Camarones Orquestra Guitarrística trajo la más enérgica de las zapadas [review]

Es muy difícil pegarle al horario en que toca una banda en el Salón Pueyrredón. Ahora, si eso se logra, el negocio es redondo, porque da para presumir el hecho de estar en el momento indicado en una atmósfera inigualable que permite siempre descubrir algo nuevo, ya sea para descartar o para guardar.

Cuando por estos días parece que el único faro que nos puede salvar la vida es Spotify, la experiencia cara a cara sigue siendo fundamental, esencial, vital. Porque una cosa es la música de fondo, y otra es tenerla en frente, a tres o cuatro metros de sus compositores y ejecutores.

Para cualquier banda emergente, pasar por el Salón es tan necesario como mostrar el pasaporte en un aeropuerto. Es uno de los pocos sitios donde hoy se ve la materia prima, el producto genuino, la elaboración a la vista, el primer acorde, el primer grito, el primer paso hacia algo importante. Allí pasa de todo y pasan todos. Como una banda punk británica que está dándose una vuelta por Buenos Aires para tocar, vender algunos discos y remeras y charlar un rato con gente local mientras se bebe una cerveza tres cuartos que ahora se puede pagar con ¡débito! Sí, la barra del Salón tiene un posnet. Surrealista, sí, pero vital para no tener que hacer una cuadra y media hasta un cajero y avivar giles en la madrugada.

Niveas, trío eléctrico y furioso que parece importado del viejo y automotriz Detroit, aparece tímidamente en el escenario y comienza una metamorfosis rockera que finalizará con la crudeza característica de una banda de este estilo, inclusive con algunas disputas metodológicas en el escenario que hacen acordar a las discusiones acaloradas de los Ramones para ver qué tema hacían primero. Sensacional. Marion Norman, Capitán Mandioca y Luxy Shanghai tienen rock, lo único indispensable para distinguirse del plástico que suele haber en formaciones similares.

Un rato después, y antes de dejarles el cierre a los rockabileros de Los Primitivos, aparece el grupo por el que me mantuve despierto. Dos días antes, en una entrevista hecha a cincuenta metros del Salón, en un Kentucky que atrasa cada vez más en las prestaciones, aseguraron que su fuerte es el show en vivo. Y hoy, cerca de las tres de la mañana, lo confirman.

Los Camarones Orquestra Guitarrística están en una gira que no les permite desarmar demasiado las valijas. Salieron de Natal, pasaron por Montevideo y luego de Baires los esperan en Chile, a dónde llegarán en micro. “Para conocer”, dicen. No parecen rockeros al querer apreciar las bondades de la luz del día, pero sí lo son arriba del escenario, cuando empiezan a desplegar todo su arsenal instrumental que pasa por el punk, el ska, el surf rock y todo lo que suene parecido a un soundtrack de película de Tarantino.

Anderson Foca, zurdo, arranca con viola y finalizará el show disparando magia desde las teclas. Es un director de orquesta, decididamente. Ana Morena, en bajo, e Yves, en batería, empujan a la banda con la misma fuerza que se necesita para meter un caballo gigante en Troya. Y quien tira riffs y sacude su cabeza sin parar es Alexandre Zampieri, violero de Water Rats y uno de los tantos invitados que el grupo se da el lujo de tener como guitarrista adicional.

El show es corto, como también habían adelantado. Con unos 40 minutos aproximadamente se las arreglan para dejar su marca en el CBGB’s porteño con temas como Silencio, Terror em Burzaco y Alabama Mama. Lo suyo es la más enérgica de las zapadas y una redefinición de lo que se conoce como banda instrumental. Tienen canciones que prescinden de las letras. La música y el despliegue son su mayor soporte pero a la vez su mejor portavoz. Se valen, por supuesto, de esta época en que se acabaron las convenciones sobre cómo deber ser la formación de una banda de rock y qué instrumentos hay que usar. Se puede ser instrumental y también tener músicos aleatorios sin perder la esencia de la banda. Lo suyo es el intercambio, el aprendizaje y la experimentación. Y todo se capitaliza.

Ya no están en Buenos Aires, pero ya están volviendo. Seguramente habrá otra posibilidad de verlos en el Salón, el mejor lugar para exponerse a lo desconocido.

Alejandro Panfil
Fotos: Andrés Carrizosa

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