Molotov: el sentido del humor al servicio de la continuidad [review]

“Molotov se separa”, era el tema de conversación en varias radios mexicanas, entre ellas la mismísima Reactor, allá por los primeros meses de 2007. Para rematarla, el diario Excélsior encendía aún más la alarma conmoviéndose y publicando temibles declaraciones como las de Paco Ayala: “Después de un rato de machetearle a diario se te cansa el caballo, el año pasado hicimos cien shows en cuatro meses. No lo hemos querido anunciar, pero es casi seguro que nos separamos”.

El grupo, con su característico sentido del humor, comenzó a jugar con la sensación de enterrarse vivo y alimentó la posibilidad de una reunión de regreso sin haberse separado. Los medios, por su puesto, se prendieron y muchos, pero muchos, compraron. Al rato nomás apareció Eternamiente, un nuevo disco en el que afirmaban que “hasta la basura se separa” y en el que aclaraban que todo había sido una broma de buen gusto. “¿Para qué se agüitan si ya saben que así somos? Mejor disfruten”, escribieron en el librito del álbum. Todo aclarado, todo sigue.

Los Molotov tienen veinte años en la ruta y si alguna vez osaron reírse de la posibilidad de separarse, algo tan concreto y probable en una banda de larga data, fue porque se sienten todo el tiempo eludiendo ese momento tan temido por propios y ajenos. Y lo logran, ni más ni menos, por el sentido del humor que traen consigo como elemento infaltable para sentarse a componer un nuevo puñado de canciones o para diagramar las múltiples paradas de sus interminables giras. Sí, parece que estuvieran de joda todo el tiempo, y algo de eso hay, pero sin exageraciones. Son tipos normales que hacen muy bien su laburo, que es el de hacer sentir el picante mexicano hasta a un tipo que vive en la Patagonia.

Sin sentido del humor sería imposible mantener en actividad a una banda que transmite sistemática e incansablemente ironía, sarcasmo, humor…Y otra vez Buenos Aires se ríe con ellos mientras salta y baila al ritmo de lo de siempre y alguna que otra novedad que se traen desde su disco Agua Maldita.

El Teatro Vorterix es una sopa y se nota que las entradas se agotaron desde hace varios días. Caben todos los que entraron, claro que sí, pero es casi imposible moverse para ir a por una nueva cerveza. Y si se ha logrado la difícil empresa de llegar hasta la barra, es muy probable que ante la primer jumping rola se caiga toda el contenido del vaso en la cabeza, en la remera o al suelo y se convierta en el vapor más embriagante que se haya conocido.

Son cerca de las nueve y media de la noche, y los Barco ya zarparon hacia algún otro puerto donde puedan anclar con su pop inspirado en el último Cerati. Noko es el comienzo y la bienvenida a una noche caliente: “No comeremos mañana ni hoy, honey, nos comeremos aquí entre los dos, nena”. Claro, hay unos cuantos invitados más al banquete que tiene a Amateur como parte una exquisita entrada.

El recinto ya es un infierno húmedo cuando empiezan a circular los máximos hits que tiene esta banda especialista en la materia: Chinga tu madre, Here we kum, Parásito y Voto latino, metiéndole en el medio Lagunas metales, el repaso a todo el catalogo rockero de bandas latinas que siguen encarnando la resistencia entre tantos Luises Migueles, Ricardos Arjonas y piberíos biónicos.

El sentido del humor no impide que pongan seriedad donde se la necesite. Por eso, 20 años después, siguen reclamando justicia concreta y efectiva con Gimme tha power e insistiendo con Hit me, una más cercana en el tiempo pero con la misma tónica anticorrupción. También hay tiempo para sacarle la careta a los vecinos de detrás del muro limítrofe cantándoles Frijolero, con el gringo loco Randy como gran arengador en un escenario iluminado con los colores de la bandera mexicana.

Cuando termina Marciano, en versión Con todo respeto y con una especie de bis respetando la furia original de los Misfits, mil quinientas personas caen en la cuenta de que está llegando el final de la noche. Y el tema más pedido y que todavía está pendiente, desde luego, es Puto, al que le pegan Changuich a la chichona y Rastamandita con unas cincuenta jovencitas arriba del escenario coqueteando con la idea de mostrar sus atributos y, por qué no, sacarse una selfie con cada uno de los Molotov. Todo transcurre en orden y nadie tiene nada de qué arrepentirse.

Se va otra noche, una más, de rock latino, picante y repleto de sentido del humor, ese que para la banda es el principal factor de unión y continuidad. De ser diferente su realidad, muchos podrían asegurar que no se nota para nada.

Alejandro Panfil
Fotos: Dahian Cifuentes

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