La novela-tótem de Rodrigo Fresán

650_RH27378.jpgLa parte inventada comienza con una voz que se pregunta cómo empezar. El signo de interrogación como la singularidad que antecede al Big Bang. A partir de ese instante inicial, el universo se expande y acelera, los acontecimientos, como se decía en las viejas historias, “se precipitan”, y aquí estamos, con una novela total entre las manos. “Total” porque aquí y allá se alcanzan a adivinar los contornos de todos los libros anteriores de Rodrigo Fresán, como si este fuera el último; la novela para acabar con todas las novelas. O, mejor, como si lo que aquí se nos mostrara fuera la mente de un escritor en movimiento, en el proceso mismo de escribir todos los libros que llevan la firma de Rodrigo Fresán.

Y no sé si se entiende lo que acabo de escribir, pero es que resulta muy difícil comentar La parte inventada, describir un libro en el que sucede todo.

Ya saben: “cómo empezar” y todo eso.

Y a propósito: personalmente, contar “de qué trata” una novela siempre me pareció innecesario, si no contraproducente. Un ejemplo: cuando me dijeron que Jardines de Kensington recreaba algunos episodios de la vida de J. M. Barrie –el autor de Peter Pan–, la hice un costado y sólo la leí cuando ya había leído todos los otros libros de Fresán, y necesitaba calmar la ansiedad mientras esperaba la publicación de La parte inventada. No sentía especial atracción por los detalles de una biografía que se me aparecía con los ademanes de Johnny Depp y Kate Winslet, con sus memes viralizados hasta el hartazgo en los últimos años.

Pero, después de leerla, Jardines de Kensington ya no es para mí “la novela en la que se recrean algunos episodios de la vida del autor de Peter Pan”, sino “la que probablemente sea la más hermosa novela de Rodrigo Fresán”. Quiero decir: lo que se cuenta en una novela es siempre menos interesante que el modo en el que nos lo cuentan, especialmente si el que nos lo cuenta es alguien cuya vida está atravesada por la literatura, alguien que recorrió la distancia que separa a un escritor de un simple contador de historias.

Así, preguntar “de qué trata” una novela de Fresán es como preguntar “de qué trata” el último disco de Bob Dylan: creer que basta con decir que Tempest habla del hundimiento del Titanic para imaginar cómo suena. Si sirve de algo, se podría decir que La parte inventada nos muestra a un escritor que protagoniza un “confuso episodio” (¡ah, esa expresión de los perplejos periodistas de estos tiempos!) en el Colisionador de Hadrones del CERN, en Suiza, y comienza a invadir la vida de sus familiares y amigos desde una suerte de “más allá” que en realidad está “más acá”. Un dios-escritor que se parece a esos lápices enormes que aparecían de pronto en la pantalla para volver más loco al Pato Lucas. Un deus ex machina que se parece mucho a Ella, la chica que relata todos los finales del mundo en El fondo del cielo.

También La velocidad de las cosas arrancaba con un relato del fin del mundo y, ahora que lo pienso, casi no hay libro de Rodrigo Fresán en el que no se destruyan mundos (“la necesidad apenas confesable de todo escritor, la casi obligación de contar el final de todas las cosas”, y ya que abrí un paréntesis: no perderse ese maravilloso delirio apocalíptico que es The End of the World News de Anthony Burgess). También: casi no hay libro de Rodrigo Fresán en que no se relate una infancia. En cierto modo, es como si los personajes llevaran a su máxima expresión esa pulsión infantil que todos experimentamos al enfrentarnos por primera vez a una frustración, o al primer desengaño amoroso: el deseo de destruirlo todo, el impulso de patear un hormiguero para observar el caos y la desesperación de esos insectos que de pronto comprueban que ese ordenado universo de túneles y caminos, esa comunidad platónicamente organizada en reinas, obreros y soldados, es apenas una ilusión insignificante sometida al capricho de un adolescente un poco freak. Y después, en lugar de destruir un mundo, sucumbir al impulso contrario de crearlo, de incorporar una galaxia nueva a ese universo que llamamos “literatura”.

