Ararat dirige una invasión mental que nos va a enloquecer a todos [review]

Tenía una de esas resacas que tienen la capacidad para mantenerse por debajo del radar. Sin dolor, sin mareos. Solo una persistente sensación de aturdimiento, y de que todo se estaba yendo, sin causa aparente, decididamente a la mierda. Malas vibraciones. En eso estaba mientras subía las escaleras del Salón, pensando en cómo me las iba a arreglar para llegar al final de la noche en el estado en el que me encontraba.

Lindo lugar, el Salón Pueyrredón. Tiene algo que otros lugares no tienen. No se ve real. Se siente real. Se nota enseguida que los tipos detrás de todo el asunto están poniendo algo más que el mínimo indispensable. Que no les hubiera dado lo mismo poner un boliche de cumbia. O una parrilla.

Pedí una cerveza y me acomodé en una esquina para tratar de recomponer mi acto. Prendí un cigarrillo y me puse a mirar a la gente. Había como todo un clima de relajación y complicidad que pude reconocer de otros momentos y de otros lugares. Era el rock, claro. Todos los -y las- que estaban ahí en ese momento no habían caído de casualidad. Sabían donde estaban y lo que, con un poco de suerte, iba a suceder en un rato. Y les gustaba. Algunos se abrazaban, riéndose. También se golpeaban un poco. Parecía una reunión de compañeros de la secundaría que hacía mucho que no se veían, y que no habían prestado demasiada atención al control de carbohidratos que ordenan los sacerdotes de la medicina.

Después de un rato cambié mi lugar para estar más cerca de la acción, cuando escuché los primeros golpes de bombo que venían desde atrás del telón negro que escondía el escenario. Movimientos detrás de la cortina, acordes distorsionados, graves que llegaban a través de las paredes hacía mi cabeza.

Cuando bajó la música de fondo –punk clásico rápido y anfetoso- empezó el set de Rayonegro. No los conocía. Rock duro y sin contemplaciones. No perdieron el tiempo. Arrancaron con algo que parecía ser una zapada ensayada. Todo muy veloz y preciso. Riff. Solo. Cortes. Más riffs. Me hicieron acordar por el estilo a los primeros discos de Motorhead. Esos primeros raids de violencia distorsionada que desdibujaban la línea entre el punk y el rock. Los temas se sucedieron uno atrás del otro en un set corto que dejaba en claro de qué iba la cosa para estos hombres. No salieron a bailar el ring. Trabajaron consistentemente las costillas y cuando todo terminó, aplausos amistosos y algunos gritos manifestaron la aprobación de un público que se iba calentando de a poco. Por mi parte, una luz de actividad neuronal se prendió en el fondo de mi cerebro. Quizá no estuviera todo perdido. Me dispuse a esperar, prendí otro cigarrillo.

A la andanada de rock clásico de Rayonegro le sucedió Katon. Sigo pensando que debería haber manifestado mi protesta ante la camisa del cantante/guitarrista con mayor énfasis. También es posible que yo sea una bola de prejuicios que no sabe nada de moda. Quizá sea conveniente declarar un empate en este asunto. Es una broma, claro, a nadie le importa eso. Lo que importa es lo que hicieron con sus instrumentos. Y ahí todo funcionó bien. En este caso la variedad armónica fue un poco más pronunciada. Los temas se notaban trabajados y pensados. No tengo ninguna referencia concreta sobre lo que pudo haber influido en su sonido. Pero la banda tiene una orientación moderna que contrastó con el clasicismo de Rayonegro. Fue una combinación de estilos muy adecuada. No se si la organización lo hizo a propósito, pero las dos bandas que abrieron la fecha se complementaron muy bien.

Ahora ya estaba decididamente despierto. Pudo haber sido el volumen atronador al que fueron ejecutados ambos sets. Para mi, como regla general, fuerte es bueno, y muy fuerte es mejor. Y también pienso que el volumen mismo tiene que tener un propósito. Quiero decir con esto que el volumen, como la afinación, el ritmo y demás cosas, es una variable más que tiene que servir a un fin. Y no estoy seguro que fuera necesario ese volumen para las propuestas de ambas bandas. Recuerdo el volumen infernal al que tocaban los Natas. En su caso, ese volumen se combinaba con los riffs pesados y los drones hipnóticos para inducir -junto con las mezclas politóxicas adecuadas- un estado de trance inolvidable. Mas allá de eso -que no es una crítica, por lo demás-, el sonido se notó trabajado. La viola de Katón me mató. Gran sonido. Creo que es un fuzz, como corresponde. Pero no estoy seguro.

