Monsters of Rock: Ozzy, Judas y Lemmy, listos para pasarle la posta a quien se anime a tomarla [review]

Cuando uno admira a alguien, por la razón que sea, es poco probable imaginar a ese alguien como su padre –o madre-, porque este tipo de filiación supone ciertos hálitos de autoridad y orden, en cambio, sí es posible imaginar aquella figura en los roles de hermanx, amigx o incluso como abuelx. Si la pretensión radica en la hermandad, simbolizaría algo así como un ideal de aprendizaje y modelo a seguir como sucede en el capítulo de los Simpsons cuando Bart decide obtener un hermano mayor después de que Homero olvidara ir a buscarlo después de un partido de fútbol; si el tema es de amistad se traduce en confabulación e incondicionalidad (y sobran los ejemplos); pero si el asunto fantaseado es el de ser nietx de la persona que uno admira, todo tiene que ver con la mezcla de todo lo anterior con el plus de la alcahuetería y la triquiñuela que permite borrar del radar a los siempre latosos padres. Ahora bien, lo sucedido el sábado en la tarde grisácea y lluviosa de Lugano, en lo que la pesada publicidad viene llamando desde hace ya muchos años Monsters of Rock, fue algo así como una visita masiva a esos abuelos permisivos y celestinos que han sobrevivido al acabose del mundo duro del Rock, y que, sin más, se entregan en cuerpo, alma y coraje a su inacabable familia universal como cualquier abuelx lo hiciera con sus nietxs y como ningún amigx o hermanx lo haría.

La radiografía constituye el símbolo de un homenaje que los sexagenarios Lemmy Kilmister, Rob Halford y Ozzy Osbourne, con sus ya evidentes achaques, ofrecieron a los 35.000 asistentes que oscilaron entre los 7 y los 70 años. Y es que pocas bandas logran esta miscelánea intergeneracional sin tener que recurrir a la autodistinción de sus mitológicas figuras. Ellos saben que están por encima del bien y del mal, y no sólo por la música y la historia que encarnan, sino también porque son sobrevivientes de la vorágine de virus, drogas y tragedias que sacaron del camino a muchos, inmortalizándolos de la forma más ruin posible: con su ausencia. Estos tres grandes –protegidos también, por una gran cuota de suerte- pudieron hacer que el feroz y caótico universo del Rock los llevara a la vida y no a la muerte. Por eso, y más en la actualidad con tanta porquería saliendo y sonando por ahí, el hecho de que hayamos tenido la posibilidad de ver en un mismo recital a Motorhead, Judas Priest y Ozzy Osbourne –más el de Sabbath que el solista- es un verdadero sortilegio que por lo menos a mí me puso a vociferar hacia adentro.

Muy cumplidos los horarios de la multinacional que es el Monsters of Rock y también muy discretos con los tiempos de presentación de las bandas que no superaron los 80 minutos, sin embargo, y si uno se detiene a pensar en que todo esto no es más que un negocio, los temas interpretados, en los tres casos, como veremos, hicieron justicia al tiempo sobre el escenario. Y ya sé que muchos pueden estar pensando en fondos gerontológicos, pero de seguro, y sin saber si habrá una próxima vez, precisamente por lo mismo, todos dejaron sobre el inexpresivo tablado no lo que se les pudo haber pedido, ni lo que pudieron dar, sino lo que se les vino en gana ofrecer, que por alguna casualidad era lo que la gente esperaba.

Apenas pongo un pie fuera del colectivo sobre el inundado asfalto de Ciudad del Rock, empieza a retumbar el ultradistorsionado bajo de Lemmy anunciando el libertinaje de Motorhead. Shoot You in the Back es la elegida para iniciar el calentamiento de gollete cuya única meta es el descontrol. Acelero mi paso. Con Damage Case  queda claro que cada quien tiene que salvarse como pueda, estando adentro o afuera, porque si la guitarra de Phil Campbell no da espera a nada, la desbocada batería de Mikkey Dee es capaz de condensar miles de segundos en un par de minutos. Ya adentro sorteando la laberíntica entrada al campo general surge Stay Clean seguida de Metropolis para hacerme estrellar con la imperiosa  Over the Top, que se adueñó del espacio desmedido poblado por zombies de todas  las calañas y todos los matices.  The Chase Is Better Than the Catch  y Rock It son la evidencia de que Motorhead con su inigualable volumen está ahí, fusilando cerebros sin ningún tipo de azar. Sin pestañear, el trío londinense arremetió con Do You Believe y Lost Woman Blues haciendo saltar a todo el mundo como si el suelo hubiera estado atestado de las serpientes más venenosas. Siguieron Doctor Rock, Just ‘Cos You Got the Power  y Going to Brazil desgranando así un repertorio difícil de cuestionar que descargaría toda su fuerza con Ace of Spades y Overkill. Con mi cabeza revolada vi cómo se despidieron dejando sus instrumentos en la mejor-peor estridencia que mis oídos jamás hayan escuchado. Era hora de volver a ser un “humano”.

Fui a caminar a ver qué era lo que vendía el festival. Vaya sorpresa me llevé cuando empiezo a transitar por sectores en los que la eminente decadencia y la nostalgia del heavy ochentero entonaban la misma canción auspiciada por la estridencia de los motores de varias decenas de Harley´s Davidson con sus respectivas parafernalias encueradas hasta la saciedad. No tener el cabello largo o no portar si quiera una prenda negra pudo haber sido un índice de sospecha para los miles de obispos reunidos por el cónclave metalero. Después, en medio de la turba oscurecida y enajenada, seguí caminando por la zona de hidratación que mezclaba los más finos hedores de cerveza, barro y fluidos corporales, hasta llegar a la zona de comidas, que, con un poco de indecoro, para la fantasía de la atmósfera, surgía con cierta asepsia más propia de un concierto de música electrónica. Curiosamente este sector estaba situado al lado de una de las entradas VIP como si fuera una sección privada separada del mundo real. Yo, dispuesto a entrar a esa burbujita que privilegiaba la vista de los más acaudalados y buscando torpemente alguna diferenciación en el modo de vivir el Rock de la gente de allá y la de acá –diferenciación que no encontré-, pude hacerme de un lugar y después de estar a 200  metros del escenario viendo a Lemmy como un pingüino congelado, pude llegar a 6 o 7 del mismo. De repente se hizo más oscura la noche y asistidos por un fragmento de la archiconocida War Pigs de Black Sabbath, aparecen ellos, los Judas Priest.

La banda empieza con el intro Battle Cry para dar paso a Dragonaut, canción épica con la que salta de las sombras, como una gárgola crispada, el mito del heavy metal Rob Halford, haciendo estallar de júbilo todas las melenas y embebiendo los ojos de los más pasmados. Ojo, la música de Judas posee una destreza enormemente técnica y, además de orgánica, refleja no sólo el trabajo de años, sino también la fruición de un estilo difícilmente hallable en cualquier escena actual. Tocan Metal Gods y Devil’s Child… la gente no entiende como alguien puede conservar una voz así… la gente no concibe ver lo que ve… anduve inmiscuido en un derroche monumental de fibra y poder que sólo es equiparable al de una gigantesca máquina cuyo sonido, vehemente y furioso, golpea directo al corazón. Impecablemente y sin escatimar en nada, interpretaron Victim of Changes y Halls of Valhalla. La voz de Halford es demoledora, su registro es impar y no se agota hasta fundir los tímpanos del público con los riffs agenciados aritméticamente por los guitarristas Glenn Tipton y Richie Faulkner. Siguen con Turbo Lover y Redeemer of Souls, dos temas que asestaron enérgicos sopapos a las mandíbulas del respetable con la dupla Ian Hill y Scott Travis aceitados como dos tanques de guerra que disparan al misma punto. Halford no paró de cambiar de indumentaria, disolviéndose en sombríos personajes que no parecían cantar sino evangelizar. Turbo Lover, Redeemer of Souls y Jawbreaker aportaron su cuota al repertorio superclásico de la banda. Halford entró en moto al escenario y alteró los ánimos de los miles de motoqueros y sadomasoquistas que se inclinaron ante el látigo que el pelado llevaba en su boca mientras se asomaban los acordes de la gran Breaking the Law, seguida de Hell Bent for Leather y The Hellion. Así, el proyecto masivo de ascenso a la cumbre de la montaña metalera avanzaba de forma fastuosa con las infaltables Electric Eye, Painkiller y Living After Midnight, canciones que enclaustraron todas las ovaciones un una sola.

Tras 30 minutos de cambio y mientras yo me sumergía en un pdf de Raymond Carver que llevo cargando en mi teléfono desde hace algunas semanas, se hizo la media noche real de la media noche metalera; infranoche aferrada a la presencia del príncipe de las tinieblas que sale sin ningún anuncio a atacar con Bark at the Moon seguida de una de las mejores canciones de toda la noche: Mr. Crowley, coreada hasta por la luna y acompañada por el virtuosismo en el teclado funebrero de Adam Wakeman. Ozzy saluda, pero sabe que el sentimentalismo no es lo suyo  y sigue de una con I Don’t Know y Fairies Wear Boots de Black Sabbath, temas que ensalzaron las inconmensurables destrezas sonoras de la viola del griego Gus G y el bajo del viejo zorro Blasko. Con Ozzy uno va animado a escuchar lo que a él se le ocurra, por la simple razón de que es él. Suicide Solution y Road to Nowhere estuvieron tremendas con un Ozzy disparando a la zona de fotógrafos con una metralleta de espuma mientras la batería de Tommy Cufletos imploraba algo de clemencia ante tanta versatilidad. Fue el turno de War Pigs, Shot in the Dark y Rat Salad, canciones que me hicieron deducir que lo único coherente después de ver y escuchar lo que este tipo a sus 66 años todavía tiene para ofrecer, es, francamente, la nada, y si alguien tiene alguna duda de eso es porque se fue antes de Iron Man y I Don’t Want to Change the World que pudieron haber sido ovacionadas por horas, hasta que la rápida aparición de Crazy Train y Paranoid triplicara el delirio por un show notable, con atributos colosales que sólo pueden ser aplaudidos o llorados. No hay punto medio. El tiempo y el espacio que Ozzy compartió, estuvo gobernado por metal en todas sus direcciones posibles (speed, doom, trash y hasta glam) y fue una bola de sensaciones poco adherida al ruido y magistralmente saturada de vigor.

En definitiva estos tipos y las generaciones que parieron, con su longevidad, podrían estar velando el acalorado y rocanrolero siglo XX, que no da tregua en ningún lugar del planeta y que además parece ser más imperecedero que el rock en sí mismo como un género que nos convoca a sus seguidores, cada vez con más fuerza, y por fortuna, a recordar en vivo, convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor, porque el pop y sus tentáculos light cada vez se hacen más fuertes en un mundo que se niega a gritar, elevando los puños, torciendo la cara y dando empujones. ¿Qué pasará el día en que ya no estén éstos abuelos y otros tantos que aún nos quedan? Fade a negro.

Gio Jaramillo (CJay)

Fotos: gentileza de Emmanuel Cayetano Diaz Distilo

Comments

  1. Anónimo says:

    Salté de la crónica publicada en la web de la revista Rolling Stone a ésta: ¡cuántas diferencias!
    Allá comenté que quizás el periodista no contaba con la cantidad de líneas que se requieren para redactar un evento como éste; acá está más que claro que Cjay tuvo libre albedrío para escribir sobre Ozzy, Judas Priest y Motorhead. (¡No hubiese estado de más noticiar sobre el resto de las bandas que completaron el line up, che!)
    En fin, para quien no asistió, como yo, resulta importante leer una nota de este calibre porque te sumerge de lleno al contexto vivido en Ciudad del Rock. Está bueno que semejante suceso sea comunicado como se merece.
    ¡Saludos!

    • GRACIAS LOCO POR TU COMENTARIO!!! La idea es que haya total libertad para contar lo que vivimos. Esperamos poder seguirte acompañando y que nos sigas leyendo… y te invitamos a escuchar nuestro programa de radio los lunes 22:00h
      Un saludo y gracias otra vez!

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