Iggy Pop en el BUE: el rock que se niega a ser memoria [review]

iggy-popA veces me entreno para no tomar nada en serio. No sé si esta pueda llegar a ser una filosofía vital, pero lo cierto es que no siempre me saca victorioso de la realidad. Una persona puede cometer muchos errores en su vida. Errores pequeños. Errores grandes. ¿Existen los errores medios? Nada de esto es relevante. La conexión entre los errores y el asunto de no tomar nada en serio es fácil: ningún error puede llegar a ser lo suficientemente importante, pero ojo, tampoco hay acierto que lo sea. Mi principal error en la vida fue el rock. Definitivamente. Y mi principal acierto ha sido, también, el rock. Pero no me lo tomo en serio. Nada de esto me preocupa. Pero me pasa. El rock me enseñó a ser así. Y cada que puede me lo ratifica.

2:50 am. El colectivo 140 me deja en Paraguay y Pueyrredón. Sé la hora porque se la pedí a un tipo que a su vez me había pedido una moneda. Me la dio, mirándome con cierta escama. ¿Un pucho? No maestro, tampoco tengo. Me mira peor. El tipo se pierde por la avenida córdoba que a esta hora reposa azul y fantasmal. Para algunos el tiempo vale una moneda. O un pucho. En fin. Vengo de un lugar en el que miles de personas pagaron una buena cantidad de dinero por el tiempo de algunos artistas. El asunto está en que ellos no dan la hora, la marcan. Y la marcan haciéndola, creándola con las monedas y los puchos de los demás. Creo que para todos, en este mundo, el tiempo vale una moneda. O un pucho. Y yo, ni lo uno ni lo otro.

Debo caminar diecisiete cuadras para llegar a casa. Emprendo el camino. Pienso que este es uno de esos momentos en los que empieza mi entrenamiento por no tomar nada en serio. Pero después de lo vivido es difícil. El rock es cosa seria. O esa es la huella que dejó en mi memoria la noche que acaba de pasar. Dos veces lo mismo pero escrito de diferente manera. ¿Hasta cuándo durará? Estoy cansado. Llevo ocho horas parado, contando el tiempo que me llevó atravesar la ciudad en ese colectivo hinchado de gente arrojada a la noche. Agarré el colectivo cerca de Tecnópolis. Ese especial y democrático lugar hecho “por todos” y “para todos” y que algunos “todos” quisieron desbaratar pero no pudieron contra el gran “todos”. Había comido una hamburguesa radioactiva preparada en un parpadeo y lo último que mis oídos habían escuchado era la voz de mil negros –porque ninguna otra raza tiene mejor voz que la negra- del gran Frederick “Toots” Hibbert y sus Maytals. Los jamaicanos, que tocan desde 1963, fueron los llamados a cerrar el primer día del BUE con su formidable reggae enchispado de rocksteady. El Arena Heineken parecía más una playa que el recinto de hormigón donde se juegan Copas Davis. La música de los Maytals aún conserva el fuego sagrado de los primeros años de la escena Mod. Saben a rastafarismo, a rude boy, a skin head. Son los Specials de hoy y están a la altura de bandas y personalidades célebres como Skatalites, Derrick Harriott o Desmond Dekker. Su música es líquida y se toma como viene, con rigor sensorial y sin carencias. La gente cierra sus ojos y los deja así, columpiándolos hacia adentro con el radiante desgranar del ritmo. Muevo las piernas porque sólo así soy consciente de que las tengo puestas. Me dejo llevar, como todos, por la inagotable nube de humo canábico. Conocí a Toots and The Maytals gracias a la película This is England (Shane Meadows, 2006) en la cual son protagonistas con auténticos clásicos del género como 54-46 Was my Number, Louie Louie y Pressure drop, temas que, por supuesto, no faltaron.Si seguimos hablando de viejos lo de antes fue monstruoso. Si bien Frederick “Toots” Hibbert nació en 1945, su contemporáneo nacido en 1947, el abuelo Iggy Pop, que parece más bien el adolescente de los Stooges, se tragó y pulverizó uno por uno cada pómulo de cada asistente. Lo de La Iguana fue un rapto. “No se puede ser más rockero”, me dice el editor de esta casa. Y tiene razón. Nadie quiere ser condenado a la oscuridad y al silencio, todos quieren ser mirados, y escuchados, si es posible comprados y alquilados, pero si en algo coincidimos todos los mortales es que nos encanta y deseamos y necesitamos ser seducidos y esto lo tiene clarísimo Iggy. Él debería ser considerado no sólo músico y actor –entre otras muchas consideraciones- sino también sensei de la seducción. Él se entrega a su público sin reservas, lo atrae hacia sí como si fuera un amante especializado en dar placer sin esperar nada a cambio. Una máquina, mejor, estimulante y activa. Su tradicional torso desnudo sin un solo tatuaje habla del rock que es vida, que se niega a ser memoria, que es voz. Su voz. No necesita de parafernalias vacuas para galopar con contundencia y fibra, haciendo lo que le viene en gana no sobre el escenario sino sobre él mismo. Sus más de cincuenta años de carrera no podrían hacer otra cosa que notarse, pero no como uno podría imaginárselo. Desde esta misma tribuna reseñamos aquél último Monsters of Rock al que acudieron grandes –en una sola noche- de la talla de Ozzy Osbourne, Rob Halford y el desaparecido Lemmy Kilmister. Los tres visiblemente facturados por el tiempo supieron cumplirle al público y emocionarlo pero no seducirlo, ni ponerlo a saltar como cuando se tienen dieciséis años y un esqueleto de acero. Iggy tiene esos huesos. Y la actitud multiplicada por diez. O cien. De un solo tiro interpretó I wanna be your dog, The passenger, Lust for life, Five foot one, Sixteen, Skull ring, 1969, Sister midnight, Real wild child (cover de Johnny O’Keefe & The Dee Jays), Nightclubbing, Some weird sin y Mass production. Magistral. Corrió y se zarandeó por las tablas, bajó al público a saludar, pateó y arrojó botellas de agua, jugueteó con sus músicos, etc. Iggy es una persona híbrida, genial, perfecta. “Si llego a los setenta así, mi vida tuvo sentido”, dice alguien que está detrás de mí. El show avanza hacia algún lugar que nadie conoce. Somos conducidos a un universo paralelo con rey y señor. Repo man (con quince o veinte fans invitados por Iggy al escenario a saltar con él), Search and destroy, Gardenia, Down on the street, Loose, Raw power, No fun y Candy. Poco más de hora y media y el tipo pudo haber seguido otro rato más. Creo que disfrutaba la impecabilidad del sonido de la banda y ni hablar de la pulcritud casi prosística de la amplificación. Es cierto: resulta absolutamente imposible ser más rockero que Iggy, porque Iggy es el rock. Aunque tu provocador apellido sea Pop ¿Cierto?