Llegó el turno de Narcoiris. Decir que pueden sonar pesados y stoner es una obviedad. Pero ni siquiera me parece que sea lo que importa. Hay cientos de bandas que pueden sonar así. Con algunos años de práctica y buenos instrumentos podés sonar muy bien. Eso no te va a acercar ni un poco al tipo de cosas que hacen falta para que se te mueva algo adentro. El rock es una emoción. Nadie hace rock porque le parece que es razonable. Narcoiris parece que esto lo entendió hace tiempo. Tienen un manejo de los tiempos y la síncopa que desestabilizan. Las composiciones tienen una sensibilidad que muestran que están en esto porque piensan que se puede decir algo a través de la música. No recuerdo todos los temas, pero pude reconocer varios de su último disco. Despertar, seguro. Llega el mar, también. También uno del primer disco, Cazador (2009), de nombre Infierno. “Esta noche voy a ir a caminar nena, me voy / como un lobo acechando tu lugar nena me voy / y en mis ojos solo hay venganza”. La implicación de esas palabras, especialmente en estos días, nos enfrenta con un lado muy pesado y muy oscuro de lo -tristemente- cotidiano. Hay que tener el ánimo para hablar de eso. Bien.

Cuando le llegó el turno a Ararat, ya me encontraba totalmente inmerso en la desbordante marea de psicodelia y violencia stoner que inundaba el Salón. Ararat es un poco eso, creo yo. Una pared de sonido que se derrama en una cadencia continua que por momentos se detiene y adquiere la forma de canciones reconocibles. Para cuando comenzaron, yo ya había abandonado mi puesto de observación en un costado y me encontraba -beer number x- aproximadamente en el centro de la sala. Como una especie de Major Tom, flotaba de la manera más peculiar. Creo que todos estaban mas o menos en lo mismo. Absortos. Inmersos. Como se sugiere en la entrevista a Sergio Chotsourian que aparece en este mismo sitio, todo indica que el ex Natas lo hizo de nuevo. Después de participar -y conducir- la banda que lo inició todo -y que además, según creo, lo hizo de una manera no igualada hasta el momento- agarró el bajo, y aliado a dos veteranos de la escena (Tito Fargo y Alfredo Felitte) armó una banda que sabe pegar en el lugar donde el golpe va a tener más efecto. Creo que nunca voy a saber qué tiene Tito Fargo en el pedalboard. No se si me importa mucho. Cuando se pudo escuchar -no se si fui yo que ya estaba un poco aturdido o hubieron algunos problemas de sonido en esta parte- la densidad de los climas que genera es enloquecedora. Tengo el primer disco. El último lo escuché en internet. Hay continuidad entre ambos trabajos, y la consistencia se notó en el set. Vuelvo a insistir. No se si fue el mejor sonido que armaron. No sonó mal. Sí puedo decir que los pude apreciar mejor en otras oportunidades, pero a esa altura de la jornada tengo mis dudas de que se haya tratado de algo relacionado con ellos. Lo que puedo decir es que el truco funcionó. Me gusta Ararat por esa pesadez inexorable del Doom que dominan perfectamente. Los temas nuevos exhiben además una vuelta a la definición -a las canciones- y a los temas más articulados armónicamente. Y son también más pesados. Por momentos casi thrash. La combinación funciona a la perfección.

Terminado Ararat, estaba para irme. Para retirarme mientras estaba ganando -o al menos no había perdido todo, como la compostura, por ejemplo-. Hice bien en quedarme. Güacho la rompió. Los escuché por primera vez hace poco y me volvió loco. Es rock argentino nuevo. Pesado y sutil. Tiene cosas del rock de los setentas y también un aire noventoso que para mi es como volver a casa. No creo que tengan el reconocimiento que se merecen. Si todavía no los escucharon, háganlo.

Fin de la noche. Otra vez no tenía cigarrillos. Pensé en dejar -otra vez- de fumar. Bajé las escaleras en paz. No necesitaba más. Con excepción de cigarrillos, claro. Compré en el kiosco de al lado y me fui caminando tranquilo. Fumando y pensando que a veces lo que empieza mal puede terminar bien.

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Texto: Luis Barone

Fotos: Sergio Castro Peña

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