Las noches ramoneras no deben terminarse nunca [review]

Siempre que viene un ex Ramone, o en este caso dos juntos para celebrar una efeméride de las más sustanciosas, como un 30 aniversario del primer show de la banda de Forest Hills en la Argentina, las miradas suelen ser de reojo y las críticas suelen ser despiadadas. Sucede antes y, tal vez, después del show, porque durante nadie pierde el tiempo pasándole el scanner de autenticidad al otro. En el momento del show y de la celebración “somos todos Ramones”, y no importa la antigüedad, el cargo y el lado del mostrador en el que se esté. Es así, el legado ramonero sigue emocionando a niveles insospechados y, como siempre, la lealtad de los argentinos es total, por eso estos encuentros seguirán hasta que la muerte separe a las partes.

Cuando se apagan las luces y comienza Connecticut Halftime, la intro del Obras del 4 de febrero del 87, no importa demasiado que Richie y CJ se hayan cruzado solamente dos veces en sus vidas, una casual en los Estados Unidos hace varios años, y otra hace unos días para ajustar detalles del show en Buenos Aires junto a Mariano Martínez y Seba Expulsado. Tampoco importa que CJ no haya estado en el primer show de la banda en la Argentina–aún estaba Dee Dee-, pero cae bien parado porque tocó en todos los demás Obras, inclusive el último del 7 de octubre del 95. Cuando comienza el show importa más que Richie haya sido fundamental para que los Ramones recuperaran su esencia con tres discos enormes como Too Tough To Die, Animal Boy y Halfway to Sanity que el hecho de que tras su salida Johnny haya meditado seriamente la posibilidad de ponerle punto final a la banda. Cuando comienza el show importa mucho más que CJ haya rejuvenecido a la banda y le haya permitido un retiro digno que el hecho de que durante sus pocos años en el grupo no haya tenido ni voz ni voto, casi al nivel de un sesionista.

Lo que importa, siempre, es lo esencial, y lo esencial es el legado y la comunión ramonera entre los de arriba y los de abajo del escenario en un Teatro de Flores que en los minutos previos al show ya vibraba con el coro masivo y a volumen piel gallinezco durante Out of time, de los Stones, y Have you ever seen the rain, de Creedence, disparados desde el primer piso por un muy inspirado DJ Seen Cadena.

La consigna, salvo por algunos detalles lógicos de un cuarteto que tuvo dos o tres ensayos, como mucho, se llevó a cabo como se soñó en la previa, con dos Ramones en el escenario y dos anfitriones de lujo: Mariano, de bajísimo perfil pero con una concentración y disfrute evidentes, le dio forma a todo lo demás, tocando brillantemente sus dos Mosrite originales que salieron del estuche especialmente para esta ocasión. Seba, que ha demostrado sobrada destreza y prestancia para pararse en el lugar de Joey (en el TOP 3 de los mejores cantantes de rock de la historia), hizo un gran papel, solamente yéndose de tiempo en My brain is hanging upside down (Bonzo goes to Bitburg), tal vez el tema más “progresivo” de los Ramones.

Que el concierto en cuestión haya recordado al del 87 fue una oportunidad inmejorable para escuchar en vivo esas potentes canciones que grabó Richie, como Durango 95, Freak of nature, Crummy stuff, Mamma’s boy, Animal Boy, el mencionado My brain is hanging upside down y el hit de su autoría Somebody put something in my drink. Hasta el cierre del segundo bis, con We’re a happy family, la banda replicó tal cual la lista del 4/2/87 y, tras la intro de los shows noventeros, The good, the bad and the ugly, de Ennio Morricone, como bonus de gratitud salieron por última vez para I wanna live, Pet Sematary y Rockaway Beach.

Sin la carga emotiva de una noche más que especial, a 30 años del primer y fundamental desembarco de los Ramones en el país, tal vez aparecería alguna que otra mirada despectiva, pero tratándose de la banda más importante e influyente de la historia del rock, todo ese prejuicio argento tan característico quedó de lado hasta nuevo aviso.

La noche húmeda e histórica de Flores no merecía terminar allí, por eso Richie y CJ siguieron cumpliendo su rol de embajadores ramoneros eligiendo música y firmando objetos y humanos en el Salón Pueyrredón hasta altas horas de la madrugada. Es que las noches como éstas, y más si se trata de un 4 de febrero, no deben terminarse nunca.

Alejandro Panfil
Foto: Live Music Jimena Savelli

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