Entro al Heineken Arena y enseguida me ensordece un programa electrónico. Sintetizadores retumban las cuatro paredes del lugar. Acompaña una percusión contrariada que se esfuerza por ser interesante. El cartel dice que empieza Bomba Estéreo. Una muestra de lo que se ha convertido la música joven colombiana que, con la mano negra de productores que saben más de negocios que de música, ha venido fusionando el rock con otros ritmos urbanos (pop, electrónica, funk, hip hop), pero siempre conservando la base vernácula de consonancias tradicionales colombianas (cumbia, porro, currulao, champeta). No digo que sea mala la música de Bomba Estéreo, por el contrario, son grandes músicos, pasa que, incluso como colombiano, simplemente no me apetecen esas mezclas chocolocas y pseudoirreverentes. No tengo argumentos ni me interesa tenerlos y quizá soy un desquiciado purista pero creo firmemente en ese viejo adagio que manda al zapatero a sus zapatos. La vida es así, un proceso de selección y rechazo y, después de ver a The Libertines, tampoco me pareció el mejor de los maridajes.

21:15. Una buena cantidad de público aguarda por la salida de The Libertines. La banda de los popularísimos Pete Doherty y Carl Barât llegaron por primera vez a la Argentina después de casi veinte años de idas, vueltas, polémicas, terminaciones y regresos. Para nadie es un secreto que su música es contagiosa. Por momentos paradójicamente emocional. Pero siempre rauda. Las letras tienden a la poesía. Recordemos que tanto Doherty como Barât son multifacéticos y una de sus tantas caras sensibles es la de escritores. Sus influencias más evidentes son el garage, el indie y el post-punk. Pero son vagos y ambiguos. Pueden ser de la onda The Strokes o The Vines, pero también pueden devenir en sonidos a lo Joy Division o The Clash. Su nombre es la mejor metáfora del género que forjan y de cualquier manera, con un verso, con un punteo, un riff o con una canción se te meten en la sangre. Y ahí se quedan como evocación. Fluyendo. Hasta que los vuelvas a escuchar. Así son, superlativos y arrogantes. Y tienen razones de sobra para serlo. John Hassall (bajo) y Gary Powell (batería) completan el cuarteto londinense. La postal rebelde. El ícono del nuevo rock inglés de los 90s. Suena Power to the people, de John Lennon. Ellos se acomodan. Algunas –muchas- personas hacen la típica algarabía de los fans cuando descubren que sus amores platónicos son de carne y hueso. Y que existen como ellos. Empiezan con The Delaney, Barbarians, Heart of the matter, Fame and fortune, Boys in the band, What Katie did, You’re my Waterloo, Gunga Din y Can’t stand me now. Suenan de puta madre. El show es potente. Pienso en los problemas personales de Doherty. Tan británicos. Su adicción a las drogas, sus días de prisión y su aparente egolatría. La ha sacado barata. Es una suerte para él estar vivo y para nosotros que después de una vida tan desenfrenada podamos verlo con el proyecto que más se parece a él. Mejor dicho, que sin ser de él, plenamente, es, en sí mismo, él. Y Barât lo sabe y no le importa y por eso corea con el público “olé, olé, olé, olé… Pete, Pete”. Se chancean mutuamente. Gustan de cantar al unísono. Libertines, aunque no parezca, es un grupo serio que no podría seguir si uno de ellos faltara. Continúan con Tell the King, Death on the stairs, Time for heroes, The good old days, Music when the lights go out / Albion, Up the bracket, Horrorshow y terminan con Don’t look back into the sun. Le ponen punto final a la presentación. Arrojan te todo al público: bases de micrófonos, micrófonos, botellas, baquetas, púas, toallas, etc. El público, frenético, los despide sin que ellos se quieran ir. Puede ser que haya Libertines para rato. Vinieron a decirlo.

