Dispararse por aburrimiento, por impulso o por calor es tan casual como no hacerlo

dosdisparosMariano baila frenéticamente en un boliche. Al amanecer vuelve a casa en colectivo. Hace calor. Mucho calor. Se sumerge en la pileta. Calcula tiempos y brazadas. Mariano poda el césped de su casa. La podadora falla. Mariano se pierde en la cochera buscando la forma de arreglarla. Allí encuentra un arma. Mariano sube a su habitación. Encañona su cabeza y hala el gatillo. Erra. Encañona su abdomen y hala el gatillo. Pum. Pum. Mariano sobrevive y queda con una bala alojada en su interior. Tal vez esta sea la mejor forma de narrar el comienzo de Dos disparos, simplemente porque es la única.

Martín Rejtman también es escritor y con esta película pereciese que rindiera un homenaje a la literatura. Su literatura. Portadora de un humor finísimo y lánguido y siempre atenta a las monótonas insignificancias de la vida cotidiana. Es una película que tiene el efecto de la arena movediza: sólo avanza hacia adentro. Ni para adelante ni para atrás, atragantándose con todo.

Rejtman filma el libre fluir de la consciencia de los personajes revelando que esa fluidez no se desprende de la coherencia o incoherencia de sus actos. Puede ser esta la razón por la cual se sumerge azarosamente en las circunstancias que van manando de la nada: el argumento, o los varios argumentos del film, parecen ser monólogos generalizados de un mundo que gravita sobre la casualidad y el caos, y cuya complejidad es reproducida con un cauto y sostenido sentido común.

Un perro que huye tras el estruendo de los disparos. La madre de Mariano y su angustia por el hijo suicida, la rigurosidad de la gente del cuarteto de flautas dulces al que pertenece Mariano, la apatía del hermano de Mariano, una pareja adolescente que lleva separándose dos años y una serie de individuos que, abriéndose campo dentro de la ficción, no dejan de desdibujarse a sí mismos como personajes tan vitales como absurdos para la historia. Hay una obsesión con la aparición de los protagonistas –que son todos los actores- y una desidia que va dejando atrás, sin olvidarlos, a los otros, haciendo que las realidades se abran indefinidamente en curvas magistrales que sólo al final adquieren una lógica particularmente introspectiva.

Puede ser que los sonidos sean más valiosos que las voces: sonatas para flautas de Handel y una constante disonancia, un celular que no deja de sonar, una alarma que en el tiempo fílmico suena cada seis horas, una canción improbable que retumba al interior de una camioneta residida por un niño y un perro, los ecos de la playa, los grillos de la noche en el campo y la estridencia abrumadora de la ciudad. Ahora bien, no sólo el ruido, sino también el mutismo, firme y decidido de varios –muchos- planos, juega un papel medular en la narración rejtmaniana, ya que sarcásticamente va desplegando una metáfora sobre la incomunicación que hoy por hoy el mundo se esmera en disimular.

Excelente película si el espectador gusta del cine pausado, y digamos melancólico, porque bucea en cúmulos aislados de universos dramáticos que se nutren de una pulcrísimo humor negro, además de recordarnos que dentro de una sola historia caben millones de historias minúsculas que precisamente, y por hacer parte del todo, podrían agarrar rancho aparte y generar sus propios e impredecibles relatos.

Gio Jaramillo (CJay)

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