2 Minutos: como en 1987, pero en el Luna Park [review]

En la estación Pueyrredón de la línea B del subte porteño, un coro emerge: “Carlos se vendió al barrio de Lanús, el barrio que lo vio crecer. Ya no vino nunca más por el bar de Fabián y se olvidó de pelearse los domingos en la cancha. Por la noche, patrulla la ciudad, molestando y levantando a los demás”. Desde mi vagón cuento rápidamente. Son once los entusiastas. Los necesarios para que en la múltiple conexión de 9 de julio los dichosos coristas se multipliquen por cuatro. Al llegar a Leandro L. Alem el tema ya había variado: “Cuatro horas han pasado y ni noticias de mi amigo. Me pido otra cerveza, mientras espero. Las putas en la esquina venden su sexo por un par de billetes que hoy yo tengo. Todo lo miro sentado desde el bar.” Hay alegría. Hay voz. Hay percusión. Hay espontaneidades que huelen a vino, a cerveza, a porro.

La apariencia del punki que hormiguea por las calles de Capital Federal aunque, naturalmente adusta, resulta bastante discreta. Son pocas las cosas que lleva encima que lo identifican: una campera, unas Converse, una remera o uno que otro parche. Las crestas indiscriminadas y coloridas, las botas roídas y los taches erectos como puñales forman más bien parte de lo que de a poco se va convirtiendo en fábula. La actitud -eso sí- siempre es la misma. El punki es ese ser que odia a la sociedad, ese ser cuya antipatía sólo tiene sentido y es pura y real dentro de la ciudad. Si el punki se sale de los márgenes urbanos corre el riesgo de convertirse, como escribió Evaristo (La Llorona), en un hippie impresentable en sociedad. En los alrededores del Luna Park no se puede divisar un solo impresentable. Todos, bien erosionados y entufados, portan su gala. Los taches brillan en la oscura noche dominguera. Las mitológicas crestas aparecen, tiesas, proyectadas sobre el asfalto. La calle Bouchard permanece disoluta entre latas, botellas, cartones, colillas y meo, que bien podría ser agua lluvia, pero si la de algunos es agua de río mezclada con mar, la nuestra es agua lluvia mezclada con meo. Y saliva. No hay duda. Adentro, en breve, saltarán al escenario los 2 Minutos a celebrar sus “cachi” 30 años.

Pongo en Google: “capacidad Luna Park”. Aparece 9290. El buscador miente. Pudieron haber sido 15 mil. Falseo. El caso es que el recinto estaba abarrotado. Es la primera vez que la banda de Valentín Alsina hace un Luna. Más adelante, y ante la sorpresa del lleno total, Pablo sentenciaría que el próximo podría ser tranquilamente en River. Tan descabellado no es. Quien dude del poder de convocatoria que tienen los 2 Minutos es porque no sabe nada. De nada. Quizá para los 40. Después de 29 años de trayectoria, 11 son un pestañeo.

A las 22 apagan las luces y, tras la típica euforia que libera todo calentamiento, sobre el escenario se asoma el ex director de la revista Barcelona Pablo Marchetti, acompañado de un conjunto de guitarras, contrabajo y bandoneón. Nadie entiende. Interpreta una versión -adaptada a tango y muy lúcida- de Ya no sos igual. Recibe algunos abucheos. Son de cariño nervioso. El público canta a contratiempo. Aplaude con ansiedad. Reconoce la intención y la celebra, pero pide lo que le pertenece. No lo que no a vino a ver, sino lo que espera vivir.

Mosca, Pablo, Papa, Monti y Pedro salen y, como alma que lleva el diablo, empiezan con la legitima Ya nos sos igual. De ahí en adelante serían dos horas de la misma e inacabable fiesta. Como siempre más de lo necesario pero nunca en exceso. Con 2 Minutos, los excesos o las sobredosis son ensimismamientos imposibles y caricaturescos, lo dice su nombre de escala continental, lo gritan sus impetuosas canciones y lo ratifican sus 29 años. Por el escenario pasó todo aquél al que se le vino en gana encaramarse en él. Clásico recital dosminutero. Es el afecto de la gente. Entre los invitados formales estuvieron Pitu de Subway, Gori de Fantasmagoria, Mane de Restos Fósiles, Maikel de Kapanga, Favio Cianciarulo e hijo, el Indio –miembro fundador de la banda-, Hugo Irisarri de Doble Fuerza, el Chino Vera y Edu de Cadena Perpetua.

Pasada la media noche y después de más de medio centenar de temas [entre ellos Pelea callejera, Tema de Adrián, Arrebato, Barricada y Mosca de bar] y con la cuota de sudor obligatoria, además de haber escuchado los delirios de Pablo al micrófono (algunos muy astutos e ingeniosos y otros vacíos y majaderos como cuando invocó a Colombia sólo para hacer alusión a la cocaína), la banda puso puntos suspensivos a la noche, abrió la barra, dio rienda suelta al punk en una ciudad sobrecogida por la lluvia y el frío.

Con celebraciones así de magnas no queda más remedio que esperar a que pasen los 365 días que nos separan de los treinta años de la única agrupación que, después de tanto tiempo, sigue retorciendo cabezas y cuerpos con vehemencia, una agrupación intergeneracional que, sin caer en cursilerías ni mercadotecnias punk, sigue haciendo lo suyo, como si fuera 1987 ¡Aguante 2 minutos!

CJay Jaramillo

Fotos: Dahian Cifuentes

Comments

  1. Hurgarloslibros says:

    Te corrijo una cosa de la buena crónica: Marchetti hace años que no dirige Barcelona (e imagino que Marce es Pedro).

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