Ilegales en Buenos Aires: tiempos nuevos, tiempos salvajes [review]

Ilegales es un ilustrísimo misterio del punk rock en español que, increíblemente y después de 38 años de carrera y 17 discos encima, no ha podido ser revelado en la Argentina. Un recital que en países como España, Colombia, Chile, Ecuador o México puede juntar tranquilamente cinco mil personas, en Buenos Aires no alcanzó a compendiar los quinientos asistentes.

Y es una lástima que una ciudad que se ufana de ser una de las más rockandrolleras del continente, se haya sabido perder de semejante visita, de tremendo show, pero lo que no es una lástima, sino un lujo a todas luces, es que la gente que se animó a pasar por The Roxy no solo salió con los ojos desprendidos, los oídos apagados y la cabeza entre las manos, sino que su espíritu consiguió desdoblarse saboreando lo que podríamos llamar un ensayo privado, iniciático y finito que, sin lugar a dudas, algún día devendrá en mito; un ensayo que vamos a llamar Tiempos nuevos, Tiempos salvajes.

“Como esta es la primera y la única vez que tocaremos en Argentina vamos a dejarlo todo, porque estamos convencidos de que quienes estamos aquí tenemos buen gusto”, dijo Jorge Martínez,  en algún momento, antes de que su prominente frente se empantanara de sudormacarra.

El sonido, todo, para medio acercarse a la realidad de lo que fue, nos obligaría a encontrar o inventar un adjetivo diez veces más enérgico que prolijo. Cada pieza fue exacta, brillante, ceñida a un acenso cada vez más punk, plenamente visceral y cimbreante, cadencioso, pero sin abusar de la distorsión y carente de cualquier intento de exuberancia escénica. La mezcla perfecta entre experiencia y genio. Era como si alguien estuviera tras bambalinas pinchando los discos.

En Ilegales cada letra es una riña, un puño, una estocada: “Muchachos duros ingresan en la mafia / papá revólver protege a sus hijos. / Los estudiantes se suicidan / disparando contra la policía. / Los maestros se quejan por los cristales rotos, / en todas partes hay gente idiota”.

También son expertos cocinando crudezas: “Niños sin escuela de ayer / jugadores de billar. / No les mires en los ojos, / porque van desesperados. / ¿Qué les empujará? / No viven solo esperan. / Están agotados de esperar”.

Tocan desde el tedio para el tedio: “Vuelan a ti las moscas / a un corazón raro / bajo un techo de bronce. / Y llegan los loqueros… / se llevan a mi amor. / El amor ha terminado / regreso al sexo químicamente puro”.

Ilegales es la paranoia hecha rock: “Hay un tipo dentro del espejo, / que me mira con cara de conejo. / Oye tú, tú qué me miras: / ¿es que quieres servirme de comida?”.

El desafío a ultranza: “No he salido de la arena del desierto / no espero espejismos ni visiones / no me ahogo en un vaso de whisky. / No, yo no he nacido vencido. / Si la muerte me mira de frente /  me pongo de lao”.

Y, al final, queda claro que nunca nadie es culpable de nada: “Hay un extraño en mí / donde está el crimen / voy loco entre la oscuridad”.

Ilegales, desde donde se le quiera apreciar, es sinónimo de solidez. Su música nos enseña que el infierno es una invención, que no es nada y, aun así, todos lo llevamos dentro. Nos reitera que somos nuestro propio cementerio. Que somos el vicio y la deformación, la utopía y la confianza:

“Tiempos nuevos, tiempos salvajes / toma tu parte, nadie regala nada / no hay nada sin lucha, / ni aire que respirar / No eres un juguete, / Levántate y lucha ya / Tiempos nuevos, tiempos salvajes / Toma un arma, eso te ayudará”.

La maquinaria ilegal avanzó, librando una guerra, en todas direcciones, contra todos. Son la destrucción, pero también la fundación. Pensarlos fuera de la reclamación constante y de la poetización de la marginalidad sería contrariar sus mandatos, aquellos que no se cansan de invitar a ser y mandar todo a la mierda y seguir siendo, pese a uno mismo y hasta las últimas consecuencias, incluso cuando estamos presos, tal cual como las camisas de rayas blancas y negras que los cuatro integrantes de la banda llevaban puestas, como si se tratara de un mensaje encriptado.

Con su voz intacta, después de casi dos horas de peligro, Jorge Ilegal ofreció la trayectoria de su banda a los asistentes y, bendecidos todos, nos fuimos a la calle, huérfanos, a buscar un puñado de vida, algo de basura digna, preguntándonos, en medio de la noche y su inagotable patraña: ¿por qué nadie los conoce?

Ojalá Jorge se equivoque y los Ilegales vuelvan, pronto, a que el público argentino les haga justicia.

Gio Jaramillo

Fotos: Dahian Cifuentes

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