Siempre es especial ver a los Massacre [review]

¿Qué puede tener de especial un show en el que no se presenta ningún disco nuevo? ¿Dónde puede estar el atractivo de un recital programado en La Trastienda como segunda función luego del concierto de un tal John Premier? ¿Y qué es lo que reúne a tanta gente en una noche en la que pintó el frío nuevamente y mandó al diablo el veranito al que todos los porteños ya se habían acostumbrado?

La respuesta a todas esas preguntas sería “poco y nada”, en caso de tratarse de una banda del montón, pero no cuando se refieren a los Massacre, porque no importan todas esas condiciones para que un show suyo sea especial, ya que ellos son quienes pueden hacer que una noche cualquiera sea inolvidable, aunque no tengan ninguna otra consigna más que enchufar los instrumentos y salir a tocar.

Y se empieza a notar que la noche es especial cuando se corre el telón y la banda arranca con Clavos y globos, una sesión de terapia con letra y música que derriba ese mito de que un show debe arrancar lo más arriba posible. Algo parecido suele hacer Pearl Jam cuando comienza algún que otro recital con Release y la adrenalina de la multitud está tan al mango como si hubieran arrancado con Even Flow o Animal.

Y la noche sigue siendo especial al ver el clima que se ha generado y nadie se atreve a alterarlo, ni desde la banda, que se divierte ante cada rapto de improvisación instrumental o ante cada ocurrencia de Walas, o desde el público, que en casi dos horas de show no deja de subirse al escenario para abrazar a los músicos, sacarse rápidamente una foto o robar por un segundo el micrófono para corear un pedacito de estribillo.

Es especial la noche porque están todos los clásicos, como Te arrepiento, Te leo al revés o El alma en la barca, pero también porque se proponen desempolvar algunas joyas como Cárcel, casino y templo, Tan solo quería ser o Llena de fe.

En el medio, Walas se toma un tiempo para pasar revista a la actualidad y pregunta: “Si este es el Papa de los pobres ¿de quién eran los anteriores?”. Se da vuelta, le pregunta al Tordo qué tema viene y retoman la lista: de la misma aparecerán de un momento a otro el himno que es Seguro es por mi culpa y el aclamado Juicio a un bailarín.

Es tarde, pero no importa. Todavía quedan Plan B: anhelo de satisfacción y Mi mami no lo hará. Cualquier mortal juraría que no hay mejor final que ese, pero sí, lo hay, con una combinación perfecta entre Violence y Armas.

Al salir del recinto queda claro que no hacen falta demasiadas excusas para acercarse a cualquiera de sus shows, en cualquier lugar y momento del año, porque ver en vivo a los Massacre siempre puede convertirse en una noche especial.

Alejandro Panfil
Fotos: Andrés Carrizosa

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