Cemento, semillero del rock y disparador de historias

cementotapaSin dudas que la nostalgia por Cemento va en aumento con el correr de los días, los meses y los años. Porque se siente su ausencia y porque definitivamente no fue un lugar más para el rock argentino. Fue sencillamente el más importante de todos.

Si tenés alrededor de 30 años, seguramente habrás armado tu propia colección de historias sobre el ahora desaparecido local de Estados Unidos al 1200. Y si no, es casi un hecho que estás rodeado de cuatro o cinco que lo frecuentaron y que podrán enumerarte cientos de vivencias tanto bizarras como inolvidables de ni más ni menos que el semillero del rock argentino.

Abajo del escenario, noches largas y adrenalina de rito iniciático, sensaciones de vivir el presente y que nada más importara. Arriba del escenario, bandas que terminaban de darle forma a su sueño, a su actitud, a su vida. Y en todos los rincones del recinto, un emprendedor como Omar Chabán que hizo la vista gorda a los detalles en pos de ser el padrino artístico de varios adolescentes que luego serían reconocidos dentro del staff rockero argentino, llámense Mariano Martínez, Cristian Aldana o Marcelo Corvalán, entre muchos otros.

Cemento dejó muchas historias ya contadas y otras tantas que aún quedan por contar, pero una cosa es compartir un puñado de anécdotas, verbalmente y cerveza de por medio, y otra es la pretensión de que eso se convierta en un libro, asumiendo que con unos cuantos testimonios y largas citas el trabajo se hace solo. Escribir un libro puede ser algo más que un trabajo de investigación y edición.

En Cemento, el semillero del rock, Nicolás Igarzábal hizo una pesquisa y recopilación excelentes, realizando más de un centenar de entrevistas que pintaron un buen panorama sobre lo que fue pasar por el recordado local de Constitución, ya sea como músicos o como público. También recopiló material gráfico, principalmente de los archivos de Clarín, y algunos aportes que hicieron los propios entrevistados. Además, armó un catálogo de los discos que se grabaron en Cemento, como A morir, de Catupecu Machu, o el Homenaje a Joey Ramone. Pero lamentablemente se quedó en eso, en la mera acumulación de citas, y evitó dar su propia versión de los hechos. Desafortunadamente, evitó ponerle su propia voz a la obra.

Desde ya que sirve como manual de consulta, pero para leer un relato acerca de Cemento en primera persona le faltarían algunas horas más de horno. Le falta, por sobre todo, la palabra de un autor que, a partir de sus propias experiencias o de su talento narrativo, logre reproducir o recrear la atmósfera y la adrenalina de transitar la historia de Cemento, un lugar cargado de leyendas y de mitos de origen.

No hay discusión sobre el gran valor que tienen los testimonios tanto del propio Chabán como de integrantes de varias bandas como 2 Minutos, Babasónicos, El Otro Yo o Todos Tus Muertos, habitués de Cemento y víctimas del nauseabundo olor a meo de sus baños, pero hubiesen sido aún más valiosos como complemento del relato de Igarzábal. Para que el autor apareciera un poco más a lo largo de las páginas y no sólo en la solapa.

Alejandro Panfil

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