“Madre noche”: confesiones de un bastardo sin gloria

LiniersCuenta Rodrigo Fresán al hablar de su admirado Kurt Vonnegut (aquí admiramos a ambos, así que la cita vale por dos) que el autor de Matadero 5 “comparaba a los escritores con esos canarios que se ponen en jaulitas al fondo de las minas. Esos canarios que son los primeros en morir cuando comienza a escasear el oxígeno y, con su último canto, avisan a los mineros que están en problemas, que vienen tiempos difíciles.” Y Fresán cierra la idea con una cita de Madre noche: “Tenemos que tener mucho cuidado con lo que pretendemos ser, porque somos lo que pretendemos ser.”

Madre noche es el planeta más reciente de la galaxia Vonnegut que, sin prisa pero sin pausa, está publicando en español La Bestia Equilátera (ya reseñamos, aquí mismo, Pájaro de celda). Y las primeras palabras con las que nos recibe el autor, en su introducción, son precisamente esas: “Esta es la única novela mía cuya moraleja conozco. No creo que sea una moraleja espectacular, es solo que sé cuál es: somos lo que fingimos ser, así que debemos tener cuidado con lo que fingimos ser”.

Esa moraleja funciona como una espada suspendida sobre la cabeza del protagonista de la historia, Howard W. Campbell, Jr., “un hombre que estuvo muy abiertamente al servicio del mal y muy secretamente al servicio del bien”. Lo que tenemos en nuestras manos es la confesión de Campbell (casualmente, o no tanto, un apellido históricamente asociado a la duplicidad) desde su celda en Israel, donde será juzgado por crímenes contra la humanidad cometidos durante el nazismo. Los capítulos finales incluyen un breve cameo de Adolf Eichmann, otro “pájaro de celda” que, capturado por el Mossad en la provincia de Buenos Aires, aguarda, al mismo tiempo que Campbell, su juicio (Madre noche fue publicado en 1961, contemporáneamente a las columnas en las que Hanna Arendt cubría el proceso a Eichmann para la revista New Yorker).

La biografía “oficial” de Campbell, nacido en los Estados Unidos pero radicado desde muy joven en Alemania, en donde su habilidad como hombre de letras le permitió ocupar altos puestos en el mundo cultural del ascendente nacionalsocialismo, lo presenta como el responsable de un fabuloso dispositivo de propaganda nazi. Pero lo que descubrimos gracias a estas confesiones es que durante sus transmisiones, ocultos en los pliegues del discurso, en los silencios, las toses y la repetición de algunos términos particulares, Campbell transmitía mensajes secretos para los aliados. Madre noche repasa el ascenso y caída de Campbell, su vida (casi) anónima en los Estados Unidos después de la guerra, en donde un grupo de nostálgicos del Tercer Reich, agentes dobles de la URSS, de Israel, de los propios grupos supremacistas norteamericanos (una galería inolvidable de dementes en la que sobresale el “Führer Negro” de Harlem), se comportan de un modo completamente desquiciado, aunque perfectamente coherente con la propia imagen que cada uno de ellos se ha forjado de sí mismo y del mundo que lo rodea. Campbell es, para todos ellos, la pluma más inspirada del ideario nacionalsocialista, y por eso mismo debe ser, según quién sea el interlocutor de turno, reverenciado o destruido.

Las delirantes aventuras de Campbell, sus múltiples facetas y las de aquellos con los que interactúa parecen ridículas o inverosímiles, hasta que Vonnegut revela ese as que siempre tiene escondido bajo la manga: comparemos el relato apócrifo que nos presenta con los sucesos verídicos ocurridos en el siglo XX y decidamos, si fuera posible, cuál de los dos es el resultado de la imaginación afiebrada de un fabulador de historias sin sentido.

HARRISON BERGERON, author Kurt Vonnegut, 1995. (C) Cypress Films / Courtesy: Everett Collection

HARRISON BERGERON, author Kurt Vonnegut, 1995. (C) Cypress Films / Courtesy: Everett Collection

Madre noche puede ser leída como contraparte bufonesca de La banalidad de mal de Arendt, pero también como contracara satírica del Doktor Faustus de Thomas Mann y su relato metafísico de una caída. El título mismo de la novela está tomado de un monólogo de Mefistófeles en el Fausto de Goethe en el que se insiste en la complementariedad de los opuestos. No hay personaje en Madre noche que no lleve dentro de sí a su propio contrario (no es casual que la obra cumbre de Howard W. Campbell, Jr. se llame Una nación de dos). Borges apeló a una dialéctica similar en su Tres versiones de Judas: la elección de una infamia pública como precio de una virtud secreta que opera para salvaguardar el plan de la redención universal. Solo que en Madre noche la posibilidad de una redención, universal o privada, parece algo totalmente carente de sentido.

Mientras asistimos a los sucesivos capítulos de las confesiones de Campbell en su celda, nos preguntamos si finalmente aparecerá la evidencia que demuestre ante la opinion pública que, por debajo de la imagen de un terrible criminal de guerra nazi, latía la figura de un héroe del “mundo libre”. No hace falta revelar aquí el final de la novela, cuya mayor virtud parece ser, como casi siempre en el caso de Vonnegut, la de ofrecernos un espejo deformante. Nos parecemos bastante a esos personajes un tanto ridículos que pueblan sus historias, pero somos también los que podemos reir de nuestras propias miserias.

Así deben entenderse, entonces, las otras dos moralejas de Madre noche que Vonnegut incorpora en la introducción:

“Cuando estás muerto, estás muerto”.

Y su inevitable contrapartida:

“Haz el amor cuando puedas. Es bueno para tu salud”.

Lalo Lambda

Comments

  1. Reblogueó esto en Paseos Intersticialesy comentado:
    Madre Noche – Vonnegut

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