Pussy Riot en Rock al Parque: “macdonalizar” ideología [review]

Durante la final de la última copa mundial de fútbol algunas personas invadieron el campo. Las cámaras oficiales miraron para otro lado. Los teléfonos no. Los más de tres mil millones de espectadores alrededor del globo pensamos que los indeseables ocupantes eran simples aficionados. Después saldría a la luz que el promotor de la exhibición de desobediencia fue el colectivo ruso feminista Pussy Riot.

Ana Cristina (24 años) presenció todo desde la tribuna. Su padre, un sexagenario hincha, no tanto del fútbol, sino más bien de los mundiales, había invitado a su única hija futbolera “al evento del año”. Ana cuenta que para poder ir, además de contraer algunas deudas, su padre vendió el campero familiar que los acompañó durante más de 20 años en una finca cafetera ubicada en Fresno, un pueblo a 200 kilómetros de Bogotá. Allí, en el Estadio Olímpico Luzhnikí, Ana se enteró, por medio de los rumores de la gente, que había algo llamado Pussy Riot. Ya de vuelta en Colombia, escribió en Google las palabras mágicas y lo primero que salió fue la confirmación de la participación de Pussy Riot en Rock al Parque. Entonces se puso a investigar: leyó, escuchó música, pensó cosas, se convenció de algunas y quedó encantada.

Karen Milena (22 años) vio la dichosa final por televisión. Según sus propias palabras con su padre “liderando la manada familiar”. Cuando Pussy Riot irrumpió en el campo, el viejo dijo: “Eso deben de ser los croatas, los franceses jamás harían algo así”. “¿Por qué? Replicó ella. “¿Cuándo has visto un francés indecente o irrespetuoso?” fulminó el señor. Aunque el argumento de su padre le parecía ridículo, ella optó por el silencio. “Mi feminismo no pelea con mi papá”, señala. El pasado viernes 17 de agosto salió de su departamento en el barrio caleño de El Limonar y, después de encontrarse con su novia, juntas abordaron un microbús con destino a Bogotá. Diez horas después Karen y su pareja caminarían agarradas de la mano conociendo la capital de su país. Ellas viajaron única y exclusivamente para ver la presentación de Pussy Riot en Rock al Parque, banda que Karen había conocido en 2012, gracias al tema Putin Lights Up The Fires.

***

El show estaba previsto para las 21:05 del domingo. Hasta ese momento (segundo día del festival), todo había funcionado a la perfección. Sin embargo, ¿por problemas de sonido o por simple gana? Pussy Riot saltó al escenario a las 21:30, justo después de proyectar una enérgica querella audiovisual, absolutamente antisistema, en la cual una mujer encapuchada, con voz robótica, enumeró 25 porquerías que hacen inmundo el mundo.

Karen, en medio de unas quince mil personas fuma sosegadamente un porrito. Con sus ojos estallados sigue a Nadya Tolokónnikova, la maestra de ceremonias rusa, aquella que fue presa en 2012 por entrar en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú a representar una estrepitosa invocación punk. Nadya brinca en medio del escenario, como si estuviera dirigiendo un club de aeróbicos. Va con la mitad de su rostro cubierto por el pañuelo verde, símbolo de la lucha argentina –ahora mundial- pro aborto. Karen no se mueve. Realmente nadie se mueve. Inercia colectiva.

Ana está emocionada. Sujeta su celular. Graba la totalidad del preludio audiovisual. Lo publica en todos lados. A la par está pendiente de las redes sociales del colectivo. También quiere likearlo todo. Se da cuenta que Pussy Riot está tocando prácticamente al mismo tiempo en dos lugares del mundo tan distantes como distintos: Colombia y Escocia. Manifiesta no entender nada. Tres canciones de silencio. Por fin, vuelve a abrir la boca: “¿Por qué solo postean lo de Edimburgo? ¿Y Bogotá acaso no es importante? ¿Qué es esto? ¿Un montaje?” Lo que sucede sobre el escenario, lo que sale a reventar los oídos de los asistentes es música electrónica. Drum & Bass, quizás. Monotonía pura. Nada de rock. Amargura individual.

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La escrupulosa puesta en escena fraguó una atmósfera de inexpresable sátira. Los proyectiles lumínicos y las ilimitadas imágenes programadas, una tras otra, generaron confusión entre los asistentes. La sensación de enrarecimiento fue la estrella más brillante de la noche.

“Si el objetivo era transgredirlo todo lo lograron, hasta el mismísimo rock, en un festival de rock, quedó vuelto mierda”, dice Ana, antes de abandonar el embauque y huir a la fiesta que daba Dancing Mood en el escenario contiguo.

Karen seguía observando con detenimiento el devenir del show. Permanecía sorprendida. De repente rompió la circunspección cuando Hello Kity apareció en pantalla. Se carcajeó estruendosamente: “Esto ya es la tapa. Aquí la intención no es musical, el sonido importa un culo, lo verdaderamente relevante es el mensaje”, reaccionó. Después de la sentencia, Karen asumió todo con más ligereza. Su cavilación fue como un bálsamo que revistió el desconcierto. Hasta levantó las manos durante el inicio de una pista de Trap que mutó en Pop apenas Nadya se apoderó del micrófono. “Es como ver a las Spice Girls pero un poco más hardcore, encapuchadas y con pelos en las piernas”, dijo la novia de Karen.

Poco más de 50 minutos duró la presentación de Pussy Riot en Rock al Parque. De ese tiempo casi la tercera parte se fue en arengas antiautoritarias, consignas feministas y repudios de minorías LGBTIQ. El resto fue un lustroso torrente performático agenciado por el golpe electrónico de un sintetizador, una computadora, varias decenas de strovers y un ejército de actores, coreógrafos y transformistas (mitad rusos, mitad colombianos), cuyo principal propósito de acción fue el de confirmar el impostado sentido de la música como simple medio transmisor de ideas. Y sí, es cierto, en Pussy Riot la finalidad no es el sonido en sí mismo. Toda la apuesta es visual, discursiva y hasta humorística. Eso quedó más que claro.

Ahora bien, como el fin justifica los medios, no hay mucho –quizás nada- que reprochar. Hoy por hoy Pussy Riot no tiene nada ni de punk ni de rock. Ni siquiera son una banda. Y esto, naturalmente, parece no importarles. Pussy Riot es un colectivo multinacional atiborrado de buenos publicistas, predicadores políticos y performers de primera línea que tienen muy claro que para ejercer cualquier tipo de activismo nunca ha importado “la forma”, y menos cuando de lo que se trata es de MacDonalizar una ideología. Vinieron a llamar la atención y a dar de qué hablar. El show, bueno o malo, no importa. El día que Pussy Riot no logre su cometido mediático, ese día serán historia.

Texto: Gio Jaramillo y Fotos: Dahian Cifuentes (Bogotá, Colombia)

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