Cosquín Rock 2016, día uno: metal y carnaval [review]

Hacía 12 años que no me daba una vuelta por Cosquín Rock. Múltiples razones hicieron que pasara tanto tiempo, entre ellas el relativamente largo viaje, dinero y un poco de fiaca ¿por qué no? En los últimos años se le había agregado una cuestión más: la grilla no parecía lo suficientemente atractiva como para hacer el esfuerzo. Claro, era la realidad de un “hincha” y no la de un periodista al frente de un sitio de cultura rock que se propone descubrir cosas interesantes y recomendarlas. De allí toda la cuestión para que en 2016 me haya tomado un avión hacia Córdoba con la trascendental misión de redescubrir lo que hay en el interior del festival de rock más importante del país.

Ya desde movida había señales de que iba en la dirección correcta, de que la decisión de que Brandy con Caramelos aterrizara en las sierras era un acierto y una buena apuesta, porque estaba seguro de que revolviendo un poco algo íbamos a encontrar. Llegar al hotel, en Carlos Paz, y que el dueño diga al pasar que es primo de Nekro, de Fun People y Boom Boom Kid, ya me situaba decididamente en un lugar confortable. El hotel también lo era, pero lo importante acá era encontrar una razón artística que nos diera la confirmación de que en Cosquin Rock 2016 iba a encontrar mucho más que lo que me indicaban las expectativas medias que llevaba en la mochila. Estamos a unos 24 kilómetros del Aeródromo de Santa María de Punilla, pero el camino, a pesar de ir a paso de hombre, es más que disfrutable. Todo suma, nada resta. Ni siquiera el tráfico que en Buenos Aires nos volvería insanos. Carlos Paz es como Florianópolis, pero sin mar, y Santa María de Punilla parece una de esas aldeas mexicanas poco atractivas que están cerca de una playa paradisíaca.

El predio donde se realiza el evento es algo así como el paraíso, pero en clave eléctrica. Y allí me quiero sumergir de una vez por todas. Desde la ruta se ve exactamente igual al gráfico que está en el sitio oficial del festival. Es como si se hubiesen sentado a diseñarlo en el asfalto de la ruta 38. Y al bajar del micro, el Sarmiento con letras verdes, lo imaginado y mucho más. El Cosquin Rock es un fenómeno que mueve multitudes tales que cualquier producto que se ofrezca será vendido instantáneamente. Todos los que viven en la zona, de alguna manera, se ven beneficiados por la presencia de este circo anual, aunque las ganancias tal vez sean para tapar agujeros sólo durante un par de meses. Hay desde chori, hamburguesas y sándwiches de milanesa hasta fernet, cerveza, remeras del festival y de toda banda de rock del país que uno se pueda imaginar. Todos los puestos ambulantes y los frentes de las casas tienen una música diferente y a todo volumen, lo que hace que los oídos sufran de una ciclotimia sin precedentes.

Adentro del predio, cruzando un puente y caminando otros mil metros, se ingresa a un parque temático que invita a no aburrirse ni un segundo, muy de hoy. Lo podemos comprobar cuando nos ofrecen un plan de telefonía móvil de cualquier empresa. Es así, la idea es pasar de un estímulo a otro sin pausa. Al menos en la primera jornada, las propuestas musicales se van concatenando y me resultan interesantes casi sin forzarme, porque el escenario temático heavy es lo más atractivo, sin dudas, y casi que no necesito más para darme por satisfecho. Allí, bien apartado para no mezclarse con los otros sonidos que salen disparados de otras tablas, abre el fuego un gran hallazgo para este cronista, El Buen Salvaje, con un rock riffero y poderoso que invita a prestarles más atención. Les tocó romper el hielo y no se achicaron jamás. “En este tipo de festivales con mucha gente no podés ser tibio, tenés que salir con toda y demostrarles que sos La Banda”, me dijeron un rato después de tocar. Y crean que es verdad, lo demostraron y se fueron felices, sabiendo que la responsabilidad ya se la habían sacado de encima y que de ahí en más les quedaba el pleno disfrute. De hecho se los vio por ahí inclusive a la madrugada, cuando Malón estaba cerrando el escenario.

El peregrinaje por esta especie de Camino de Santiago rockero nos hace caminar desde un escenario a otro casi sin demasiados intervalos. A lo lejos se escucha la voz del Cabra y efectivamente en el escenario principal está arrancando el show de Las Manos de Filippi, ni más ni menos que unas de las bandas más rockeras, en todo sentido, que hay en el festival. Dicen lo que se les canta, y a uno le cuesta no coincidir en todo. Sencillamente son así las cosas hoy y no parece haber mejor analista de la realidad que una canción de Las Manos. Con Van por el oro avisan, con Cutral Co recuerdan lo cíclico que es todo tratándose de política y con Señor Cobranza recogen algo de lo que le sirvieron en bandeja a la Bersuit hace unas décadas.

Se acercan las seis de la tarde, queda mucho todavía por delante. Y entre ese mucho está Bigger, en la carpa del escenario alternativo. Unos leves inconvenientes técnicos y un asistente desde un costado haciéndoles señas de que “arranquen, que se les va el tiempo” les condicionan la tranquilidad que mostraron durante toda la tarde. Y bueno, no queda otra que poner cabeza fría y corazón caliente para tirar los primeros acordes de Bienvenidos al juego y seguir, entre otras, con Vuelo en la imaginación y Fuegos Cruzados. Con el cuchillo entre los dientes se van y prometen volver cuando la acción del Cosquin los vuelva a llamar y se convierta en su tercera vez allí.

