Elefante Guerrero Psíquico Ancestral: un tributo a la mente y a los sentidos [review]

Me obsesionan los nombres. ¿Por qué la gente se llama como se llama? ¿Por qué una ciudad, una cosa, una banda, un disco o una película se llaman de determinada manera? Sin duda un nombre lo determina todo. Y detrás de los mismos hay infinidad de historias. En esa medida parece ser que lo que realmente me obsesiona, entonces, no son los nombres en sí mismos, sino la historia de cómo los nombres se apropian absolutamente de la identidad de lo que nombran. En 1895 Oscar Wilde escribe y presenta La importancia de llamarse Ernesto, una comedia que, aunque no trata directamente el intrincado asunto de por qué llamarse Ernesto resulta tan importante, sí arroja sobre la mesa el tema de cómo los modos de ser y estar en el mundo están regidos por infinidades de lógicas y dinámicas atiborradas de significado que a su vez dotan de forma y sentido a lo nombrado y, también, cómo esos modos sufren alteraciones y cambios radicales desde el momento en que el nombre, por la razón que sea, varía. Ahora bien, toda esta inoficiosa digresión que no tiene nada que ver con el objeto central de la columna posee, por suerte, un mínimo objetivo: ¿Por qué una banda de rock o cualquier cosa en el mundo puede llegar a llamarse Elefante Guerrero Psíquico Ancestral?

Bueno, la primera vez que escuché el nombre de esta banda pensé que era una broma de parte de quien lo mencionaba. Pero no. Después de comprobar que sí había algo que se llamaba así y que, además, era una banda de rock, me fui corriendo a escuchar lo primero que encontrara. Así, topé con su primer EP. 34 minutos que me dejaron atónito. Mientras escuchaba empecé a vagabundear mentalmente a propósito de la razón y la génesis del extravagante y surrealista nombre. Mi conclusión, por más primigenia y estúpida que fuera, me convenció, exclusivamente, por lo artificiosa. La cosa fue así: la banda debe tener cuatro integrantes. Uno sugirió a los demás que, basándose en el rol que cada uno creyera tener en el grupo, eligiera una palabra para después unirlas y que, el resultado de tamaño experimento, quedaría como el inapelable nombre de la banda. Algo muy parecido a un cadáver exquisito. Desde luego, nada más alejado de la realidad. Empezando porque no son cuatro, sino tres los integrantes de EGPA, y porque el dichoso nombre que tanto me trasnochó aquella noche proviene de un paquidermo blanco, único en su especie, con orejas moradas y dos cabezas de las cuales, en vez de salir los tradicionales marfiles, salen cuatro metralletas. Un ejemplar idóneo para la guerra, indiscutiblemente, que oficia como personaje terciario o cuaternario de una acreditada serie animada de televisión creada por Pendleton Ward para Cartoon Network llamada –en español- Hora de aventura.

Lo cierto y lo verdaderamente importante es que este power trío tan nítido como eufórico, con todo y su nombre pseudo mitológico, me calcinó el cerebro. Apenas acabó el referido EP continué robóticamente con el primer sugerido de Youtube: El camino del guerrero, segundo trabajo de estudio de la banda que, por demás, contaba con un plus que hacía todo más interesante todavía: fue grabado en vivo, es decir, los tres músicos tocando y grabando al mismo tiempo sin posibilidad de error o, lo que es aún más extraordinario, ejerciendo a full la improvisación. De esta manera, los EGPA aparecieron en mi radar abriéndose paso entre referentes del género al que juegan, pero que claramente despuntan. Me parece que poner la etiqueta de Stoner es quitarle alas y posibilidad de ampliación al proyecto instrumental que abandera el trío, porque sus sonidos viajan tranquilamente entre el jazz tipo Duke Ellington, el blues que pretendió Hendrix, el rock clásico a lo Zeppelin y el pesado a lo Sabbath, pasando por ciertos ritmos funkys y latinos, hasta hacernos aterrizar en un barroquismo particular armado a punta de la incansable fusión de todo lo anterior.

La oportunidad que tuve para confirmar todo este esquema mental y verborrágico que esbocé en los extraños parágrafos anteriores me llegó el pasado domingo 10 de abril en el ya célebre Club V. Lo único que supe –y me interesaba saber- era que tocaban después de las 22. Entonces llegué y apenas crucé la encogida entrada del lugar la primera canción explotó como dinamita de avance. El estilo denso y bestial que desgrana EGPA expone una textura musical etérea que se dilata progresivamente gracias al lenguaje anímico y metafísico que sí o sí debe explorar –y tener- toda música instrumental, sin distinción de género. Gran show. Libre de grietas. Limpio.

Son unos Elefantes incuestionables, el rock que idean podría empuñarse como cualquier Guerrero empuña su arma de lucha y supervivencia, la Psicodelia que forjan es inminente y depurada y puede que todos y cada uno de sus riffs o sorpresivos cambios armónicos o de tempo, tengan mucho que ver con melancolías y paradojas pretéritas y Ancestrales.

Después de toda esta retahíla empírica e híper subjetivada, causada justamente por el temple estratosférico y fastuoso que arroja esta agrupación, el venturoso nombre de la banda ya no me parece insólito y mucho menos rimbombante, sino muy acertado y puntual, tanto o más que una obra de arte que, por medio de su absoluta perfección, le rinde tributo a la mente y los sentidos con sus infinitas posibilidades de combinación y sondeo. La abstracción sonora y la aparente imposibilidad del universo que creó EGPA en el Club V supieron hacerse concretos en la  ordinaria mundanidad de los que tuvimos la fortuna de verlos en su último show en capital, antes del lanzamiento de su nuevo disco a principios de junio en el Roxy Live.

CJay Jaramillo

Fotos: Dahian Cifuentes

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