Vorterix Stoner Fest II: la amistad por encima de cualquier etiqueta [review]

Puede llamarse de diferentes maneras y tener distintas locaciones, ya sea el Noiseground Festival, en Uniclub, el Stoner Cyclesen el Salón Pueyrredón, o el Vorterix Stoner Fest, como el del último sábado en el teatro ubicado en Lacroze y Alvarez Thomas. Sí, puede cambiar el envase, pero el contenido sigue siendo el mismo y cada vez más sólido, compacto y mejor, ya que esta cofradía de gente reunida bajo el aura del stoner ha decidido, tácita y explícitamente, que sus miembros tiren todos para el mismo lado. Sin egos, sin celos, sin chicanas y sin rivalidades, cada banda está dispuesta a dar lo mejor para sí misma y para las demás. Es una realidad, no es una pose. Cada una de las bandas está dispuesta a llevar a cabo un socialismo sin hipocresías, porque cada banda está dispuesta a resignar algo para que todos se beneficien con ese algo. Y así crecen, se entusiasman y configuran una movida cada vez más grande.

El contexto ayuda, porque hay bandas, porque se empiezan a abrir algunos lugares más y porque a esos lugares se acerca cada vez más público. Sin esas tres cuestiones sería todo mucho más complicado, pero cuando hay viento a favor hay que aprovecharlo y, por sobre todo, consolidar una escena para que no sea recordada como una moda más.

Y el Vorterix Stoner Fest II, en un lujoso local al que hoy puede acceder el rock, resulta la confirmación de que hay humo, válvulas, riffs y psicodelia para rato, al menos en esta parte del mundo. Una confirmación que tuvo su arranque a las siete de la tarde con los Sutrah bajándole la cortina a un sábado soleado y contemplando el ingreso de los más puntuales, esos que quieren sacarle el máximo jugo al ticket adquirido. Y la energía se va potenciando con el correr de los minutos, mucho más cuando aparece por primera vez el Pato Larralde para ponerle voz a un combo potentísimo como Sauron.

El recinto recibe cada vez más y más gente que no tiene ninguna intención de perder el tiempo en la calle. Hay muchas bandas apreciables pasando por el escenario y demasiadas caras conocidas como para compartir una cerveza de litro cerca de las dos barras del Vorterix. El clima es festivo y la convocatoria ya es un éxito. Así salen a tocar los Banda de la Muerte, recién llegados de una nueva gira europea y con unas ganas enormes de seguir seduciendo a nuevos fieles a fuerza de buenas canciones como Nación de seguidores, Cuando no hay más que perder o Ejercito de uno. Respetan su tiempo, agradecen y rápidamente se van para volver a ser parte del público. No es para menos, porque llegan los incineradores de cuanta velada stoner se le cruce por el camino. Los Antiguos son demoledores y el Pato Larralde canta, baila y se pellizca con tal de caer en la cuenta de que es cierto lo que les está sucediendo por estos días. El público poguea, delira y aplaude. La banda, arriba del escenario, derrocha energía y potentes riffs que la convierten en el grupo más metálico y directo entre toda esta camada de bandas que logran abrir cada vez más y más puertas. La peste del sapo, La culpa al viento, El inventor del mal y Hecho a mi medida son algunas de las piezas en su corto pero efectivo show. No es problema que haya sido corto, porque la llama queda encendida y no suelen faltar oportunidades de verlos nuevamente haciendo honor a lo que son y lo que pueden dar.

El crecimiento y el auge del stoner también permiten, en buena ley, que se hayan barrido múltiples prejuicios y lugares comunes del mundillo del rock. Por eso no es una rareza que una banda instrumental como Poseidótica, gran y original banda, que no queden dudas, sea la que cierre el festival. La distancia, Superastor, Hidrofobia, Dimensión Vulcano y El dilema del origen salen eyectadas de una lista en la que no sobra ninguna de las 11 canciones elegidas para una noche en la que Walter Broide es quien, merecidamente, se lleva la gran ovación: “Gracias a él estamos todos acá”, sentencia en un mensaje con dos vertientes de interpretación el bajista Martin Rodríguez. Y es verdad. Este enorme baterista con algún aire físico, y por qué no estilístico, a Keith Moon, no sólo potenció la calidad instrumental de Poseidótica, sino que también estuvo desde el comienzo con unos visionarios llamados Los Natas. Dato no menor.

Habiendo dicho sin la necesidad de decir, habiendo transmitido sensaciones varias y habiendo hecho un despliegue fenomenal de destreza, Poseidótica se descuelga los instrumentos con la certeza de haber cerrado una jornada inolvidable y consagratoria para todo un grupo de amigos. Lo del stoner, al fin y al cabo, es sólo una excusa para reunirse.

Alejandro Panfil
Fotos: Sergio Castro Peña

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