Con cada traslado de un lugar al otro se empieza a poner un poquito más difícil caminar. Ya hay suficiente gente para al menos empezar a usar la palabra “permiso” y “disculpá”. Pero casi sin pedir permiso nos metemos en la carpa Geiser a ver a Catupecu Machu y su set acústico-eléctrico-minimalista denominado y puesto en práctica como Madera Microchip. Hace calor en la carpa, pero los Catupecu no desatienden a su vestimenta y no les importa demasiado usar mangas largas y capuchas. La intención es generar un clima íntimo e interactivo, como el que han sabido lograr en el Samsung Studio o La Trastienda, ambos locales de San Telmo y con capacidad más que limitada. Aquí hay que conseguir una cinta que habilita el ingreso, no es para todos. Y tiene lógica. No habría carpa suficiente para saciar el interés de varias decenas de miles que pagaron la entrada. Al menos ir a buscar la cinta ya hace meditar la empresa y muchos prefieren no hacer horas extras en un fin de semana largo y de carnaval. De todos modos, al ver un grupito de gente que chusmea desde afuera, Fernando Ruiz Díaz pide que los dejen entrar, pero despacio y con calma. “Acá a la izquierda hay lugar, pónganse por acá. Y sí, a mí la izquierda me gusta más que la derecha”, dice palabras más/menos el cantante y líder de uno de los grupos más inquietos del rock argentino. El clima intimo lo logran, pero ellos mismos deciden ponerle adrenalina y mandar todo al diablo cuando descubren que con Magia veneno nadie se queda sentado en las cien y pico de butacas especialmente ubicadas para que estén disponibles a las 19.10 de cada uno de los tres días del festival. Ya para Y lo que quiero es que pises sin el suelo la carpa se parece al agite del primer Obras, allá por 2001. “Somos la primera banda en la historia de Cosquin Rock que va a tocar los tres días del festival”, se arenga Fernando, y se ilusiona con que, a pesar de todo, lo mejor está siempre por venir.

En el escenario principal se espera por Almafuerte, “la mejor banda de heavy metal del país”. Decido caminar y acercarme lo más posible, pero antes del mangrullo decido frenar y verlo con calma. Y aquí me permito disentir con la afirmación rodeada de comillas. Simplemente porque el heavy de la banda de Ricardo Iorio (no me quiero detener en el personaje, ya bastante utilizado por los medios masivos) se ha ido desinflando y transformando en una pallada distorsionada, algo que indudablemente queda muy lejos de las primeras intenciones metálicas del ex V8 y Hermética. Si hablamos de metal, ese lo encontramos en su debido escenario, cuando arremete un tremendo sprint final de bandas consagradas que empieza con Horcas. “Pensar que todavía hay gente que piensa que el heavy metal está muerto. Que se vayan a la concha de su madre”, dice Walter Meza en su clásica arenga y el grupo se dispone a taladrar cerebros principalmente con Argentina, tus hijos, Vence y En la jaula, para dejarle paso, con puntualidad, al armado del escenario de A.N.I.M.A.L. Andrés Giménez, Titi Lapolla y Marcelo Castro están ante un hecho inédito. Luego de anunciar la grabación de nuevo disco y entregar viejos clásicos como Familia, Loco Pro, El nuevo camino del hombre y Combativo le darán paso a Carajo, la banda Corvata y Andy Vilanova, ex compañeros de ruta de Giménez. Desde temprano se podía ver una batería armada en lo alto del mangrullo que está frente al escenario principal. Parecía una excentricidad, como la del auto en el techo de la torre, pero tenía mucho sentido. Andrés, el hijo batero de Botafogo, estuvo haciendo un solo a modo de invitación hacia el otro escenario. La cuota de espectacularidad que vemos muchas veces por televisión está empezando a ser más frecuente entre nosotros. Y esta fue la prueba.

Ya en su territorio, el escenario heavy, Carajo se manda un set especialmente diseñado para festivales, mezclando un poquito de todo y siempre al palo, con Joder, Sacate la mierda y un cierre con el clásico meddley como homenaje y disfrute del gran legado que dejó Pantera.

Malón, en gran forma y con un Claudio O’Connor muy activo, sale por último al escenario para cerrar la noche bien arriba y expulsar con la fuerza de la música pesada a esa lluvia siempre amenazante y que por ahora no termina de tomar forma de diluvio, el que sí caerá durante la jornada siguiente. Malón Mestizo, Síntoma de la infección y un corolario con Tú eres su seguridad le da a las fieras lo que las fieras estaban pidiendo. Y todos, con la cabeza llena de metal, emprenden esa misión complicadísima de pedirle al cuerpo que haga lo que la mente ya no puede ordenar: el volver a la cama cuanto antes y hacer que el cansancio no sea parte del recuerdo.

Alejandro Panfil

Fotos: gentileza Cande Sarria Photo Sepia Foto Agencia Manu Zarazaga Photo Diego Combina Fotógrafo

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