Carajo, el Luna Park y el desafío de vivir en serio [review]

Caminar por la calle un día cualquiera es prestarse a un ejercicio que nos describe, a todos. Y no es muy difícil llegar a comprobar que una persona hoy no puede recorrer dos cuadras seguidas sin haber sacado su celular del bolsillo para chequear algo. No se sabe bien qué, pero no importa, nunca es algo importante. Seguramente será Facebook, Twitter o el enésimo video que envía algún integrante de los cuatro o cinco grupos de WhatsApp con que convive y de los cuales no puede escapar. Sobredosis diaria de pantalla, pero no de TV, mucho menos del cine. Es la ínfima pantalla del celular la que nos traslada a otra dimensión, cual cuento de Borges, y allí, del otro lado, nos consumimos y estupidizamos progresivamente. No volvemos, nos perdemos, no controlamos la situación, aunque estamos convencidos de que sí.

Carajo ya alertó sobre esta realidad en Shock y hoy, en la noche más importante del año, redobla la apuesta apelando, sí, al shock, ofreciendo la pantalla gigante más grande y espectacular que se haya visto en la historia del rock de este país. Nadie puede escapar a ella y la mayoría de los celulares permanece en los bolsillos. El efecto buscado se logra. Al menos por unas horas.

La puesta es sencillamente impresionante. Carajo viene acostumbrando a su público a esperar siempre un poco más de ellos, tanto a nivel musical como visual. Siempre hay calidad y se apuesta a encontrar un plus aunque ya no parezca haber más formas de lograrlo. Lo visual no es un artilugio para bajar la guardia en la composición o en la ejecución. Siguen siendo una banda de jerarquía a nivel internacional porque no se resignan a que con lo hecho ya es suficiente. Saben cómo encontrar las excusas para convocar y para impactar.

El Luna Park es archi conocido por la dificultad que impone a las bandas para lograr un buen sonido. Carajo lo sabe y por eso también encuentra en las pantallas una manera de afrontar el déficit histórico del Palacio de los Deportes porteño. De su parte hacen todo lo posible para acercarse al standard que ya lograron en otras salas y el resultado global es satisfactorio, por lo contundente, lo atrapaste y lo emotivo. Con cada canción que comienza la banda causa la misma sorpresa y sensación de principio de show. Su repertorio podría cambiar de orden mil veces y todas las combinaciones posibles darían la misma sensación de espectacularidad, ya que no se han propuesto jamás hacer temas relleno para sus discos.

El calor es insoportable por momentos, pero no es suficiente excusa para apartar la vista de lo que pasa en el escenario. Y en ese escenario pasa de todo y pasan todos. Detrás de una especie de cortina metálica y lumínica a metro y medio de altura, en el nivel más alto del escenario, se preparan en la oscuridad para salir, concentrados como pilotos de Fórmula 1 que se sienten expuestos al mayor de los riesgos, a tocar durante dos horas y media y trazar un antes y un después en cuanto a shows en vivo en la Argentina, porque de esto se hablará durante muchos años. En la oscuridad se siente la adrenalina y la incertidumbre respecto de que todos los cables estén enchufados en el lugar correcto. Sólo se ven luces de linternas que parecen dar el OK para que todo se ponga a prueba. La apuesta es grande y el resultado será aún más grande. Es cuestión de esperar unos segundos más.

Las pantallas se iluminan y, con los primeros y furiosos acordes de Libres, comienza un despliegue visual inédito para una banda de estas latitudes. El mismísimo Roger Waters, especialista en cuestiones de alto impacto, estaría de acuerdo con esta afirmación. Corvata, Tery y Andrés quedan pequeños ante semejante puesta, pero Carajo es una banda enorme que sabe bien cómo hacerle frente a la inmensidad. “Cada vez que te arriesgues viajarás por los placeres que te da el miedo”, se recuerdan tácitamente. “Qué tienes para dar” también cruza sus mentes. Lo que viene es ser consecuentes. Y allí van por lo que les pide el cuerpo y el corazón. Festejar, dando todo y algo más.

Lo que sigue es sustancioso hasta el final. Las miradas se mantienen en una única dirección. El trío más poderoso del rock cantado en español, cabe decirlo, las acapara todas con la prestancia que dan los 15 años sobre las tablas y con el entusiasmo de una banda iniciante. El repertorio está bien cargado con Drama, La venganza de los perdedores, Salvaje y Acido. Esto es solo una parte, es el comienzo. Hay más. Shock, con el video detrás en la pantalla gigante, es un mazazo a la reflexión y a lo peligroso de entregar todo a la mencionada virtualidad. “Crucial es la elección que tomarás, el desafío es vivir en serio”, gritan hacia los tres sectores poblados del Luna. Es oportuno, es necesario. La vida es una sola.

Por diferentes motivos (Ciro Pertusi por una operación de garganta y Walas por asistir a la entrega de los Grammys) hay dos invitados ausentes pero a la vez presentes gracias a la inventiva y a los riesgos que toma Carajo. Primero Tery se luce con una intro a lo Radiohead, desplazándose de un lado al otro del escenario como si con sus arpegios y su andar fuera encendiendo progresivamente las luces de la enorme pantalla. Luego aparece la imagen y la pista del líder de Jauría cantando Constrictor en sincro con la banda en vivo. Magia pura. Combinación sin fisuras y la prueba de que los recursos novedosos no sólo son propiedad de los artistas foráneos. Lo mismo sucede cuando aparece el líder de Massacre para Invisible. Invisible, sí, pero brillante.

La emotividad no cede jamás, la potencia tampoco, mucho menos si Luciano Scaglione, de Attaque 77, se cuelga el bajo para Humildad y dos covers ramoneros como The KKK took my baby away y Blitzkrieg Bop. Corvata hace un parate y llama a su hija Julieta, de 15 años, como la banda, para hacerse cargo del mic en El llanto espiritual y De frente al mar, este último con Miguel Vilanova en slide y Ale Vázquez, histórico productor de la banda, en guitarra acústica. Todo queda en familia. El círculo íntimo celebra ante miles y miles de testigos el camino de un grupo que surgió del abismo y que a partir del abismo construyó certezas. Cicatriz y Joder, con el Knario de Plan 4, le devuelven la furia metalera a una de las noches más largas en la carrera del grupo. El resumen de todo lo hecho en los últimos quince años es logrado de manera estoica, como la llegada a tiempo desde un show en La Plata de Fernando Ruiz Díaz para tocar Maleficio y constituir uno de los momentos más altos del show. Nacieron para cruzarse en algún momento. Tanta creatividad de un lado y otro algún día iba a confluir en alguna esquina. Y fue en Corrientes y Bouchard. Luego de Triste, tema para el cual en shows pasados ya tuvieron de invitado al líder de Catupecu, llegan las cuatro estocadas finales con Luna herida, donde se luce por demás el Niño Vilanova, Ironía, Sacate la mierda y Pura Vida.

El cierre es inevitable como necesario. Hay que procesar lo sucedido. La caminata ayuda y da perspectiva. La pantalla del celular es insignificante e innecesaria. Carajo aportó la suya, una gigante, al servicio de una propuesta artística y de un pedido de reflexión masiva ante una adicción que nos está consumiendo todo nuestro tiempo, el tiempo de nuestra vida. No todo es entretenimiento y distracción y Carajo lo entiende a la perfección. Ahora le toca al resto recoger el guante.

Alejandro Panfil

Fotos: gentileza FotografíaMatt y Facu Pereira

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