Soldati: collage sincrético de electricidad y mística muy difícil de encontrar [review]

Llegué recontra temprano al Emergente. Es decir, eran las doce de la noche, tarde para mí, muy temprano para la acción. Creo que no recuerdo cuándo había sido la última vez que el espectáculo que había ido a ver empezaba más allá de las doce-no, más allá de las once, o de las diez-. Ahora, ahí ya hay una diferencia. La movida en Palermo y en los lugares más chetos está especialmente diseñada y pasteurizada como para que puedas acomodar tu momento de rock a tu salida, a la cena, a que mañana tenés que ir a comer a lo de tu suegra, sacar a pasear el perro, sacar la basura, salir a correr, lavar el auto, la bici, los platos. Que el recital empezara a la una y media de la mañana me rompió un poco las pelotas, pero mientras escribo esto me parece que aprendí una lección -o recordé una, quizá-. Y es que uno se olvida que el rock es locura y los que hacen rock están todos locos. Al rock, como al sexo y al secreto, le va mejor la noche.

La primera impresión que me quedó, siguiendo con esta línea, es que los tipos lo están haciendo en serio. No por la guita -nadie elige esta línea de trabajo en Argentina pensando en la guita, nadie que no sea un nabo-, ni las minas, ni la fama, el poder que da llevar mucha gente. Me dio la impresión de que el compromiso de todos los involucrados en la movida -los plomos, los músicos, las esposas y novias, etc.- era con eso tan especial que se puede generar en cualquier barrio cuando suena música pesada. Tiene algo de místico -aunque quizá la referencia a una “misa” no sea de lo más adecuado por estos días- y también me parece que musicalmente hay como una búsqueda de lo inconsciente, del trance. Pero ya voy a decir algo sobre eso.

Entonces, ahí estaba yo, sorbiendo una cerveza mediocre pagada a precio de una lager belga -y en Bélgica-. Después de un rato, la eficiente crew de Soldati -que incluía a los músicos, me causó una grata impresión, conectada con lo que decía más arriba, verlo a Sergio empujando con su precaria humanidad cajas de fierros y equipos- comenzó a descargar y a armar el asunto. Todo estuvo listo muy rápido y alrededor de la una y medio salieron al escenario los muchachos de Manthrass para oficiar de banda soporte.

Ya he mencionado en alguna otra oportunidad las favorables reminiscencias a las buenas cosas simples del rock argentino que me trae Manthrass. Claro que esto no es sino una idealización. No hay tal cosa, propiamente dicha, como el rock argentino. Es cierto que en algún momento existió algo como un sabor propio –Pappo, Spinetta, Manal, qué se yo-, pero eso pasó hace mucho tiempo en una galaxia muy lejana. Hoy la escena es bastante más cosmopolita -a mi me gusta eso y no puedo dejar de celebrar el pluralismo loco de la escena under, pero es cierto que es una cuestión opinable-. En cualquier caso, Manthrass es un mamut congelado encontrado en un frigorífico del Dock Sud. Sin embargo, está vivo! Y tocan! De hecho tocan mejor y más que la última vez que los vi -y no tocaron mal la última vez que los vi, aclaro-. A su estilo “carne asada, pan, agua y vino” ahora le están agregando un poco de chimichurri psicodélico. Nuevos climas generados por efectos se agregan a la familiar base de blues y rock clásico que los caracteriza, dándole una vuelta de tuerca a una fórmula que no por transitada deja de ser eficaz. No te van a arrojar a una dimensión de locura extrema, pero lo que hacen es honesto, pesado y está buenísimo.

A continuación llegó el turno de Soldati. Lo primero que se me ocurre para caracterizar su performance es el adjetivo perturbador. Algo bueno que puede decirse de un artista es que logra capturar el mundo que le rodea. Algo mejor que puede decirse de él es que usa el mundo que le rodea para referirse a algo que escapa al mundo. Hay algo en cierto tipo de música -o de búsqueda musical- que descentra, que toma los materiales de la experiencia cotidiana para hacer de ellos una ofrenda al colorido drama del cambio. En este sentido, Chotsourian -no sólo acá, sino en Ararat, a veces como solista y sin dudas en Los Natas– parece estar siempre tocando el blues de su propio universo perdido. Quizá esa función cuasi mística de lo que intentan hacer explique la seriedad rayana en lo solemne que despliegan.

En cualquier caso, Soldati se ubica en la escena stoner local como Cthulhu en el Alto Palermo. No es solo que parecen transitar por un circuito que resulta under al under stoner, también parecen estar en una búsqueda distinta. Naturalmente, los signos del estilo que Chotsourian ayudó a instalar en el país siguen ahí: las guitarras distorsionadas, la afinación grave y las baterías gordas y pesadas. Sin embargo, hay una crudeza en la ejecución, un minimalismo armónico y melódico tan pronunciado, que hacen pensar en una expresión tan Old School que es casi tribal. De hecho esa es una metáfora posible: lo que hace Soldati es música sacra de una tribu eléctrica perdida.

El set en sí mismo incluye los nuevos y buenos temas de su trabajo homónimo. Da un poco lo mismo desde un punto de vista musical. De hecho, la bienvenida -y festejada- introducción de temas de Los NatasAmanecer Blanco, Sigue, sigue, Las Campanadas– y AraratLa Sal y el Arroz, si es que mis notas no mienten- resultan estilísticamente indistinguibles de las composiciones más recientes -incluso éstas incorporan riffs y cortes fácilmente rastreables a viejos temas de los Natas-. Todo se funde en un collage sincrético de electricidad y mística muy difícil de encontrar en las ceremonias estándar del nuevo evangelio stoner. A-men!!  

Luis Barone

Fotos: PH Sombra

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