Rock al Parque 2018: un mundial de música y actitud en Bogotá [review]

El blasón sueco del Black Metal Dark Funeral congregó a poco más de cuarenta mil personas en el escenario Plaza. Los escandinavos llegaron a Bogotá para celebrar 25 años de carrera, además de dar a conocer formalmente su última placa discográfica Where Shadows Forever Reign grabada en 2016. Un desembarazo total de oscuridad y sacramento empedró el ambiente metalero del festival. La guitarra líder y voz, Lord Ahriman, se ofreció como el ministro del ritual y, como buen demonio proveniente del resguardo más lóbrego del averno, pastoreó por una hora el inacabable cortejo fúnebre. Los temas épicos y solemnes, relacionados al mundo del satanismo y el anticristianismo más que coreados fueron glorificados y, como mantras, trasegaron por el Parque Simón Bolívar a modo de malignas plegarias negadoras de luz. Una puesta en escena híper barroca, secundada por un sonido tan cristalino como el hielo nórdico, logró parir una atmósfera deliciosamente diabólica que premió la constancia y el aguante de la que quizá puede ser la subcultura urbana más grande de la ciudad: los metaleros.

***

Júpiter & Okwess se llama Júpiter por Júpiter Bokondji Ilola. Mientras que Okwess quiere decir “comida” en idioma Kibunda. Pues bien, esta banda, proveniente de la República Democrática del Congo, es un alimento para el cuerpo, nada de almas, ni mentes. Homenaje al esqueleto. Puro movimiento. Lastimosamente su nombre no tiene nada que ver con el quinto planeta de este sistema solar, eso habría sido perfecto, porque su música sí que parece proceder de allí o de cualquier otro lugar que no tiene sucursal en este mundo. Rock al Parque puso a tocar a esta banda en el horario más místico del festival: justo al atardecer… cuando el día se convierte en noche. En el escenario Lago, los congoleses desplegaron sus notas funk, rock, R&B y Jazz, siempre enaltecidos por la alegría y los ritmos profundos de su continente. De cualquier manera, el sonido que confeccionan es brillante y nítido, absolutamente poderoso, tanto que es capaz de colorear con las tonalidades más fosforescentes los azabaches más profundos. El público quedó tan agotado como perplejo. Un largo aplauso final. Definitivamente nadie esperaba encontrarse con algo así. Golazo de la curaduría del festival.

***

Los neoyorquinos de Antibalas aterrizaron en el escenario Lago y, en menos de cinco minutos, lograron reinventar el terso aire de la noche bogotana, gracias a su enérgica cadencia afrobeat. Antibalas es ritmo, raíz y exploración. Los trece músicos demostraron una absoluta fluidez instrumental, muy cercana a la improvisación jazzística. Los vientos fueron una sola orquesta, las cuerdas crearon su propia atmósfera y la percusión fraguó una oscilación imposible para las piernas. El mestizaje sonoro que abanderaron no descartó ningún origen y el efecto fue eficaz: la música no solo se oyó, se sintió. También es cierto que el carisma que lució el vocalista (Duke Amayo) compuso una musculosa conexión con el público. Su voz es onírica, atemporal y sabe explorar las vibraciones de los cuerpos hasta liberar las energías más veladas. Esto es pedagogía básica. No reducirse a la siempre bien recibida estridencia. Abrir las fronteras del rock a sonidos que de una u otra manera también saben generar paisaje dentro del vasto género. Otro golazo.

***

La apuesta instrumental de Dancing Mood y su líder, el compositor, productor y trompetista Hugo Lobo, más que ilimitada es, realmente, descomunal. Esta banda argentina ya es un clásico del ska, el reggae y el rocksteady latinoamericanos. Su repertorio es de una riqueza tremenda. En el escenario Lago desplegaron todo el virtuosismo frente a una creciente nube de marihuana. Durante 60 minutos Bogotá se convirtió en una formidable sucursal de alguna isla paradisiaca del caribe. La capacidad de evocación y sosiego que tiene la música de Dancing Mood es únicamente equiparable a la del sueño. Los temas clímax fueron Latin Goes Ska (cover de Skatalites), La fiesta y Police Woman. Al final la presentación pudo haberse extendido otra hora más, música y público sobraban.

***

Pocas bandas pueden hacer bailar a la audiencia desde el principio hasta el final. La agrupación chilena Chico Trujillo es, definitivamente, una de ellas. Su música, recalcitrante y sabrosa mezcla de cumbia, bolero, ska, ritmos latinoamericanos y balcánicos hizo zapatear al público bogotano. Tantos músicos en escena, tanto color, tanto trópico, conformaron una feria de alegría y diversión. Temas como Loca, Ahora Quién, La Cosecha de Mujeres y La Fiesta de San Benito calentaron la fresca tarde bogotana, poniendo a echar paso a punkies, hardcoreros, rastas y metaleros. Por ahí dicen que la unión hace la fuerza, y eso justamente fue lo que Chico Trujillo logró con su recital.

***

La mítica banda japonesa Tokyo Ska Paradise Orchesta volvió a Bogotá por segunda vez en menos de un año. La presentación fue un éxito total. El escenario Plaza contenía unas treinta mil personas que, ante el desborde energético, se fundieron en baile, persiguiendo el popularísimo y pegajoso chucking, ese raspado retozón realizado por el sincopado de la guitarra que, acompañado de percusión, bajo, teclados y diferentes vientos, entretejieron la alegre magia del ska. La Tokyo es una big band, esto quiere decir que, a pesar de hacer ska, su disposición sonora contiene voladas que son abiertamente jazzísticas, con impactantes episodios de improvisación e instrumentalidad. El público estalló con una muy prolija versión de Eres, aquel conocido tema de Café Tacvba y, enseguida, como una indómita locomotora de distorsión, emprendieron las archiconocidas Samurai Dreamers y Days of Tequila. De esta manera, la cuota necesaria de imperiosa fiesta, en este Rock al Parque, fue dirigida por la Tokyo, una gavilla de enormes músicos que siguen dejando claro por qué son los padres del ska asiático y, por demás, una de las bandas más importantes de la escena rude boy mundial.

***

Francia puso sobre el escenario Eco a The Inspector Cluzo. Un crudo y salvaje ensamble de guitarra y batería llevado a cabo por dos granjeros vecinos de un modesto pueblo al suroeste del país galo. Simplemente arrolladores. Ellos mismos, en rueda de prensa, afirmaron que ningún show se parece entre sí. Toda la música de The Inspector es mutable y, aunque hay un groove preconcebido, cada tema juguetea de manera distinta de acuerdo a la energía del lugar en el que tocan. Para este Rock al Parque sonaron crujientes y adictivos. Expandieron una briosa psicodelia con correspondencias directas al rock duro de los 70s. El dúo sumergió al público en un lenguaje valvular muy propio, si se quiere, del Stoner. Son un viaje extremo, una enigmática aventura rock. Excelente elección.

***

Lo de Descartes a Kant es música y performance. Dramaturgia rockera posmoderna. Son raros. Sí. Están locos. Sí. Mucho. Sí. Pero nadie puede negar que son absolutamente geniales. Estos mexicanos son una miscelánea de sonidos. Una caja de sorpresas. Pareciera que cada canción fuera un acto cuidadosamente planeado para generar asombro y fascinación. Son unos músicos de la puta madre: delirantes, alucinados, absurdos, que hacen de la creatividad un derrotero para justificar las incontables irrupciones estéticas y musicales que reclutan. El talento no se improvisa y hoy por hoy encontrar algo original, genuino, no solo es difícil, sino prácticamente imposible. Así como también resulta imposible no salir pasmado después de ¿un recital? de Descartes a Kant.

***

Los californianos de Pennywise fueron los encargados de cerrar la vigésimo cuarta edición de Rock al Parque. El show constituyó, esencialmente, una estocada de punk-rock tan firme que destruyó por completo el ánimo post festival de la multitud reunida. Y es que 30 años de historia, colmados de vapor y urgencia, merecieron varios focos de pogo y mosh que a medida que fue pasando el tiempo se convirtieron en una sola licuadora. El caos fue el sello de la presentación. Crestas, botas y taches entraron a colisionar hasta la inconsciencia. La guitarra de Fletcher Dragge escupió filosas lancetas de distorsión, mientras la voz de Jim Lindberg se maceraba con ensordecedora violencia. A su vez, Randy Bradbury (bajo) y Byron McMackin (batería) comandaron la retaguardia del tanque de guerra posicionándolo en una incalculable cima de celeridad. Verdaderos clásicos como Pennywise, Rules, Society, Homeless y Fuck Authority enloquecieron la turba, para posteriormente reventarla con las versiones de Blitzkrieg Bop de Ramones, Do What You Want de Bad Religiony la elegantísima Stand by me de Ben E King. Pennywise es una vieja banda de punk a la que no le importa nada más allá del ruido y la anarquía. Insuperable caída del telón.

Texto: Gio Jaramillo Fotos: Dahian Cifuentes (Bogotá, Colombia)

Dejá tu mensaje

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: