Foo Fighters y su autopista sónica acortan cualquier distancia [review]

Hay varios factores que suelen conspirar contra la travesía de ir a ver un recital en La Plata, ya sea el viaje de ida, el de vuelta, el tráfico, el precio de las entradas, la banda en cuestión, los años que uno va acumulando, en fin…

Por ese lugar que demanda una especie de Dakar rockero pasaron U2 y lo mal que cae Bono, pasó Aerosmith, que cae ininterrumpidamente, pasó un Guns N’ Roses que ya no vale la pena y también pasó un Black Sabbath que está pero no está. Pasó Pearl Jam también, pero ya no tuvo la magia de Ferro 2005. Nada fue suficiente excusa para semejante excursión, pero a veces aparecen excepciones que cambian la percepción de la distancia y hacen posible un pequeño “sacrificio”.

Volver tarde en la madrugada y el cansancio que eso generaría ya era una fija de antemano, pero valía la pena, aún sabiendo que Dave Grohl es más showman que perro guardián de sus propias composiciones: deconstruye las versiones originales y las reformula agregando una intro a pura arenga, un puente que incluye algún riff que surgió durante la gira y un estribillo con alto contenido demagógico. Se trata, claro, de Foo Fighters, la banda de rock más importante del mundo desde hace más de un lustro, y está bien. El ex baterista de Nirvana entiende que en un estadio hay que entretener aunque no se lo pidan. Y por eso es capaz de estirar hasta diez minutos una canción que tiene tan solo tres.

No vinieron durante sus primeros 17 años y hoy, a tres de su primera visita al país, ya están de vuelta. Grohl tiene el recuerdo fresco de aquella tormenta que voló el estadio de River pero no logró ahuyentar a la multitud. Y lo agradece. El desprendimiento más exitoso de una banda extremadamente éxitosa subió la apuesta y entregó un show que tuvo lo de siempre pero con matices que lo hicieron inolvidable…

Son las nueve de la noche y ya se fueron los Eruca Sativa, también los Kaiser Chiefs. Ya no queda público por ingresar a un estadio que ofrece espacios vacíos tanto en el campo como en las plateas. Fue inútil el intento de llenarlo, porque se trató de un pleno enero, porque los precios de las entradas fueron de lo más elevado de los últimos tiempos y porque Foo Fighters no es una banda tan masiva en la Argentina como se podría llegar a creer. Si bien hizo dos River en 2012, fue en el ámbito de un festival y con bandas de moda estilo Artic Monkeys. Todo suma, dicen.

Para mucha o poca gente, lo cierto es que el pescado está vendido para quienes lo hayan querido comprar y, por eso, cuando se apagan las luces no queda otra que rendirse ante el carisma de Grohl y la destreza de otros cinco músicos que hacen de Foo Fighters un clásico del rock en tiempos en que ya nadie esperaba unos nuevos Who, Zeppelin o Queen.

Pasa Something from nothing, uno de los pocos de Sonic Highways que tocarán en la noche, y Dave lanza una pregunta en forma de aviso casi calcado de la visita de 2012: “Saben que va a ser un show largo ¿no? Los vamos a hacer bailar toda la puta noche!”. Y con The Pretender no sólo hacen saltar a los presentes, sino que incendian el recinto y lo dejan casi inutilizable. El tema es que todavía quedan unas veinticinco canciones…

Entrados ya en calor, es momento de repasar una larga lista de grandes éxitos. La banda es una foto del gran momento que están pasando a nivel grupal, y no de los méritos que deben hacer para que el público argentino se sienta correspondido, ya que en todas partes es igual el despliegue.

Y entre las instantáneas de la noche platense quedan el amor eterno entre Dave Grohl y Taylor Hawkins, el surfer que trabaja de baterista (“el mejor del mundo”, según el líder), la confianza y el lugar bien ganado de Chris Shifflet, la vigencia de un Mad Max como lo es Pat Smear y la seriedad, a lo Bill Wyman, de Nate Mendel.

Y entre esa lista de grandes éxitos pasan Learn to fly, tocado hoy por seis personas cuando fue compuesto y grabado por sólo tres, My hero y Monkey Wrench, de cuando entraba Taylor y al poco tiempo ya se sentía culpable de la salida de Pat. Y Taylor, que hoy es casi un hermano de Pat, toma el micrófono para Cold day in the sun, una canción en la que emula, sin querer queriendo, al Peter Criss de Hard luck woman.

Luego de Walk, una obra maestra de la épica compuesta especialmente para Wasting light, Dave avanza por la pasarela y aparece en el medio del campo anunciando que va a tocar unos temas para todos los que están en la popular y en las despobladas plateas laterales. Para ellos van los acústicos de Skin and Bones y Wheels. Y promediando Time like this se ilumina un mini escenario circular y giratorio con el resto de la banda listo para un bloque de altos covers como Detroit Rock City, de Kiss, Young man blues, de Mose Allison pero también popularizado por The Who, Miss you, de los Rolling Stones (con Dave Krusen, ex batero de Pearl Jam, y Jonny Kaplan), Stiff competition, de Cheap Trick (con Dave dándole a la batería y Taylor haciendo las veces de frontman), y Under Pressure, de Queen y Bowie.

“Miren que quedan algunas canciones de Foo Fighters para tocar”, se ataja Grohl antes de retomar posición en el escenario principal y entrar en el tramo final con All my life, These days y Outside, la mejor, sin dudas, de Sonic Highways. Best of you, tema que quintuplicó el valor de sus acciones luego de las lágrimas de Grohl en Wembley, es la previa de un final glorioso con el clásico de los clásicos. “A nosotros no nos gusta decir adiós, nosotros decimos…esto”, y ese “esto”, claro, es Everlong, la canción que le gustó hasta al mismísimo Bob Dylan.

Alejandro Panfil

Fotos: gentileza Beto Landoni y T4F

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