Rock al Parque: cada vez más grande [review]

La celebración de los 25 años de Rock al Parque terminó a la una de la mañana, algo impensable para una ciudad que los días feriados suele esconderse, por tarde, a las nueve de la noche. Otro insólito, absolutamente positivo, lo protagonizó la Orquesta Filarmónica de Bogotá, cuya brillante presentación acompañada con invitados de lujo fue la encargada de cerrar la edición del festival con más asistencia de la historia (341.000 personas en total), a pesar de la perseverancia de tres tardes y noches gobernadas por la lluvia y el frío.

Son varios los puntos que, desde la óptica cualitativa, hay que resaltar más allá del rock en sí mismo y de los aspectos técnicos del festival. Por ejemplo, tal vez ésta ha sido la edición más politizada de todas. Directa e indirectamente, salieron a flote temas como el asesinato a líderes sociales, la persecución a personas con orientación e identidad sexual alternativas, la represión estatal, policial y militar, la corrupción, la espeluznante dupla entre narcotráfico y paramilitarismo que en los últimos años ha adquirido una lamentable fuerza, la paz y sus
alas cortadas, la masiva migración de venezolanos y venezolanas, la denuncia ambiental, el necesarísimo paradigma del feminismo, etc.

Tanto asistentes como un buen puñado de artistas dejaron sentadas sus opiniones con respecto a la realidad colombiana. No solo Juanes, sino también Andrea Echeverri (Aterciopelados) en su breve acompañamiento a la Filarmónica, los ingleses de Channel  One Soundsystem, los bogotanos de Aguas Ardientes, los medellinenses de Doble A, los mexicanos de Vaquero Negro, los españoles de Konsumo Respeto, los venezolanos de Los Amigos Invisibles y el argentino Gustavo Santaolalla, fueron algunos de los que supieron alojarse en alguna esquina del inagotable ring que supone el complejo contexto por el que atraviesa el país y el mundo, lanzando declaraciones y comentarios, dedicando canciones, mientras el público gravitaba, excitado, envuelto por cánticos, bullas y acciones
diversas.

De esta manera fortuita, espontanea, con el pensamiento al filo, burbujeante, abriendo la vida misma y llamando las cosas por su nombre, el ánimo de todos y cada uno de los asistentes sufrió un incendio, una caída libre y abrazadora en la memoria, haciendo de Rock al Parque 2019 un espacio histórico –sin exagerar- de reencuentro entre el rock y la conciencia, justo en una época en la que géneros como el pop y el reggaetón han sabido robarse o incluso malversar la sensibilidad y la capacidad crítica de jóvenes y adolescentes.

Ahora bien, tres escenarios, ya clásicos, ondearon la dramaturgia rock bogotana. Por la tarima Plaza, el espacio más grande, no necesariamente pasaron las bandas más conocidas y/o relevantes, por el contrario, desde el sábado (día dedicado al metal) ya se podían ver agrupaciones de las convocatorias distrital y nacional, mientras Lago y Bio, las tarimas alternas, se convirtieron en naves espaciales, hipnóticas, proyectando estilos y géneros que flotaban en universos que iban y venían desde el funk hasta la música electrónica, pasando por el ska, el reggae, el punk, el hardcore, etc. Nada estaba dicho y la diversidad de los carteles permitía una fluidez particular, haciendo que el público se moviera de un ambiente a otro.

La cuota bogotana estuvo enmarcada por las presentaciones especiales de Odio a Botero, Pedrina, Pornomotora, Under Threat, The Klaxon y la Severa Matacera. Bandas elegidas entre 36 postulantes para rendir homenaje al festival y a su historia.

Rock al parque se ha convertido en una plataforma que atrae nuevos públicos. En los últimos años la palabra rock se ha venido resignificando de la mano de presentaciones que trascienden el espectro clásico rockero de metaleros, punkis, rude-boys, rastafaris, skinheads, etc. Este año el músico electrónico y performer mexicano Silverio, el dúo
francés Kap Bambino o la española Christina Rosenvinge, dejaron muy en claro ese viraje que denota la apertura a otros sonidos sin perder la esencia del festival: todo lo que sea rebelde, todo lo que desfigure o rompa un molde puede ser, así sea etéreamente, rock.

De Argentina, los invitados a aterrizar en los diferentes escenarios del festival fueron Pedro Aznar, Gustavo Santaolalla, Fito Páez, Babasónicos, Shoot The Radio – Zeta Bosio, Zona Ganjah y Eruca Sativa. Un cartel tan diverso que asustaba, pero que una vez ejecutado mostró que aquellos que los eligieron no se equivocaron.

Por su lado, México estuvo representado por El Tri, El gran silencio, Acidez, Silverio, Here Comes The Kraken, Puerquerama, Vaquero Negro y The Warning. Nombres tal vez no muy resonantes en la escena latinoamericana, pero que en vivo suenan bien y, a sus respectivas maneras, divierten poniendo a la gente a bailar, a poguear, a  contemplar o simplemente a drogarse.

De Estados Unidos siempre el sonido fuerte, las voces duras, los proyectiles pesados. Los metaleros de Deicide, Toxic Holocaust y Dying Fetus hicieron del parque Simón Bolívar una cripta de distorsión. Del mismo palo, la hermosa voz sinfónica de la finlandesa Tarja, el poderío épico de los suecos de Grave, las bofetadas de los alemanes Sodom, el doom de los chilenos Capilla Ardiente y la progresividad de los brasileños de Angra, forjaron sus
ceremonias respectivas, oscureciéndolo todo. La dominicana Rita Indiana, los uruguayos de La Vela Puerca y los españoles de La Fuga, aportaron shows contundentes y emotivos en los que el público tomó el protagonismo.

Tal vez la presentación más criticada y quizás una de las más esperadas fue la de Juanes. Señalado de que no hace rock, sino tropipop y música blanda y comercial, el antioqueño dijo, antes de salir al escenario: “Eso de que el festival sea gratis me parece muy bueno, pero creo que deberían cobrar algo simbólico, sé que muchos no podrían pagar, por eso propondría algo así como una donación, porque la gente solo valora las cosas cuando paga por ellas”. Primera desubicación. Decir esto en el marco de un festival cuya principal característica y orgullo es la gratuidad es afianzar un pensamiento lucrativo a partir de la música y la cultura. Mejor dicho: lo público no solo no importa, sino que hay que abolirlo. La segunda desubicación vino cuando en un par de ocasiones olvidó las letras de sus propias canciones. Parecía nervioso. Después les dijo a los asistentes que algún día él fue más metalero que todos juntos, pero que descubrió que con el metal no se pueden dedicar canciones de amor y entonces fue por eso que empezó a mudarse de género. Mucha rechifla, también apoyo. En el escenario plaza la división fue notoria entre quienes lo bancaban y los que no. Tocó un cover de Soda Stereo con el bajo de Zeta Bosio y la plaza estalló y, al final, despuntó una versión muy bien lograda de Seek and Destroy, la poderosa canción de Metallica, como queriendo justificar su participación en el festival.

Termina un nuevo Rock al Parque, una versión que se traduce en un ciclo entero. La curaduría del festival sigue sorprendiendo y el sonido y la organización cada vez son mejores. Sin duda, de seguir así, no será tan difícil que para cuando cumpla 30 años, este pueda llegar a ser el festival de rock gratuito más grande ya no solo de Latinoamérica, sino del mundo entero. Ojalá nadie haya escuchado la mezquindad de Juanes y así sea. Bogotá ciudad rock.

Texto Gio Jaramillo y fotos Dahian Cifuentes (Bogotá, Colombia)

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