V8 Wankers: el hard punk speed rock alemán que toda noche larga necesita [review]

Estoy fundido. Tragué sol todo el día. No aguanto más. Me voy a la cama a las 23 hs de un sábado cualquiera. Suena mi despertador a las 2:30 am. Hora particular para levantarse. Muy sospechosa por demás. Atino a cepillarme los dientes mientras busco la temperatura en algún canal. El primer canal me dice que hacen 20°. Bien. El programa presenta unas supuestas campeonas mundiales de pole dance. Hacen el ridículo. Pienso. Estoy medio dormido. No pienso. Dormí tres horas y media. Me llama el punk rock.

Salgo de mi departamento y la gente que logro encontrarme a esa hora está prácticamente enfiestada. El bondi no pasa. Tarda 20 o 25 minutos. Al frente de la parada suena una cumbia que no conozco. Que no tendría por qué conocer. Al lado, en el local situado en la esquina que me alberga solitario, un dúo de guitarra y caja peruana entona 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina. Esa sí me la sé. La tarareo mientras echo la madre a la gente del canal porque los dichosos 20° eran más ficticios que las pole dancers. Llega el 168. La mitad del bondi duerme. La otra, como yo, ya durmió y tiene los ojos como linternas dispuestos a tragarse los rezagos de la noche. Las gargantas se resecan a esa hora de una forma incontrolable. Alguien bebe una cerveza. Alguien como yo podría rapársela llegando a las últimas consecuencias de la acción. Tengo que bajarme y caminar unas ocho cuadras. Capaz encuentre algo por ahí abierto. El gran Club V es el único de los muchos lugares de recitales que conozco que, si bien no me queda en la física mierda, si me es re complicado llegar. Voy llegando. Me miro en un reflejo y me veo sonriente. Tengo expectativa. Me gusta el punk rock.

Camino por Araoz desde Córdoba hasta Corrientes. A las 3:20 de cualquier madrugada no se puede esperar mucho de la gente. Voy sobrio. Soy un bicho raro. Me gustaría volver a tener una cresta erguida con jabón de ropa e ir pateando la vereda. Nunca crecí. No sé lo que es crecer. Ahora llevo el pelo medio largo. Me gustaría volver a mis botas para anarquizarme un poco más con ese bello descontrol adolescente que hoy me vuelve con reverberación. He escuchado mucho punk. Sobre todo en español. No miento. El punk en inglés me gusta pero no lo siento tan propio aunque lo frecuento con bastante regularidad. Es la verdad. Hace varios años escuché por primera vez a los Die Ärzte. No les di tanta bola en ese entonces. El alemán me espantó. Gran banda berlinesa. Tocan desde 1982. Después escuché a los Serum 114. La misma cosa. Aunque estos últimos tienen un sonido especial que me hacía pensar en la onda californiana. Ambas bandas las escuché en un cassette que me había prestado un amigo del colegio. Lado A. Lado B. Eso hace 13 años. Tiempo después me hablaron de los Die Toten Hosen, me los pusieron y me coparon, aunque no los repetí por mi propia cuenta hasta que los vi en vivo, así, de buenas a primeras en una esquina de San Telmo. Ese día empecé a escucharlos y lamenté no haberlo hecho desde antes. Me fui a la mierda. Todo esto lo cuento porque hoy veré a los V8 Wankers. Alemanes como la salchicha. Como la cerveza. Los veré porque los elegí yo. Quirúrgicamente los extraje  de una lista de artistas internacionales que me pasó el editor de esta casa. Hay cosas en las que soy muy delicado. Pocas por fortuna. La música que quiero escuchar es una de esas cosas para las que soy suave. Los V8 Wankers. Los que llevo escuchando menos de ocho días, los que me han cautivado, los que tienen un sonido de puta madre. Los voy a descubrir en vivo.