En cierto modo, La parte inventada es la novela que cumple uno de los sueños declarados de Fresán: construir una obra total, la gran novela que logre transmitir con lujo de detalles todo eso que sucede en la mente de un escritor. Porque –a esta altura, los lectores de RF ya lo saben y los que no, lo sabrán después de leer La parte inventada– la principal obsesión de RF es escribir. O, mejor dicho: escribir acerca de escribir, descubrir el engranaje oculto que pone en movimiento el acto de escritura. Como señala el último escritor sobreviviente a la extraña plaga bíblica de Vidas de santos, hasta los personajes del Drácula de Bram Stoker son escritores, se apuran a poner en papel lo que acaban de experimentar, y no pueden afirmar que realmente han vivido algo hasta que no se sientan a escribirlo, a contárselo a alguien o a ellos mismos. Y si en ese relato (“El Espíritu Santo”) el público se paseaba por un extraño museo para observar en acción al último ejemplar de escritor en su jaula de vidrio, en La parte inventada RF va un paso más allá, y nos muestra la cabeza de ese escritor, nos permite entrar en ella como en aquel Viaje insólito en el que (microcosmos-macrocosmos) el interior de un hombre era todo el universo.

La parte inventada comienza con un relato iniciático y atraviesa desiertos, ciudades, aeropuertos, hospitales, laboratorios hasta encontrar algo que todos llaman “la partícula de Dios” pero que RF sabe que, en realidad, debería llamarse “la partícula del escritor”. La partícula responsable de la parte inventada de una vida, tanto más atractiva que la parte real, como Gerald Murphy le escribe a F. Scott Fitzgerald al leer y leerse en las páginas de Tender is the night, uno de los tantos totems (en el sentido del trompo de Inception) de La parte inventada. Aunque el verdadero totem de La parte inventada, aquel que atraviesa cada uno de los episodios de la novela, sea ese hombrecito a cuerda que ilustra la portada.

Y escribo “RF” a propósito, para que las iniciales de Rodrigo Fresán remitan casi automáticamente a las de Roger Federer y de ahí me permitan recordar esa genial descripción de lo que David Foster Wallace bautizó como “momentos Federer”. Esos momentos en los que, “al ver jugar al suizo, la mandíbula cae y los ojos se salen de sus órbitas (…) al comprender la imposibilidad de lo que uno acaba de verlo hacer”. Y La parte inventada está plagada de lo que bien podrían llamarse “momentos Fresán”: momentos en los que el escritor (no el propio RF, sino el escritor que siempre está allí, protagonizando las novelas de RF) nos presenta el inventario de sus obsesiones: 2001: Odisea del espacio, Wish you were here de Pink Floyd (el disco, no la canción), un niño que casi muere ahogado y que en ese preciso instante descubre su vocación (de escritor aquí, de Cazador de Santos allá), una mujer que se zambulle subrepticiamente en piscinas ajenas, los libros de F. Scott Fitzgerald, un mercurial verso de Bob Dylan (aquél de “Visions of Johanna”: the ghost of electricity hangs from the bones of her face), un lugar llamado Canciones Tristes (o Sad Songs, o Rancheras Nostálgicas, o Carmina Tristia o Traurige Lieder, o Aquel-Lugar-Donde-Se-Dejan-Oír-Las-Melodías-Más-Desconsoladas), que cambia de lugar como cambia de nombre, mujeres en fuga e improbables sagas familiares que remiten, sin mencionarla nunca, a la Argentina. Y, pensándolo bien, no una, sino todas las canciones de Bob Dylan, con crepuscular aparición estelar (“Shooting star”) cerca del final.

Enrique Vila-Matas se jacta de ser quien más veces leyó La velocidad de las cosas, y lo que el escritor español afirma de ese libro inclasificable bien puede valer también para La parte inventada, que cuenta “lo que pudo haber pasado, lo que no pasó y lo que ocurre cuando no se sabe si algo ocurrió alguna vez”. Una novela autobiográfica, no en el sentido de que lo que se cuenta allí le ocurrió al escritor, sino en el sentido de que lo que se cuenta es, precisamente, el modo en el que todo lo que observa ese escritor-vampiro se mezcla en el torrente de su sangre y se convierte en literatura. La parte inventada es, si no la mejor de las novelas de Rodrigo Fresán, aquella que funciona como su summa: lo mejor de todas sus novelas anteriores reaparece aquí. Para que los ya habituados al universo propio de RF se reencuentren con esa voz inmediatamente reconocible que habla desde sus libros. Para que los que la escuchan por primera vez la conozcan en todo su esplendor y virtuosismo.

Rodrigo Fresán
La parte inventada
Random House Mondadori, 2014, 568 p.

Texto: Lalo Lambda

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