Vago: el debate

La semana pasada hubo una función de la obra de Yoska Lázaro, Vago, que concluía con un debate propuesto por ellos mismos y que incluía dos sociólogos (Pablo Semán y Javier Auyero), un crítico de teatro y periodista de cultura (Osvaldo Quiroga) una profesora de cine y teatro (Araceli Arreche), el director de la obra y uno de sus actores (Fernando García Valle).

VAGO debateNo es ningún secreto que a mí la obra me gustó mucho y por eso volví a verla y me dejé tentar por la propuesta de debate. Sin embargo, como muchos saben, a veces las palabras sobran. Lo que rescato es la respuesta de García Valle ante la pregunta por su opinión acerca de la mirada burguesa de las clases bajas que viven en la villa: “Si querés saber lo que pienso, tenés que ver la obra”. Y es así nomás: “No aclares que oscurece”, le agregaría yo.

El papel de los sociólogos fue lo más lamentable. Desde un lugar que se describe como privilegiado para analizar esta obra, o mejor, su temática social, se lanzaron varios disparates que incluían las anécdotas personales de sus investigaciones en las villas. Desde una pretensión de conocer de ‘adentro’ la ‘realidad’ sobresalieron frases como: “cuando me llevaste a la villa” (demasiado impregnada de ‘llevar’, como a quien lo llevan al cine o al zoológico); “cuando estaba en México con mi amiga brasilera en un taxi” (no se entendió bien a qué iba); “Hay también cosas buenas en la villa, hay villeros que escriben poesía o literatura” (¿?): a mí me parecieron intervenciones un tanto prejuiciosas, muy de intelectual de sillón en el tratamiento del otro como objeto de investigación. Sin poder decir mucho sobre la obra, lo teatral como expresión, el teatro y su función social, su aporte fue más bien nulo.

Quizá la prejuiciosa sea yo que fui a buscar al debate una discusión sobre teatro, y no me esperé un debate sobre la relación entre clases sociales. Es que no fui al teatro a encontrarme con un tratado sociológico o con una clase de conciencia social. Las intervenciones más interesantes vinieron de los panelistas que están vinculados con el teatro y la cultura. Sin embargo, una de las actrices remarcó su reticencia a llevar esta obra a centros culturales o comunitarios de barrios pobres, en algún punto, por no poder controlar el efecto o la percepción de ese otro que representan sobre las tablas. Lo que pienso es que la percepción no se puede controlar y, en general, hay una percepción por cada espectador: estoy segura que hay quien dejó la sala del Teatro del Abasto pensando: “¡Qué horror cómo viven los pobres!” y se fue a comer empanadas, y, nos guste o no, está en su derecho. En el nivel del debate teatral, personalmente, me fui pensando en ese otro representado y en qué modo se vería reflejado en el escenario. Pero me identifiqué con los personajes desde el drama y la tragedia, desde sus experiencias que son también las mías y las de cualquiera: sufrir la carga de un familiar enfermo; permanecer en una relación por conveniencia; amar a escondidas a un amigo de la infancia; asumir que para algunas cosas somos ‘discapacitados’ y que algunos de nuestros principios sí se negocian; las dinámicas de poder que se dan en todas las familias y el abuso de poder de muchos de los que lo ejercen. Todo esto puede ser representado en la villa o en un palacio, y nos vinculamos con esas emociones, tan singulares como universales.

Claro que la elección de una villa no es inocente y sacude el tablero: ¿se discute el realismo?; ¿es teatro de ideas?; ¿quiere producir un efecto específico o un cambio social? Al final, por más ‘investigación’ que hagas, el pequeño zoológico de los espectadores de teatro independiente de Buenos Aires, en este caso, se toma el colectivo y va al teatro para ver una villa o una ‘realidad’ que acontece a su alrededor. ¿Me tengo que sentir culpable? Pero yo no fui al teatro a ver una villa o una ‘realidad’, fui a ver una ficción, una obra: eso es lo que vi. Y de hecho, es una muy buena, en la que hay mucho trabajo y que dispara muchas reflexiones en múltiples direcciones.

Cuando salimos alguien dijo algo que me pareció pertinente. ¿Es esta obra representativa del teatro argentino? ¿Es una muestra paradigmática de una época? ¿Qué justifica que se llame a sociólogos a analizarla? Yo pienso que el debate, así planteado, estuvo de más (¡Con lo que me gusta debatir!). El mejor debate se da, posiblemente,  entre los espectadores cuando salen de la sala.

Y ustedes, ¿la vieron?

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