El Otro Yo, Flema y una celebración del desacato en Flores [review]

Flema acciona las hendiduras más profundas de la adolescencia. Flema es rebeldía y juventud, y si creciste escuchando esta mítica que tuvo como líder y escudo receptor de escupitajos al gran Ricky Espinosa temo que es prácticamente imposible que, en tu adultez futura, inmediata o actual, no te sigas dejando contagiar y enamorar de sus formidables e hipersencillas letras. Con Flema –y en general con algunas otras bandas de punk- entendí que hay poesía de poesía. Poesía alta, de la más intocable y pura. Tan metafísica como quimérica. Poesía escrita por seres de otro lugar, y un lugar puede ser la soledad, el desamor, el mundo, el universo, un psiquiátrico, un bosque, una autopista, un burdel, un cementerio o, incluso, una noche, porque la noche también es un lugar. Hay otra poesía, una más mundana y en relación a la anterior, puede ser hasta vulgar, pero la ventaja de esta última es que no sólo dice lo que nadie puede decir pero que todo el mundo siente o piensa, sino que además es una reflexión visceral que, despojándose de todos los prejuicios conocidos, se abisma a decir lo que se le viene en gana y como se le da la gana y lo sostiene con lanzas de marfil contra todo lo que quiera contaminarla con estéticas o explicaciones bastardas que no tienen ninguna relación con la realidad-real adyacente. De esta manera, el nombre de la banda de Avelllaneda, es poesía en sí misma, en la medida en que desde el mote aduce ya una afrenta y un despliegue de imágenes poco salubres y muy viscosas: gargajo, salivazo, escupitajo, expectoración.  Y es que la poesía descarnada, errabunda, crítica y anti todo de Flema no ha quedado flotando en el aire ni de los intelectos, ni de la ciudad, ni de las bibliotecas, sino que por el contrario se ha mutado en acción y movilización social, incluso después de la desaparición de su líder indiscutible, el cual representó sus líricas viviéndolas, sufriéndolas, cagándolas y muriéndolas. En Ricky Espinosa y en Flema no tenemos a un Paul Celan, ni a un Walt Whitman, ni a un Friedrich Hölderlin, viejos decrépitos y magos de la belleza de la palabra universal. Tampoco tenemos a fastuosos sufridores ni lucidos e incansables perdidos como Rainer Maria Rilke o Charles Baudelaire. Lo que tenemos acá es poesía obrera, poesía de ciudad, poesía aplastada por sí misma, poesía individual con fundamentos colectivos y en liquidación: letras de soledad y no de solitarios, letras de razonables reflexivos que pasan como desadaptados y no de locos ensimismados lloradores de guijarros. Con el rock en general se inauguró una nueva y larga generación de poetas de cabellos largos y parados, de pantalones rotos y entubados, de adicciones firmes y problemas invariables. Con el rock tenemos individuos que hablan de la fatalidad del hundimiento humano, que sospechan que no hay nada más allá de su sombra o su voz, que entienden que el futuro es un cuento de hadas sin hadas y que las hadas no existen, individuos que observan su entorno y deciden pisotearlo tal cual como él lo hizo con ellos, individuos que, encañonando sus corazones y presos de incomprensión, decidieron regar retahílas de sinsentidos que son todos los sentidos que se puedan encontrar en la desgraciada viña del señor. Algunos sólo escriben, otros se especializan en hacer música, otros bailan y actúan, otros dibujan los muros de sus ciudades y manchan sus calles con denuncias vomitivas y sensibles, otros estudian deseando apoderarse de esa voz que no les es propia, pero todos resisten, cada quien con su camino, a su manera y sin un destino fijo, porque si no hay futuro, tampoco hay fe ni esperanza de nada, más allá que en el ahora, el hoy, y es que el hoy son los amigos, el amor, el odio, la violencia cotidiana, las drogas, el sexo, la noche, el pelotudo de la TV, el humo de los automóviles y el paisaje de gente intoxicada con miserias religiosas y desdichas económicas. La sociedad pare a sus enemigos más íntimos y éstos sólo pueden transitarla por las vías que ella misma les traza por medio de la exclusión hacia las más oscuras sombras, suicidándolos. Ricky Espinosa y Flema, son una muestra de esta poesía rudimentaria y arrebatada pero potente, que no identifica a intelectuales ni a gente atiborrada de culturas de formas y conceptos. La poesía de Flema y Ricky, se hace de sí misma para resistir la hostilidad que el mundo tiene bien direccionada, hoy por hoy, para sepultar en vida a sus jóvenes y adolescentes, dejándolos inconclusos y mal parecidos ante el espejo de la vida malgastada… pero hay gente que no quiere ni quiso ser muda y dedujo que todo expresar es una tentativa por cambiar y por ser, entre tanta atadura, un poco más libre. Ricky Espinosa dejó el mundo y el rock hace más de 10 años, pero su banda sigue arriba, aguantando el recuerdo que se niega a ser olvido y haciendo gritar y saltar como sólo lo pueden hacer un puñado de bandas punk-rock de la escena under más podrida de todas como Alerta Roja y 2 Minutos, bandas afanosas que se animaron a cosas que las demás no: a forjar un mensaje hasta sus últimas consecuencias y a llevarlo a la luz de los antros más recónditos de la ratonera llamada ciudad. El recital de Flema en el Teatro de Flores el sábado pasado volvió a dejar sellado el romance entre la poesía, la historia de un poeta y la celebración de su vida, por medio de la música que, por primera vez, para lo que es completamente anormal en este tipo de recitales, hizo que muchos se pararan sus pelos para entrar al pogo brindando y diciendo: “Si yo soy así no es por culpa de la droga, si yo soy no es por culpa del alcohol… nunca seré policía de provincia ni de capital…”. Con todo esto sobre decir qué tocaron y qué no. Excepcional presentación sin sentimentalismos de ningún tipo y con la fuerza propia de una banda verdaderamente icónica.

Ahora bien, Flema sirvió para abrir el apetito de los asistentes al Teatro de Flores antes de que El Otro Yo saliera al escenario a terminar de romper –a su manera- con todo. Si bien es cierto que los punks que fueron a ver a Flema dejaron de mover sus crestas y dieron un paso al costado para que los fanáticos de la banda de Temperley pudieran ponerse en escena, no se fueron y por momentos coreaban temas que, en casi 30 años de trayectoria, no estaría de más decir que son clásicos del rock argentino. El Otro Yo es una banda sincrética. Tiene de todo un poco y eso para ellos ha mutado en ganancia. Últimamente vienen haciendo una música muy largada hacia el punk sin dejar de lado las detonaciones rítmicas tipo indie y sonoras tipo hardcore y, naturalmente, las de sus primeros trabajos que recuerdan mucho a los genios de Pixies, Nirvana, The Cure y Sonic Youth. La gente los quiere y lo demuestra con emoción en todo momento coreando todos y cada uno de sus temas que, en relación a Flema, explotan temáticas aparentemente más livianas pero no por eso menos perspicaces e incidentes. Su música es pegajosa e invita a la fiesta y a la risa. De la mano de los hermanos Aldana que ofician como guitarra y bajo, respectivamente, y voz compartida, haciendo que sea Cristian el eterno encargado de la voz caótica y descarnada mientras María Fernanda aporta una buena cuota de sensualidad al show con su vocecita dulce y “casta”. Temas como Denso, Licuadora mutiladora, Autodestrucción, Sádico, Mascota del sistema, La tetona, El zumbido, Locomotora, Siempre fui yo y Alegría hicieron estallar la noche de Flores.

Con la presentación de EOY no quedó títere con cabeza y era posible ver a todo el mundo moverse descontroladamente con un show visualmente rico en iluminación, imágenes, vestuario y maquillaje, acompañado por un sonido impecable preso de la rapidez en batería de Joan Sprei y los porfiados riffs unisónicos de Cristian y Guerrisi a la par del travieso bajo de María Fernanda, generando un ambiente de camaradería desprovisto de orden y muy puntual en su fastuosidad.

Gio Jaramillo (CJay)

Fotos: Sergio Castro Peña

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