John Cale: un inquieto que no vive del pasado [review]

 

John Cale tiene 73 años y pasaron unos cuantos ya desde que se fue de la Velvet Underground. De hecho, con el mítico grupo que fundó junto al fallecido Lou Reed grabó sólo dos discos. Claro, dos fundamentales como The Velvet Underground and Nico y White Light/White Heat. ¿Y qué hubo después?, se preguntarán los hiteros que se acercan a su concierto en el Teatro Opera esperando inútilmente un grandes éxitos de su vieja banda. Todo, es la respuesta.

Y ese todo consiste en una larga carrera de experimentación que incluye una veintena de discos. Tal vez con Paris 1919 y Fear tenemos una gran muestra de lo que es capaz de hacer, pero Cale nunca se quedó quieto ni durmió en los laureles. La búsqueda de la masividad no fue algo que le guitara el sueño, porque su búsqueda fue la de intentar siempre algo nuevo, que lo conmueva, que le revuelva la sangre y que le oxigenara las ideas para no necesitar esa tentadora salida de emergencia que es la canción cuadrada y ganchera que sugiere el manual del pop.

“Cuando decido hacer conciertos, siempre son distintos. Así es como pienso que los músicos deberían comportarse: debemos convencer al público de que siga el camino que caminamos en el presente”, dijo hace unos días en una entrevista con La Nación. Y créanle que es así. Se nota que prefiere siempre el camino más largo antes que un atajo certero. Al público no le ofrece la obra ya masticada, sino que Cale expone ideas sueltas para que el auditorio se involucre con los cinco sentidos y termine de darle forma a las canciones. Exige un intercambio y un acuerdo tácito con sus seguidores con tal de conformar una comunidad musical que no se limite sólo a quienes están arriba del escenario.

En el Opera sobra muchísimo lugar en las plateas. Luce semivacío, pero no hay mal que por bien no venga. Lo que podría haber sido un concierto de murmullos desde las butacas derivó en un ambiente similar al del ciclo From the Basement, donde hasta se puede apreciar el sonido de un músico tomando agua, respirando o pisando un pedal.

Y en esa intimidad que ofrece hoy el recinto, Cale despliega todo su arsenal experimental desde sus teclados junto al guitarrista Dustin Boyer y al baterista Deantoni Parks, este último con la cabeza ya bastante elástica tras haber trabajado junto a Omar Rodríguez López en Mars Volta. ¿Y para estos tres hay límites dentro de los cuales deben moverse? No. “El rock and roll es una sala de juegos, podés hacer lo que quieras ahí”, explicó Cale hace un tiempo.

Time stands still y The endless plain of fortune arrancan los primeros aplausos de un teatro que hoy cuenta con la presencia de Walas, de Massacre, Kevin Johansen y Nora Lezano, LA fotógrafa del rock argentino. Para calmar la espera aterciopelada, llega I’m waiting for the man y muchos en ese momento ya saben que recuperaron la inversión, pero hay mucha más música para los bolsillos, porque queda una joya como Fear is a man’s best friend y el cierre guitarrero con Gun/Pablo Picasso, como si a esta altura de la noche hiciera falta un poco más de arte en la sala. No es todo. Vuelve Cale y regala uno más en solitario: (I keep a) Close Watch.

73 años tiene John Cale. Y hace 53 ya que se convenció de que siempre se dedicaría a la música. “Sí, lo supe cuando me di cuenta que realmente no podía hacer otra cosa”. Y sin dudas que es una suerte que durante todo este tiempo no haya cambiado de opinión.

Alejandro Panfil
Fotos: Sergio Castro Peña

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