Odio a Botero: “No esperamos innovar ni improvisar, sólo queremos meterle más rock a la escena” (Entrevista)

El departamento ofrece una vista panorámica al centro de la ciudad. La torre Colpatria, con sus ingentes luces, eleva un silencioso homenaje a la independencia Palestina, ocurrida un 15 de noviembre. Alejandro Angarita lleva puestas unas medias adornadas con radiantes lunas. Cuartos menguantes. En la pared más larga de la morada reposa un mural hecho por él mismo, hace años, mientras leía a Castaneda y su Viaje a Ixtlan. El departamento es su espacio, su lugar en el mundo. Todo está dispuesto de una manera aritmética, minimalista. Al lado de una tímida biblioteca cuelga una hamaca y, en un mueble que aloja un potente bafle inalámbrico y una buena colección de discos compactos, un par de Transformers custodian la sala de estar. Alejandro es arquitecto. También es músico. Es el guitarrista de Odio a Botero.

Suena el timbre. Del fondo del recinto emerge un hombre barbado, igualito a Raúl Gómez Jattin. Es René Segura, arquitecto indolente, escritor, youtuber (The René Segura Show, para cuando los youtubers no existían), candidato presidencial en las elecciones de 2006, practicante budista y vocalista de Odio a Botero. En la entrada se deshace de sus zapatos y sus medias. Sabe que se parece al maestro cartagenero, aunque bogotano, aunque no tan desgraciado, aunque no tan poeta pero igual de irreverente y mordaz. Sonríe. Es una noche de coincidencias. Habla de Antonio Ungar, el autor de Tres ataúdes blancos, el esperpéntico thriller sobre un país latinoamericano llamado Miranda. Un país sumido en el horror que, a todas luces, es Colombia. René ¿o Raúl? cuenta que Antonio vive un exilio en Palestina, desde hace varios años, gracias al gobierno paramilitar de Álvaro Uribe Vélez.

El próximo 7 de diciembre, en Boogaloop (Carrera 13 # 65-42) Odio a Botero lanza Bardo, su nuevo disco que, a decir verdad, no es tan nuevo. Más acertado sería rotularlo como el último o, quizás, el primero de la nueva etapa que empezó a formarse cuando un grupo de fans les propuso hacer un documental sobre la historia de la banda, a partir de la pregunta de si se puede o no disentir en Colombia. Una suerte de memorial, más bien, porque para ese entonces, todo estaba disuelto. Suprimido. Al proyecto audiovisual se le sumó el fortuito interés del sello mexicano Intolerancia por producir un nuevo disco. Los astros se alinearon. El caos se confabuló. Empezó a gestarse un nuevo monstruo.

“Era el momento justo para desempolvar eso que habíamos dejado medio grabado por allá en 2014. Escuchamos, arreglamos, lidiamos con nuestros cambios personales y, sin pensarlo dos veces, lo mandamos a posproducción. Este disco es un proceso largo, decantado, como cuando uno escribe algo y lo guarda para sacarlo muchos años después. No es un disco anacrónico, no sabe a guardado ni está perdido en el tiempo, está simplemente actualizado. No esperamos innovar, ni improvisar, sólo queremos meterle más rock a la escena, más combustible y movimiento”, señala René.

Al referirse a su nuevo disco, Alejandro y René, coinciden en que no hay ninguna evolución, ni trascendencia, ni reivindicación, ni nada diferente a lo que ya todo el mundo conoce: puro rock and roll limpio, objetivo y despreocupado, sin arandelas.

“Estéticamente es un disco con inquietudes diferentes, ni tan punk ni tan hardcore como Kill the cuentero (2007), pero aun así conserva el espíritu de la banda. Con Bardo no experimentamos, simplemente agarramos nuestras influencias actuales y las pusimos a conversar con el lenguaje natural de Odio a Botero. No somos autocomplacientes, hacemos lo que queremos hacer y, por supuesto, lo que se nos da. Este álbum contiene una semilla de lo que puede pasar con Odio a Botero de aquí a mañana. Supera la parodia y la convierte en metáfora, pero no se desvía de lo que somos. Simplemente perfeccionamos algo que ya estaba hecho”, complementa Alejandro, mientras acaricia su alfombra.

En los 90s la escena rock en Bogotá era más cierta. Más guerrera. Había paradigmas y todo era más que serio. Se sentía el poder de la música y la convocatoria se lograba con las uñas, hombro a hombro, con trabajo básico de calle. Ahora todo es más blando, más light. La espectacularización del rock –y sus artistas- banalizó la rebeldía y el aliento contestatario del género. Hoy por hoy las bandas solo le apuntan a sonar en Radioactiva, a no decir nada que les pueda ocasionar problemas, a salir en comerciales, desfilar en premiaciones y exponerse en redes sociales, y claro, a tocar en festivales trasnacionales en los que se mezclan indiscriminadamente todo tipo de géneros. Fama, likes, vanidad. Lo pequeño, lo autónomo, parece haberse perdido.

“Nosotros no esperamos que nos llamen de ningún lado. Lo mejor que nos pudo haber pasado en todos estos años fue no haberle pegado al perro y habernos ganado hostilidades que nadie quiere ganarse, eso nos hace ser aún más independientes de lo que ya somos”, arguye René.

