Moonspell: un hechizo de luna [review]

Con media docena de libros en mis manos empiezo a dejarme llevar por una densa melodía. Estoy en el pasillo LL y el ruido me indica que debo atravesar el recinto hasta el A y después salir en dirección al estacionamiento. En una pantalla ubicada por sobre la romería veo que un calvo gordo con camisa lila entrevista a unos mechudos flacos forrados en cuero. Los subtítulos me ayudan a entender: Son de Brandoa, Portugal, y están por cumplir 30 años de carrera musical.

El entrevistador pregunta por el sentido de la vestimenta negra. Ellos sonríen. Responden algo que cualquier persona -con dos dedos de frente- podría responder a propósito de su estilo personal: “nada en especial, nos gusta”. ¿Se maquillan con polvos blancos? –Pregunta, completamente desubicado el periodista-. “No” Responden los tres metaleros “Somos así, blancos, quizá el negro realza nuestro tono de piel”. Los veo incómodos, aunque no tanto como yo, que estoy en la mitad de la laberíntica y enorme planta baja de la Feria del Libro de Guadalajara. Puedo sentir como cada ocho o nueve segundos alguien choca conmigo y se disculpa y sigue su camino. Solo yo, íngrimo, estoy mirando la pantalla del pasillo LL. Los demás, centenares, disfrutan del penúltimo día de feria y transitan como bueyes enardecidos y encerrados.

El invitado de honor de esta edición de la feria es Portugal. Así que ya uno se puede hacer una idea. Todo tiene que ver con el país lusitano: comidas, bebidas, música, fútbol, historia, cultura y, por supuesto, literatura. Entre tantas cosas, logré oír una disertación del gran António Lobo Antunes, entré a una conferencia sobre Fernando de Pessoa y el “desencanto general”, asistí a un panel de discusión sobre la importancia de “el viaje” en José Saramago y a una presentación llamada “Voces femeninas contemporáneas de Portugal”. Yo no conocía a ninguna autora y, después de oír hablar sobre algunas, terminé comprando sus libros, en portugués, claro, yo que las únicas palabras que conozco de ese idioma son las ordinarias você, merda y saudade.

En fin, el lugar común de cualquier feria del libro en cualquier ciudad del mundo. Lo que no me esperaba, definitivamente, era un concierto y mucho menos de metal. El calvo gordo con camisa lila sigue preguntando cualquier estupidez a los metaleros y yo aguanto y aguanto la sosería, hasta que por fin lo dice: “Hoy, queridos tapatíos, compatriotas, extranjeros, directamente desde Portugal, en la FIL: ¡Moonspell! La legendaria banda de metal, la más grande de Europa”. Los chicos ríen y dicen: “no, no, no, la más grande no, la más grande es Iron Maiden”. El gordo agarra el micrófono haciéndoles saber que el espacio es suyo y mira a la cámara: “No lo olviden, la cita es a las 9 en…” y ahí, justo, se cortó todo y empezó la puta pauta publicitaria.

Miro mi reloj y son las 21: 24. Por suerte la estridencia ya había sido percibida por mis oídos. Apuré el paso y al llegar al dichoso pasillo A, me doy cuenta que hay fila para salir. Nada raro, en un país donde encontrar algo vacío o medianamente despejado es digno de sospecha. Hago la desquiciada fila. Tardé nueve minutos en salir y ya, algo victorioso, me abalancé sobre el estacionamiento y me encuentro, de sopetón, con la segunda fila: acá todo más tranquilo, ya no había viejos raquíticos caminando a paso de tortuga, ni niños preguntones con globos de Stars Wars, ni parejitas de adolescentes besuqueándose cada tres pasos. No. Gente vestida de negro, cabellos largos, tachas relucientes, chamarras, botas y un alegre tufo a medio camino entre porro y cerveza. Mi reloj marcaba 21:46. No puedo creerlo, 22 “pinches” minutos para recorrer una distancia que se podría hacer, normalmente, en un minuto, máximo dos.

Llevo una bolsa con seis libros y esto retrasa un poco mi entrada. El oficial de seguridad se percata de sacar uno por uno. Me pregunta si llevo cigarrillos: No. Me pregunta si llevo encendedor: No. Me aclara que adentro no se puede fumar. Ok. Que si me encuentran fumando me sacan. Perfecto. Que no me arriesgue. Señor, yo solo quiero entrar ¿puedo? Soy oficial, para usted. Bueno oficial ¿puedo entrar? Adelante muchacho, disfrute.

El lugar no es muy grande, hace parte del estacionamiento pero está cubierto con carpas. Calculé que, con las de afuera, podríamos haber casi mil personas. La tarima está muy bien dispuesta, el sonido es impecable y las luces pulcras. Los Moonspell están tocando un tema –que naturalmente no identifico- que me recuerda el metal sinfónico de Therion. Decorado puro para los oídos. Después mutan a algo muy funebrero, tipo Meihem. La gente está en trance. Las cabelleras se mueven eléctricamente de un lado a otro. Nadie canta. La voz gutural del vocalista es de un alcance deletéreo. La oscuridad no es nocturna, es melódica. Siento que desciendo a estados anímicos que me desubican por completo. Saco mi teléfono para fotografiar y nada, el hijo de puta está apagado, descargado, vuelto mierda. Me pongo nervioso hasta que el sonido cambia el registro y se pone medio Heavy, medio Progresivo y así abandona la espiral infernal para entrar en espacios sonoros más épicos, tipo Megadeth o Tool. Me sorprende la versatilidad de estos portugueses. Son cinco y nada les sobra y nada les hace falta. El vocalista maneja el público prolíficamente, las violas estallan brillantemente con punteos que hielan la sangre y el bajo se aparea ejemplarmente con una batería que parece la pulsación de un corazón, por momentos atormentado, a veces mustio y hasta ardiente, pero siempre sometido a unas tinieblas lúgubres, digamos sacramentales.

La banda termina de tocar a las 22: 40. En punto. Nadie pide otro tema. La gente aplaude y emprende la marcha. Otra fila para salir. Mi hotel queda al frente de Expo Guadalajara. En un Oxxo compro una promoción de tres cervezas Indio por 35 pesos (1.70 USD). Me doy cuenta que voy medio sordo. El rechinamiento de la maquinaria metalera me pasa factura. Ya en mi habitación destapo una cerveza, abro mi laptop y escribo en Google: Moonspell. Y empiezo a leer cosas sobre esta banda que, sin que yo me lo esperara, me encontró y me hechizó, tal cual como si fuera una luna que, en medio de la oscuridad, se encuentra y rapta un alma perdida.

Gio Jaramillo (Guadalajara, México)

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