El Mató a un Policía Motorizado, en la búsqueda de lo esencial [review]

Una pantalla gigante dispara imágenes que muestran cómo la naturaleza puede desenvolverse por su cuenta, sin la necesidad de que el hombre la intervenga para intentar modificarla y luego sacarle algún rédito. El mar, el desierto, el bosque, las montañas…Todo es armónico, simple, esencial.

Esa misma pantalla exhibe luego la producción en serie de automóviles y la edificación de horribles monoblocks en pos del progreso que pueden ser dinamitados en cualquier momento en pos…del progreso. Esos autos fabricados en serie van directamente a amontonarse en autopistas cada vez más monstruosas que se construyen para que las masas se desplacen de un lugar a otro en busca de un ingreso que les permita, entre otras cuestiones, reemplazar sus viejos autos y pagar el alquiler de un departamento en esos horribles monoblocks.

Dormir, trabajar, volver, dormir, trabajar. La vida parece escurrirse sin que se le haya encontrado el sentido, sin haber hecho una pausa para hallar lo esencial entre tanto accesorio, sin haber descubierto una motivación real para levantarse a la mañana en vez de acatar sumisamente el sonido del despertador.

El Mató a un Policía Motorizado está delante de esa pantalla gigante que exhibe la vorágine de un mundo que se fue de las manos por el simple hecho de perseguir lo innecesario y descuidar lo esencial. Y hablando de estas cuestiones existenciales presas en la esfera de lo material, hay una banda que pone a la amistad, al instrumento y a la canción por encima de cualquier tentación que satisfaga más al ego que al corazón en tiempos en que la masividad parece ser el único sinónimo de éxito. Sí, esa banda es El Mató.

En el escenario, Santiago Motorizado y compañía no permiten que los reflectores los iluminen y muestren sus rostros. Hacen honor a su combustible espiritual que es la música y por eso pueden llevar adelante un concierto sin demagogias, sin artilugios, sin una indumentaria demasiado lograda y sin levantar pancartas que no sienten en lo más mínimo.

Y por más que muchos consideren consagratorio tocar en un Vorterix y por eso preparan una parafernalia especial para la ocasión, la banda platense recurre a la misma fórmula de siempre: tocar esas canciones simples y honestas por las que se los puede distinguir a la distancia entre ese puñado de bandas indie que, por falta de ideas propias, suelen tomar el atajo de la pose y la imitación.

Pasadas las 21.30 de un miércoles de diciembre que se debate entre la posibilidad de un diluvio prolongado o unos chubascos por una nube pasajera, El Mató arranca una lucha contra un sonido deficiente que se resolverá, por suerte, con el avanzar de la lista. El magnetismo y Nuevos discos, de La Dinastía Scorpio, dan la pauta de que la intención es ir de menor a mayor en cuanto a intensidad. Y la intensidad aparece con Mujeres bellas y fuertes y se vuelve a replegar con Día de los muertos. Con Yoni B y Chica de oro nadie se resiste a corear los estribillos y con Amigo piedra y Chica rutera la banda cumple con el ritual de entregar un par de clásicos como bises.

Llega el final. Los músicos se descuelgan los instrumentos, saludan y se van como si hubieran terminado un ensayo con amigos de verdad, esos a los que no hay que dibujarles ninguna situación. Consideran que no hace falta ningún cliché rockero para despedirse en su último show porteño del 2014. Sienten, por más que se trate de un Vorterix lleno, que entregaron lo esencial. Y que con eso basta.

Alejandro Panfil

Fotos: Andrés Carrizosa y Santi Sombra (archivo)

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