Entro a Club V. Pensé que iba a estar lleno. Son las 3:30.  Los alemanes llevan sobre el escenario menos de un  minuto y, en menos de cuatro, están listos para tocar, mientras en el fondo suena Social Distortion. El vocalista (Lutz Vegas) da la señal de corte con su voz rasgada y revoltosa que, por momentos recuerda al Lemmy más recio de Motorhead y al Tim Armstrong más retozón de Rancid. Desaparece la música y de ahí para adelante todo fue un taladro en la cabeza. La banda es oriunda de la ciudad de Offenbach del Meno. La misma ciudad que vio nacer al pesimista radical, que influenció las obras de Nietzsche y Cioran, Philipp Mainländer. V8 Wankers lleva en escena 15 años. Y no son pesimistas. Sólo tocan y dejan que las cosas pasen y si pasan es porque tienen que pasar y si no pasan las hacen pasar. Punto. Ahora bien, aunque la base más ostensible de su música es, evidentemente, el punk, ellos se autodenominan como speed rock and roll. Nada más acertado si además tomamos en cuenta la referencia al motor con dos bancos de cuatro cilindros (V8) que es especialmente usado en competencias automovilísticas como la NASCAR y la Fórmula Uno. Es una banda que hace rugir la distorsión como si de motores se tratara. Y una banda rutera también. Yo digo que lo que ellos hacen es Hard Punk Speed Rock. Me río. Las etiquetas, como la música, son un vicio. Vicio que hay que intentar explicar de todas las formas posibles para potenciar el placer. Para hacer más vicioso el vicio.

Las dos guitarras (Mity King y Luk le Duke) son fortísimas. Robustas. Devoran todo. Mantienen un sonido cortante que cristaliza el aire haciéndote entrar por los oídos punzones en dirección a tu cerebro. En dirección a tu cerebro que no para de disfrutar del improperio sonoro. Si te gusta el punk vomita en las esquinas. Dice Anarkia de Piperrak. No creo que hayan escuchado a Piperrak. Son estilizados. Hay que decirlo. Es raro encontrar una banda de punk tan rápida que ostente las dos violas con tanta autonomía y prolijidad como si estuvieran escribiendo una buena y espesa prosa. Hay trabajo de fondo. Mucho trabajo. El bajo (Marc De Vil) y la batería (Nic Weidner) forman una sincronía armónica híper-pulcra que triplica el rendimiento del motor generando un bombardeo externo sobre el cerebro punzado. Mis oídos embobados coexisten con mi conciencia en pugna. Esto es punk. Los cinco alemanes sobre el escenario sobrellevan un aljibe repleto de ruido que avanza poderosamente hacia el rebose. A dos mil por minuto. Llevo medio litro de cerveza encima. Tomaría tres vasos más. Pero no. Guardo el dinero para un disco.

Son las 4:50 am. La puta madre. No hay cosa que pase más rápido que la diversión. Y que la noche. Compro el azar The Demon Tweak. El cuarto álbum de estudio de la banda. Salgo de Club V y recuerdo que la oscuridad siempre es más oscura justo antes del amanecer. Espero el bondi. Cantan los pajaritos esos que todos conocemos. No pasa el desquiciado 79. Agarro cualquier colectivo que me saque de ese sector de la ciudad hacia el centro. Borrachos y enajenados por todos lados. Algunos caminan con las dos patas imaginarias que nos salen a todos cuando estamos de la cabeza. Otros, mientras caminan templadamente, llevan puesta encima una melancolía azul que contrasta con los albores del día. La noche murió. Y algunos hacen duelo. ¿Qué estarán haciendo los V8 Wankers? Llego a Once. 5:30 am camino por Miserere con mis oídos retumbados y viendo cómo sobrevive el poco de humanidad en algunos humanos circundantes. Putas. Indigentes. Drogadictos. Por acá el alcohol pasó hace mucho. Imagino a los V8 Wankers caminando por ahí, haciendo quilombo, haciendo punk en la calle. Haciendo lo que Piperrak sugiere si te gusta el punk. Esos tipos han comido harta calle. Lo sé. Agarro el siguiente colectivo y llego a casa justo a las 6 am. Como vivo muy cerca al cielo observo el río. Quiero hacerlo ruido. Agarro mi reproductor móvil y pongo Rock Out de ya sabemos quién. Y si no lo sabemos lo digo. Rock Out de Motorhead. Es innegable la influencia de esta banda sobre los alemanes. Empiezo a cabecear. Me duermo. Despierto a las 10:30 y pongo mi nuevo disco. Lo escucho dos veces y de paso obligo a toda la gente que vive conmigo a escucharlo. Así funciona. Así es. Y al que no le guste que se la tome, intentó decir Lutz Vegas mientras cinco o seis personas amasaban su barriga y coreaban sobre el micrófono que, entre su pantalón, oficiaba como un pene sonoro y, por supuesto, distorsivo. Y corrosivo. Gran noche. Me levantaré más a menudo a las 2:30. A esas horas, como buenos piratas, uno sólo puede encontrar tesoros. Como V8 Wankers. Amo el punk rock.

CJay Jaramillo

Fotos: Dahian Cifuentes

Dejá tu mensaje

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: