Humo del Cairo: no son del mundo, son del universo [review]

Lo de Humo del Cairo es impresionante. Su efecto es parecido al de un volcán en erupción. Su psicodelia, dentro del canon del rock pesado nacional, es genuina y refinada.

Son peligrosamente hipnóticos. Viajeros. Volubles. Te ponen a pasear por encima del cielo y cuando menos lo esperas te mandan de bruces al fondo del mar. Habiéndote llevado antes a ti y a tu insignificante existencia mental, a dar vueltas serpenteadas por desiertos, selvas y valles rústicos e inexplorados. Humo del Cairo muta por simple lógica. Por raza.

Verlos en vivo es asistir a una explosión de sinergias. Por su cráter se liberan lavas resolutivamente funestas y seminales. Fiebres desenfrenadas que amenazan jovialmente con dejarnos para siempre encerrados en sus deslumbrantes calenturas. Su música, o hiela y petrifica o inflama y carboniza. No hay puntos medios. Ni contemplaciones. Sus melodías bien pueden escucharse en la paz de una gélida e hipocondríaca noche de Plutón o quizá, el aspaviento sonoro que despliegan pueda ser el de un día hirviente e infernal en Mercurio. Porque sí, parecen de fuera. No son del mundo. Son del universo. Y es por eso que son calmos cuando el éter lo exige y tremendamente briosos cuando el vacío arrecia.

Sus riffs son efervescentes. Flotan con complacencia con la tímida inacción que transporta una brisa veraniega hasta dar el batacazo final que no puede suceder en otro lado que no sea en tu cabeza. Hacen jams sólidos y pertinaces. Manipulan la introspección con lucidez somática. Quizá los sellos más propios de Humo del Cairo, y los más escatológicos, sean los de la alucinación y el misterio. Y, por otro lado, la oscuridad que funda el trío tiende a liberarse visceralmente no en la remota luz que parece buscar en todo momento, sino en la evocación, en la remembranza de la misma.

La consistencia y la musculatura que revela Humo del Cairo en el espesor de sus sonidos son difíciles tanto para escuchar como para clasificar. No es música para todo el mundo. Eso está claro. Se necesita de cierta depuración para poder apreciar este portento valvular -y narcótico- que desendemonia con el mismo nervio con el que bautiza. Su no etiqueta se debe a que son muchas cosas metidas en la misma valija que, por separado, adquieren sentido autónomo y diferenciado, pero que juntas forman paisajes inimaginables capaces de sacudir el pensamiento y dejar la imaginación crujiendo con la turbulencia de su rock.

Valió la pena esperarlos hasta las cuatro de la mañana en la siempre buena y variopinta esquina de Niceto Vega y Humboldt.

CJ Jaramillo

Fotos: Tomás Montag (archivo)

Dejá tu mensaje

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: