Pío-pío-pí: Kurt Vonnegut y “Pájaro de celda”

tapa libro“Ahora pensaba en Sacco y Vanzetti. Cuando yo era joven, creía que la historia de su martirio propagaría un irresistible afán de justicia entre la gente común de todo el mundo. ¿Alguien recuerda quiénes eran?

A comienzos de los ’80, Kurt Vonnegut ensayó una suerte de ranking de sus obras escritas hasta entonces. Al tope estaba, previsiblemente, Matadero 5, una novela que no sólo merece encabezar el ranking de Vonnegut, sino todo ranking que repase las grandes novelas del siglo pasado (y si esto último les parece exagerado, es que no leyeron Matadero 5). La seguía muy de cerca Cuna de gato y, un poco más atrás, Pájaro de celda, la novela que editó recientemente La Bestia Equilátera en una traducción de Carlos Gardini. Menciono al traductor porque no es tarea fácil reproducir el particularísimo estilo de Vonnegut en nuestra lengua, lograr que el lector sienta que esa que ahora lee en español es la misma voz que habla en inglés en los originales. Atravesar con éxito la distancia entre “Po-tee-weet?” y “Pío-pío-pi!”.

Y esa voz (“estilo” sería la palabra adecuada, y léase aquí lo que al respecto escribe Rodrigo Fresán, sobre su propio estilo y sobre el de Vonnegut) es irresistible, e invita a los lectores a encerrarse entre las páginas del libro para no dejar de escucharla. Aunque, técnicamente, la “voz” que escuchamos en esta novela es la de Walter F. Starbuck, relatando las peripecias de su vida, de hijo de inmigrantes polacos y lituanos a directivo de la poderosísima RAMJAC Corporation (propietaria del 19% de los Estados Unidos, desde McDonald’s al New York Times, pasando por la revista Playboy y Plaza Sésamo), de sus estudios en Harvard a una larga temporada en la cárcel por su participación involuntaria en el caso Watergate que llevaría a la ruina al presidente Richard Milhouse Nixon.Nixon (Futurama)

Pero si la voz es la de Walter F. Starbuck, el estilo es indudablemente el de Vonnegut. Ahí están esas maravillosas digresiones, historias dentro de historias, algunas relatadas por el propio Starbuck, como recuerdo de sus sueños o experiencias pasadas, otras presentadas como descripciones de relatos de otros personajes, como los cuentos fantásticos de Kilgore Trout. Esas historias parecen completamente desligadas de la narración central que articula el relato de Starbuck, pero algo en su melancolía proveniente de otro mundo funciona como contracara perfecta para la locura del mundo “real”. En cierto modo, esa es precisamente la principal característica del estilo de Vonnegut: su mirada entre resignada e incrédula sobre la realidad humana, que hace que nos observemos como si fuésemos extraterrestres, sorprendidos por un comportamiento extravagante que finalmente descubrimos irremediablemente nuestro. Las escenas de “ciencia ficción”, esos relatos de civilizaciones alienígenas, viajes en el tiempo, o relatos de almas separadas de sus cuerpos, intercaladas por Vonnegut entre la descripción de situaciones que sus personajes viven en nuestra realidad y en nuestro mundo, hacen que, en comparación, sean estas últimas las que parecen el fruto de la mente afiebrada de un escritor. Nuestra realidad cotidiana se revela tan delirante y carente de sentido que parece mentira que todavía le apliquemos el nombre de “realidad”.

Sacco and Vanzetti protestersLa vida de Walter F. Starbuck está atravesada por algunos de los hitos de los Estados Unidos de las décadas centrales del siglo pasado: desde la ejecución de Sacco y Vanzetti hasta el Watergate, pasando por la Gran Depresión, las guerras y el Macartismo. Una lectura descarnada de los puntos más oscuros de la historia norteamericana, desde siempre digitada por corporaciones fantasma cuyos tentáculos asoman en los lugares menos esperados. Los compañeros de celda de Starbuck son todos empresarios o políticos (y algunos escritores), no tanto para poner en evidencia el comportamiento intrínsecamente criminal de eso que a falta de una palabra mejor todavía llamamos “el sistema” (Brecht parece ser la referencia ineludible), sino fundamentalmente para mostrar cómo ese sistema descarta a los individuos que ya cumplieron con su cometido y se han vuelto innecesarios, incómodos u obsoletos, independientemente de la jerarquía que hayan podido ocupar en ese engranaje interminable. Y lograr que, en una suerte de justicia poética digitada por el bueno de Starbuck, un grupo inverosímil de maravillosos perdedores pueda ocupar los puestos directivos de esa corporación fantasma. Pájaro de celda es también la historia de un personaje que es testigo de la periódica destrucción y reconstrucción del mundo, un poco a la manera de esos universos que el arquitecto de la Matrix decía haber recreado tantas veces, y otras tantas destruido.

Vonnegut graffitti 1Aunque, entre tanta decadencia, se filtran todavía algunos rayos de esperanza: gestos luminosos de algunos compañeros de celda, de alguna mujer amada, de algún desconocido que sin motivo aparente le tienden una mano a un protagonista tan asombrado como nosotros por esa comunidad invisible de personajes generosos. “Todavía creo que la paz, la abundancia y la felicidad se pueden lograr de algún modo”, escribe un Walter F. Starbuck ya anciano, después de haber pasado varias temporadas en la cárcel, de haber pasado de una juvenil militancia comunista a ser funcionario de Nixon, después de haber traicionado a un amigo durante el macartismo, de haber perdido a las cuatro mujeres que le cambiaron la vida y de haber ocupado un puesto de vicepresidente de una división de la poderosa RAMJAC Corporation.

“Soy un necio”, reflexiona.

Lalo Lambda

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