Cemento, el documental: un húmedo y fugaz regreso al añorado semillero del rock [review]

A comienzos de esta semana le dije a un amigo “El miércoles voy a Cemento”, y con toda naturalidad, sin pensarlo, y como si estuviéramos, no sé… en 1993, me preguntó: “¿Quién toca?”.

No quería empezar esta reseña con una anécdota personal sobre Cemento porque creo estar en lo correcto cuando supongo que cada uno tiene la suya, y seguro mucho mejor que las que yo pueda contarles. Pero este breve diálogo me parece que es una buena muestra de cómo funcionamos quienes nos criamos escuchando rock. Pensar que Cemento está cerrado, mejor dicho, que es un lugar donde se guardan autos, tiene algo de ilógico, de inverosímil. Pero lamentablemente es así.

De todas maneras, el miércoles 26 de abril de 2017 se abrió un breve paréntesis en la historia y volvimos a entrar a ese antro despojado, frío y húmedo que supo ser casi como nuestro segundo hogar. Por si les interesa: sí, sigue tan despojado, frío y húmedo como antes. Unos escombros en el fondo nos decían que ahí, en Estados Unidos 1234, las paredes grafiteadas todavía gritan alguna consigna extemporánea o promocionan bandas que quizá ya no existen. La verdadera máquina del tiempo era esa, la que estaba detrás de la pantalla pero a la que no pudimos pasar. Y es comprensible: no había un alma que no quisiera volver a estar aunque sea unos minutos en ese recoveco, pero había mucha gente y hubiera sido un descontrol. Aunque, pensándolo bien… ¿por qué no? Estuvimos flojos. Después de todo, ¡era Cemento!

Precisamente de Cemento, de ese espacio emblemático del rock, se trató la noche así como el tema de su última placa solista, Loco!, que cantó Edu Schmidt (ex Árbol) antes de comenzar la función; una risueña canción que es al mismo tiempo un triste tango en el que podemos escuchar:

La cresta peinada con gomina,
las tachas bien lustradas, borcegos de charol.
Cemento, ahora es un estacionamiento.
Lo pienso y me dan ganas de balearme en un rincón

Por su parte, Cemento, el documental fue la película que nos dio permiso para entrar. En el marco de la 19° edición del BAFICI, el proyecto de Lisandro Carcavallo, vio la luz después de más de dos años de arduo trabajo que Brandy con Caramelos acompañó con genuino entusiasmo (el cual se nota en las emisiones de 52 y 89, cuando hablamos con él).

Pero el entusiasmo no fue solo nuestro, y eso se notó en las cientos de personas que asistieron a la cita con y sin entrada (como en los recitales). Se notó también durante la proyección, con los aplausos eufóricos cada vez que aparecía un artista querido, con algunos silbidos intransigentes, y con el coreo indómito de, al menos, las primeras cinco canciones que oficiaban de cortina.

De la película, lo primero que se destaca es el sorprendente trabajo de archivo. ¡Hasta grabaciones telefónicas tiene! Reunieron tanto material audiovisual que se dieron el lujo de usar en los trailers oficiales escenas que no aparecen en la edición final. Desde los inicios de Cemento (y cuando decimos “inicios” queremos decir “desde que todavía era escombros y tierra”) hasta sus últimos años, no sólo volvemos a ver las bandas que pasaron sino también las performances teatrales de las primeras épocas. Una hermosa Katja Alemann contoneándose ligera de ropas, flashes de las presentaciones de U.O.R.C. Teatro de operaciones, el entrañable Ricky Espinosa, las increíbles hombreras de las coristas de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, nuestro pogo, sus canciones… Ok, no cuento más, no quiero spoilear.

También merece ser mencionada la cantidad y variedad de entrevistas: periodistas que contribuyeron a la gesta, músicos de todos los géneros (el Indio, Mollo y Iorio los más ovacionados, debo decir), productores, trabajadores y fundadores del espacio. Muchísimas voces queridas en la pantalla y algunas, incluso, sentadas ahí, viéndose. Cada intervención, que no pudo sino ser parcial y personal, fue contando una pequeña parte de los diecinueve años de vida del mítico lugar, así, tal cual nos prometieron en la sinopsis: “como si se tratara de una persona”. Puede que alguien se haya quedado con la sensación de que faltó un poco más de su banda o del género que prefiere, de que se le dio poco espacio a lo que más quería ver. La verdad es que podría hacerse un documental por cada banda y su historia en Cemento, y aun así nosotros, insaciables, seguramente pediríamos más.