Alejandro escucha atentamente a su vocalista. Sus manos se mueven al compás de la batería de Mr. Marshall (track número 4 de Bardo). Nos pide silencio y repite su parte preferida del tema. Todos callamos. Escuchamos un portentoso in crescendo. Un arreglo extático, cosmológico. Medio lisérgico. Cuarenta segundos después cambia de posición, y dice: “La escena actual tiene algo que no tenía hace veinte años. En esa época todas las bandas eran una copia de una banda yanqui o británica, ahora hay sonidos más propios y genuinos. Lo que ha sucedido es que se le ha quitado hegemonía al rock anglo y no por una actitud anti imperialista ni nada de eso, sino más bien como una forma de ejercer la diversidad. Para mí eso es positivo ¿no? Sobre el resto, creo que era predecible. Tristemente predecible”.

Alejandro mismo es consciente que en su primera etapa como guitarrista de Odio a Botero las influencias de Tom Morello (Rage Against the Machine y Audioslave), Josh Homme (Kyuss y Queens of the Stone Age) e East Bay Ray (Dead Kennedys) más que innegables fueron concluyentes. Pero en la actualidad sus ascendentes van por otros lados, por ejemplo: Fela Kuti (el creador del afrobeat) y parte de la psicodelia under latinoamericana.

Odio a Botero no sólo lanza disco y estrena documental (la fecha de presentación del film Clamoroso silencio está por confirmarse y será por el canal Señal Colombia), también lanza un fanzine absolutamente autogestionado, abordando el concepto medular que da nombre al disco: Bardo. Ya antes lo habían hecho deconstruyendo el término de facto, con la colaboración de varixs escritorxs amigxs de la casa. El fanzine se llama 048 (las iniciales de Odio a Botero en números) y esta sería su tercera edición, una por cada disco grabado.

-¿Qué significa Bardo?

“Un estado intermedio. Ese espacio transitorio entre la muerte y el renacer, una especie de limbo, como en el que estaba el material, la banda y todos nosotros. Bardo es una palabra poderosa no solo dentro del budismo, sino en cualquier filosofía que se precie de serlo”, explica René. “Con 048 nuestra intención es la de mover contenido libremente, sin vetos y sin dependencias de editores ni aprobación de críticos”, añade Alejandro.

-¿Han sufrido censura?

“No sé si directamente, pero lo cierto es que durante el gobierno de Álvaro Uribe nos hackearon todas nuestras cuentas en redes sociales, correos electrónicos, se hacían pasar por nosotros para decir cosas que nos ponían en problemas. Llamadas, mensajes. A mí, puntualmente, me amenazaron y me tocó abandonar la ciudad por un tiempo. Por su puesto que todo esto influyó en la disolución”, expresa René, mientras ejerce una mirada fría, de piedra.

“Los que sí nos censuraron de frente fueron los del Barón Rojo, la barra brava del América de Cali. No podíamos tocar American Dreams porque se irritaban y nos hacían disturbios y se tiraban el concierto que estuviéramos dando”, agrega Alejandro, con media sonrisa dibujada en su rostro.

-¿Qué expectativas tienen con este nuevo disco?

-René: No tenemos tanta expectativa. Si gusta, bien, y si no, también. Jugamos a no sorprendernos y nos ha funcionado. Es del putas encontrarse con gente, no solo en Colombia, sino también en otros países de Latinoamérica, que hace covers de nosotros aún después de varios años de ausencia. Sin duda, algo tiene Odio a Botero, algo que lo mantiene vigente, no sé, a veces pienso que somos una banda populista, una banda que hace pequeñas crónicas sobre la realidad y la cotidianidad de un país bizarro, sin ninguna pretensión más allá del sarcasmo y eso, creo, es lo que le gusta a la gente.

-Alejandro: Tener expectativas es chistoso.

Bardo está compuesto por ocho temas. Ocho temas breves pero licenciosos, contundentes, en los cuales se pueden evidenciar múltiples enfoques sonoros, líricos y hasta figurativos. 255 Pasajeros abre: un tema con una progresión armoniosa, absolutamente consistente y muy bien perfilada. Do Re Mi aparece con ímpetu. Es una canción valvular, recia, apta para estallarse las neuronas. Orland Under Attack es un homenaje a la distorsión. El riffeo es ganchero y tiene un cambio de tempo inesperado. Mr. Marshall es un tema filoso, intrépido y posee una acentuación melódica –el señalado in crescendo– sencillamente genial. Kokyo´s Chant es un canto tibetano. Es el equilibrio, el dichoso Bardo, la sobriedad que enlaza narrativamente el disco. Una sola porción es una canción híbrida, original: no tiene ascendente perceptible y las válvulas vuelven a ganar protagonismo. Chevyplan ostenta una métrica arrolladora sostenida por un groove punk muy esmerado y desternillado. El bajo es corpulento y forja la mitad del sonido. Montando gorilas es una rampa sonora. La rapidez con la que inicia sigue un patrón específico que baja la máquina en el momento adecuado, hasta generar una atmósfera introspectiva y terminar en una confusa órbita. Sus letras son eficaces. Ingeniosas. Pertinentes. Críticas. Como siempre. No hay lugares comunes ni vulgaridad. Gracias a sus calidades alegóricas no habría espacio para comentarlas sin caer en intelectualismos ni referencias. Son letras que exigen al escucha y mejor dejarlas asistidas por la acuchillante luxación instrumental. Ese es el espacio poético al que pertenecen.

Texto: Gio Jaramillo. Foto: Dahian Cifuentes (Bogotá, Colombia)

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