Pharmakon y la descomposición permanente [review]

Son gritos. Muchos gritos. Diversos gritos. Es la reina del grito y del ruido. Y también del industrial. Los decibeles de su proyecto musical superan los de tres o cuatro fábricas con todas sus maquinarias a full. Es estridencia, sí. Es una estridencia que sugiere la molienda o pulverización de todo lo que sea susceptible de ser molido o pulverizado. Es Margareth Chardiet. Es Pharmakon.

Ahí, a medio metro sobre una tarimita deleznable uno puede comprobar que ella es de carne y hueso, que sonríe, que no es un robot ni un holograma y que no viene del futuro. Margareth cuadra sus implementos de trabajo: consolas, mezcladores, computadoras, amplificadores, sintetizadores, samplers, micrófonos, cables, etc. Se pone su máscara electrónica y su rubia y lisa cabellera contrastan particularmente con la oscuridad de su música. Ella no hace introducciones de ningún tipo: ella hace advertencias sonoras que obligan al público a cruzar márgenes, fronteras y límites.

Pharmakon esboza una arquitectura de la pureza que, por medio de sonidos fuertísimos y lóbregos, apunta directo a la cabeza, como si se tratara de un ansiolítico capaz de apaciguar todos los dolores y sufrimientos personales de quien forja el designio electrónico, confrontando al público con su caótico interior y derramándolo sobre ese exterior angustioso y atemporal que es su performance. De esta manera y, conceptualmente hablando, el ruido es un fundamento, el grito una confirmación metodológica y la excesiva descompostura armónica una revalidación teórica –y retórica- del sonido. La puesta en escena de esta triada sincrónicamente dispuesta es la que genera la especulación sonora de Pharmakon que, sin más, colinda entre lo artístico-simbólico y lo científico-empírico.

Ahora bien, la repetición constante de ecos y resonancias es enteramente activa y se concentra en el momento único de la presentación estableciendo una intermitente atmósfera performática anti antiautómatas, además de aterradora y estrepitosa. Sin embargo, su proceso compositivo  es extremadamente cuidadoso y letárgico, haciéndose de un ritmo envuelto por pulsaciones metálicas que resuenan en el ambiente como bombas atómicas o, en su defecto, como lamentos que se deslizan soporíferamente sobre los filos de una navaja que de un lado tiene la ruptura total como forma clásica de vanguardia mientras por el otro ostenta la latencia enfermiza por el proceso experimental ilimitado y completamente consciente.

El público no deja de mirarla a los ojos. Es casi una obligación. Ella se baja de la tarimita, camina entre la gente, va y viene gritando, modulando, rompiendo sus cuerdas vocales, compartiendo su desesperación y acertando certeros golpes a la relación deliberadamente trazada entre el artista y el público. Pharmakon agrede, y si no lo hiciera tal vez no sería lo que es. Resulta imposible no hundirse con sus bramidos solemnemente enlodados y sin salida. La figura fuerte de Margareth es autoritaria y si por un momento ella se callara o se fuera la luz me parece que ese silencio lejos de ser espectral sería prácticamente pacífico e imperturbable, como cuando uno simplemente se limita a respirar observando un atardecer a orillas del mar.

El show de Pharmakon en Niceto Club (Lado B) estuvo enmarcado por una eficacia extenuante y quema cerebros, pero también delicada, con tonalidades perfectas que sumergieron al público en un trance anímico y exótico, que aceptó y jugó y cuestionó la belleza y la concordancia en detrimento de la duda y la opacidad que a priori sugiere el unipersonal. Pharmakon es una batalla que desafía a la música electrónica más meditabunda o introspectiva como Oneohtrix Point Never, al metal más pesado tipo Mayhem o a las mismísimas arias trágicas como Te Deum de la ópera “Tosca” de Puccini o Miserere de la ópera “Il Trovatore” de Verdi o,  incluso, piezas clásicas tan oscuras como la Carmina Burana o el Also Sprach Zarathustra. Su música suena a falla celular, a grieta orgánica, a raja mecánica, a quiebre industrial. Su música es una pesadilla de la que se sale bien librado e incluso tranquilo, aunque muy sangrado, porque su cadencia ofrece una disposición sólida de los sonidos que rugen y chillan en aparente desorden hasta crear un vacío que se frota entre los oídos y la mente como un taladro que apalea insistentemente la razón hasta lograr algo así como una suerte de estética auditiva del horror que, claramente, sabe derramar y estrangular alma, espíritu, mente y corazón hasta la desintegración y la vulnerabilidad: por eso el show, tal vez, no duró más de 35 minutos. Pharmakon es descomposición permanente. Pharmakon es un séptimo día constante. Es la obstinación del primero de todos los orígenes y la liberación que insinúa el último de todos los finales.

Pharmakon no me hizo sentir nada, pero sí me hizo pensar toda esta retahíla de cosas. Es música racional y conceptual que sabe verter por todas partes las vísceras del escucha mientras lo cuelga de finos hilos abstraídos de inspección emocional que van de aquí para allá oscilando entre lo poéticamente desconocido y lo filosóficamente cavilado. En Pharmakon todo es neurona, neurona axiomática y oscura, nada que hacer y nada más que decir…

Gio Jaramillo (CJay)

Fotos: Sergio Castro Peña

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