles en las calles, pero absolutamente evidentes en las clases dirigentes, en la clase media y en las populares, fachos que no van con las cabezas rapadas, sino que van por ahí, aparentemente tranquilos, convencidos de su frustración y egoísmo, discriminándolo todo para abrirse camino dentro del vaciamiento de sus cuatro paredes mentales. Los fachos fueron y seguirán siendo el leitmotiv del punk, para no morir, para no pasar de moda, para mantenerse en pie con una excusa de lucha que dispara hacia todos lados, porque la gente teme ser libre, teme salirse del guion de la seguridad y la mentirosa paz, porque a la gente le gusta estar sometida. Otra enseñanza del punk: para ser punk hay que ser un soñador empedernido, un inquebrantable idealista.

Ahora bien, en el transcurso de aquellos días-meses-años aprendí a fruncir el ceño. A mirar mal, a hablar en voz alta y a escandalizar. También estudié la definición de anarquía y las nociones de autonomía y libertad (leí a Bakunin y a Kropotkin y me enamoré de las figuras de Ravachol y Ricardo Flores Magón), reparé en algunos tips para la protección dentro del pogo y me paré una cresta con jabón industrial. Mientras tanto seguía saqueando al hermano de mi amigo: Sex Pistols, The Clash, Ramones, Rancid, The Exploited. Bandas para mover la cabeza y letras que, por supuesto, no entendía. No obstante, la energía desplegada me hacía pensar que lo que decían tenía que ser algo parecido a eso que yo quería que fuera mi verdad punk.

Hasta que un día alguien me dijo que consiguiera algo de La Polla Records si quería obtener algo de Eskorbuto. Nunca en mi lozana vida había escuchado la palabra polla, excepto en las bizarras traducciones al español ibérico de películas pornográficas yanquis. Eskorbuto era para mí la panacea, la quintaescencia de todo lo punk, eso que sí o sí debía tener y ensayar diariamente como si se tratara de una biblia sonora.

Con quince años, fue la primera vez que me fui al centro de mi ciudad (Bogotá), ese lugar mítico donde las personas decían que estaban los podros (podridos), aquellos punks que vivían en anarquía constante y apaleaban y robaban a los que se vestían como ellos pero no eran igual de degenerados que ellos. Substancialmente eran una comunidad de indigentes y drogadictos que vestían de cuero y olían mal. Nada más imaginarlos daba un miedo terrible, pero mucho más espantadizo era encontrarse uno de frente. Y me pasó, ese primer día de desfile solitario:

  • Usted qué gonorrea, muy punk o qué –me dijo, poniéndome el hombro en el pecho-.
  • Sí, punk, pero nada, no quiero problemas con nadie –respondí acelerando mi paso-.
  • Ay, otro mariquita pacifista que lo peina la mamá y viene aquí a montar la espantosa, gonorrea –persiguiéndome por la calle diecinueve-.
  • Hermano, no quiero problemas ya le dije, todo bien –le repetí-.
  • Yo no soy hermano de nadie, la hermandad no existe, yo soy punk, antitodo, libertario, solo creo en mí ¿sabe qué hijueputa? Aquí la calle se gana y no es para princesas, despegue o le meto su puntazo –me amenazó, mientras yo empezaba a correr-.

El choque contra el miedo me hizo pensar seriamente en dejar de ser punk. Había comprobado que si no era violento nunca podía ser un buen punk. Pero, al cabo de unos minutos, cuando entré a una de las pocas tiendas que importaba la música que uno quisiera del país que fuera, todo, de repente, me pasó. Me di cuenta que el punk era un vicio y que había que resistirlo. Que todas esas cosas que, dentro de él, no pudieran matarme, irremediablemente iban a nutrirme.

A la mierda el “podro” ese asqueroso. Punk de facha y nada en la cabeza. Imaginé que si nos hubiéramos puesto a hablar yo le habría dado tres vueltas a su barbarie. Entendí, entonces, que la maldad es más mala cuando proviene de la mente y que el uso arrollador de la fuerza es para los mediocres y los frágiles.

En The Beatles (nombre de la tienda) pregunté por La Polla Records y me mostraron tres discos, originales: ¿Y ahora qué? (1983), No somos nada (1987) y Bajo presión (1994). Extrañamente de Eskorbuto no tenían nada ¿por qué? Porque era muy difícil de conseguir, incluso en España y, además, costosísimo (aseguraron). Pregunté cuál de los tres discos era el más jodido de conseguir y me pasaron ¿Y ahora qué? El más caro, diciéndome, a su vez, que era una reliquia, sencillamente porque era el primer EP de larga duración de La Polla. El precio me puso a volar. Si quería el dichoso disco debía someterme a un riguroso ahorro de varias semanas. Lo asumí. Sin mente. Lo aparté con la poca plata que llevaba y pacté cuatro pagos semanales con una cláusula: si incumplía uno de los pagos, perdía toda la plata.

Dejé de comer en el colegio y junté el dinero semanal para ir a depositarlo a The Beatles, mientras veía el disco reluciente, en una vitrina, con mi nombre pegado en cinta de papel. El día que lo recibí sentí que me graduaba de punk. Nadie me creía que yo llegaría a tener ese disco y, tras del hecho, nuevo y original. Muchos amigos me prometieron cielo punk y tierra punk.

Volví a casa y me encerré y lo escuché una decena de veces. La voz de Evaristo fue la confirmación de una nueva fe. La estridencia se convirtió en anfetamina pura para el pensamiento. Las letras florecieron un universo que se agrietó críticamente ya no en contra de todo, sino más bien en contra de nada y, como la nada es ese lugar expresivo y creador, máximo, sempiterno, único, me aferré a ella, como el científico a la ciencia. Aprendí que luchar contra la nada es luchar contra uno mismo y que uno mismo es los demás pero en versión individual. Ahí estaba la cuadratura del círculo: No somos nada. Lo decía el puto amo.

Salve, Ellos dicen mierda, Los jubilados, Hoy es el futuro, Carne pa´ la picadora, Toda la puta vida igual, todos y cada uno de los discos que cayeron en mis manos fueron transformándose, paulatinamente, en himnos. Verdaderas romanzas. Nunca había una fórmula. Todo era sorpresa. Sin mezquindades y directo a la razón. La Polla te hablaba –te gritaba- sobre cualquier cosa: calle, drogas, amigos, fiesta, depresión, injusticia, resistencia, política, economía, amor. Nada se salía del radar y, lo mejor, todo era elegante. Digámoslo de una vez: POÉTICO.

Después del ¿Y ahora qué? todo en mi vida punk fue una catarata de deliciosa educación. Con él lo conseguí todo: Eskorbuto, Kortatu, Reincidentes, Extremoduro, MCD, Potato, RIP, Cicatriz, Ilegales, Siniestro Total, Vulpes, El Ultimo Ke Zierre. Nadie me decía no. El disco era mi talismán y nunca lo soltaba. Creo que pude haberlo llegado a grabar en dos o tres centenares de casetes. Mi vieja grabadora marca AIWA lo sabe todo. Si ella pudiera hablar resumiría toda esta mierda, sin tanta veleidad: el punk es una ciencia y La puta Polla Records es su teoría. Y su método. Nada importa más: el resto es simpleza, imitación: basura no punk.

Gio Jaramillo (Bogotá, Colombia)

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