Entro por primera vez en la noche al Arena Heineken y me recibe un show apoteósico. Es La Mala Rodríguez. Millones de papelitos brillantes vuelan por el auditorio. A los pies del escenario cinco tubos expelen cortinas de humo que hacen perder a la rapera andaluza entre nieblas, para después resurgir de entre ellas con una fuerza vocal indescriptible que pone a todos en su sitio. Me parece que tira bofetadas. Rítmicas y líricas. Su música es de calle y no tiene pelos en la lengua, ni en ningún lado. Por el contrario, la eleva con acrisolados toques de flamenco que tienden a mistificar el sonido sin caer en la burda mezcla. La Mala es una cantante madura. Enérgica y sensual. La gente la sigue, muchos cantan con la rapidez de su dicción y emulando su particular tonada. Alcanzo a ver algunos temas y no es difícil percibir que el carácter del ambiente es ascendente. Al frente del Arena otro espacio es explotado musicalmente. Me dirijo hacia esa particular construcción que parece un cubo. Están tocando los Yataians. Una banda de reggae y rocksteady porteña que viene dando mucho de qué hablar en los últimos dos años no sólo por la calidad de la música que hacen, sino también por la constante actividad e influencia que tienen dentro de la escena aun cuando cantan en inglés. Su presentación es lógica, y habla muy bien de los organizadores ¿curadores?, ya que a última hora se asomarán los Toots and the Maytals, generando así una línea consecuente para los gustosos de los ritmos jamaicanos. Los Yataians son para bailar y bailar. Para gozar. Puntos suspensivos.

Llego al escenario central después de cruzar todo el predio de Tecnópolis. La tarima es tremenda, puede que ahí quepa una cancha de tenis. Él Mató a un Policía Motorizado inaugura, para mí, lo que es una noche prometedora. Los platenses encabezados por Santiago Motorizado siempre andan en busca de lo esencial, pero al parecer lo esencial para ellos no es su música, sino el sentimiento que la mueve. Así es más difícil, pero ese camino de dificultad es el que ha hecho que Él Mató marque la diferencia dentro del rock que se está haciendo hoy en la Argentina. Son sosegados y poco pretenciosos. La sobriedad es uno de sus sellos distintivos y, como debe ser, dejan que el resto sea música, sin atreverse a quitarle ni por un segundo el protagonismo que su sonido merece. Hicieron Nuevos discos, La cobra, Violencia, El baile de la colina, Mujeres bellas y fuertes, Amigo piedra, Noche negra y Sábado. Es poco lo que interactúan con el público. No lo necesitan. Está dicho. Y puede repetirse las veces que sea necesario. Sería el mejor cumplido a su música. Ellos no dispersan golpazos al escucha ni son tan forajidos ni malos como muchos pretenden ser, su música es directa, vehemente, perseverada. De líricas cortas, iterativas y cotidianas. No hablan de lo que se les viene en gana sino de lo que pasa y lo que pasa es la vida. Sin más. Pareciese que sus letras fueran escritas durante un sueño en el que se escucha lo más tranquilo de Ramones y lo más introspectivo de los Pixies. Una bandota. Continúan con Más o menos bien, Yoni B, La celebración del fuego, Chica de oro, El fuego que hemos construido, Mi próximo movimiento y Chica rutera. Un lujo.

Son las 19, y estoy en la puerta de Tecnópolis esperando que me pasen mi entrada para vivir la experiencia del primer día BUE, digo experiencia porque en teoría así funcionan este tipo de festivales que podrían ser pasados, también, como ferias en las que uno se pasea picando aquí, picando allá… de acuerdo al interés personal. El mío, como el de casi todos, va por Iggy, Libertines y Maytals. Es lo mínimo, ya que esto queda muy -muy- lejos de mi casa. Esperemos a ver qué pasa. Hay cerveza. Empezamos bien.

Giovanny Jaramillo

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