Finalmente, es interesante el llamado a la reflexión. ¿Qué fue lo que hizo de Cemento una leyenda? ¿Es, acaso, el hecho de que haya surgido en el tiempo y lugar indicados? La democracia naciente y una juventud que quería hacer todo lo que hasta entonces le había estado prohibido sin dudas son factores importantes. Pero ¿por qué Cemento y no, por ejemplo, el Parakultural? Quizá gran parte de la respuesta esté en un nombre que el trabajo de Lisandro se encarga, a su modo, de desagraviar: Omar Chabán. Podemos discutir horas (no acá, por cierto) si fue o no justa su condena por los trágicos hechos de República Cromañón que marcaron el final de sus días y el cierre de Cemento; podemos discutir si era un loco lindo o un vivo bárbaro. Pero lo que no podemos poner en duda es que fue él el gestor de todo eso. El que llamaba a los pibes a sus casas para armar fechas, el que te hacía escándalo en la puerta por manguear la entrada pero después te dejaba pasar, el que le dijo a todos “volvé cuando quieras”. En fin, el que hizo posible que no sé cuántos cientos de metros cuadrados de cemento y un par de enchufes se convirtieran en magia contracultural. Celebro, entonces, que el documental le dedique los minutos finales a su recuerdo y, a la vez, a repensar el lugar de Cemento en la actualidad.

¿Es que debemos contentarnos con este paréntesis nostálgico y ya? ¿No nos hace ni un poco de ruido que Cemento sea hoy un estacionamiento del Ministerio de Cultura, por mucha placa conmemorativa que le hayan puesto en la puerta?

Hace ya un par de años que el rock local está haciendo un esfuerzo titánico por documentar su propia historia a través de libros, archivos itinerantes, reediciones de fanzines y también de documentales. El documental Buenos Aires Hardcore-punk (2009) de Tomás Makaji marcó un camino de ida. Patricia Pietrafiesa tuvo mucho que ver con esta movida (que no pretendo resumir acá) y sumó a la lista Desacato a la autoridad (2014-2015). Cemento, el documental, de alguna manera, viene a coronar -al menos en lo que concierne al registro audiovisual- esta misión. Porque esta vez no se trata de la historia de un subgénero o de un grupo de adorables inadaptados (¡y a mucha honra!), sino de la historia del lugar donde el under argentino estalló: cuna y refugio de quien tuviera ganas de expresarse, aunque más no fuera gritando.

La legislatura porteña se está debatiendo qué hacer con este lugar. Personalmente, no creo que un museo, como algunos sugieren, sea la mejor opción. Las piezas de museo son un objeto estático que se contempla detrás de un impoluto cristal pero que de ningún modo se experimenta. Cemento se terminó, sí, pero sus herederos seguimos en pie. Pensemos bien.

Ojalá que esas más o menos seis horas que duró el evento entre las dos funciones sean más que un mero paréntesis en el que muchos volvimos a reunirnos con nuestra historia y con nosotros mismos. Porque el miércoles, real o simbólicamente, muchos volvimos a ver esas caras que habíamos creído perdidas en el pasado: el chabón que te gustaba y siempre iba a ver a Dosmi, pero al que nunca le hablaste; la flaca que te había dado su teléfono en un papelito que después perdiste en el pogo y nunca más te la volviste a cruzar… Porque además de ser un semillero, Cemento también fue un poco de eso, de nuestras historias chiquitas y tan propias. Sólo así se entiende que el estreno estuviera hasta las manos y que ya haya funciones agotadas. Porque sí, porque es regla general eso de que “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.

LISANDRO CARCAVALLO: Director y Productor

FRANCO MEDINA: Asistente de Producción y Guion
MARISOL LIUZZI: Asistente de Producción
MECHE MAGARIÑOS: Asistente de Producción
FLORENCIA CARCAVALLO: Cámara
LEANDRO CHIRICO: Cámara y DF
MARIANO MAZZITELLI: Sonido directo
LEANDRO SANCHEZ: Edición
JULIA PEDULLA: Diseño de imagen
JAVIER MASSOLA: Post de sonido
ALDANA AGUIRRE: Música incidental
ALEJANDRO TARANTO: Producción musical

Cronista: Yoapocap

Fotografía: PH Sombra

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