El rock que se convirtió en entretenimiento

Babasonicos

“Es un universo distinto, ya desde como la gente se comunica y cómo consiguen las canciones, de forma gratuita por Internet. Eso es bueno pero también hay una ausencia del esfuerzo que se necesitaba para conseguir buena música. Antes tenías que ganarte ese acceso”, cuenta Chris Cornell, cantante de Soundgarden, en una entrevista con un diario argentino. Esa situación global que vive el rock podría significarme un consuelo y que no me queje de más por los cambios que ha sufrido la escena rockera de Buenos Aires en los últimos 15 años, pero lo tomo nada más como un punto de referencia, porque quiero conocer las causas locales de esos cambios.

El rock, sinónimo de contracultura, de rebeldía, de oponerse a lo establecido y de no acatar reglas, ha sido adquirido por el sistema como un producto más al cual hace jugar a su favor. Pienso en el rock de los últimos 15 años y me pregunto en qué quedó toda esa esencia cuando me encuentro en uno de esos tantos festivales auspiciados por grandes marcas. Me pregunto en qué momento se dio ese cambio. ¿Hubo un clic y se dio de un día para el otro?

En el festival auspiciado por una compañía de telefonía celular, veo gente lookeada y pintada como una puerta, como si un concierto fuera una pasarela o un boliche estilo Studio 54, donde solo podías entrar si eras lindo o si tenías buena pilcha. A esto me lo ofrecen como rock pero no les creo, siento algo de rechazo por esta especie de parque temático dispuesto en un predio gigante perteneciente a un club deportivo de gran prestigio. Me cortan el ticket y entro esperanzado porque la propuesta musical no es tan mala, pero a medida que voy avanzando me voy encontrando a una multitud que está haciendo cualquier otra cosa menos apreciar lo que sucede en el escenario. Es más consumo y entretenimiento que otra cosa. Estoy hastiado antes de llegar al escenario. Me siento fuera de lugar en este lugar, y me pregunto ¿Qué tiene de rock todo esto? ¿Cómo llegamos hasta acá?

Se fue una escena de rock en la que podíamos elegir cada fin de semana según nuestros gustos y hoy la oferta es más una cuestión económica que artística. Nos ofrecen un sinfín de bandas durante 12 horas abajo del sol como si nos interesara todo. Vemos todo por arriba, no profundizamos en nada y solo nos queda la anécdota tuiteable de que estuvimos ahí. Creemos que elegimos pero en realidad nos imponen una góndola llena de propuestas (productos) que no necesitamos. Quizás estas afirmaciones son un tanto exageradas, pero para Norberto Verea, quien me recibe en un coqueto bodegón de comida italiana en el barrio de Palermo, no: “Las mixturas musicales fueron llevando a que los festivales sean otra cosa. Eso es un cambio cultural que va llevando a que se consuma rock de otra manera y que la manera de escuchar música sea diferente. Si yo te nombro una banda y no la conocés, en 30 minutos tenés toda la data y el disco en Internet. Todo esto es un proceso que no solo tiene que ver con la creatividad sino con cómo conectarte. En la vorágine y el consumismo hay que ver lo que uno quiere que se quede con uno. Es tanto lo que hay de oferta, que nos guste o no nos guste, seguimos siendo sometidos al bombardeo”.

El Ruso, que tiene puesta una remera de The Cult, no deja punto sin responder ni analizar. Luego de recordar, al paso, un “inolvidable show” de Social Distortion en Flores, sigue: “Pasaron muchas cosas, y entre esas muchas cosas pasó Cromañón. No es que hubo un despertar, pero fue un golpe muy fuerte que aquellos que no quieren que haya agujeros donde se transpire, donde nos veamos, donde nos realicemos y donde está el caldo de cultivo de aquellos que quieren ser de otra manera y vivir diferente, se aprovecharon y dijeron “vamos a hacer una ciudad donde cada vez que se abra una puerta todos estén contenidos y eso es mentira, porque se siguen abriendo los campos de fútbol, que son caldo de cultivo para la violencia y que pueda pasar cualquier cosa”.

En un salón de te de la Avenida Rivadavia, más orientado a señoras grandes, Walas, cantante de Massacre, también coincide en que Cromañón marcó un antes y un después, y que la actual postal marketinera de los festivales tiene allí a una de sus causas: “Cambió todo, a nivel estructural y a nivel dueños de la pelota, porque antes el rock estaba más en manos de los artistas. Hoy cambió de dueño el tema horarios, pautas, sponsors, cambió todo. Se cerró una puerta y los que estábamos adentro, quedamos, y los que no, les cuesta muchísimo. Al desaparecer el sótano sin matafuegos, desaparece el semillero de bandas”.

Mientras espero a José Luis Luzzi, un viejito grandote y con pinta de muchas batallas nocturnas, me entero hablando con uno de sus socios que es su aniversario de casamiento número 50, y ahí yo interrumpiéndolo porque necesito saber el por qué tantos cambios en la escena de rock porteña. Por suerte, se toma a bien mi intromisión y se prende en una charla en el café de la esquina que ya está semivacío porque son alrededor de las diez y media de la noche. Luzzi me cuenta historias de cuando armaba shows para los Redonditos de Ricota, de la plata que perdió en este negocio, de la gente leal y de la no leal. Se suelta cada vez más a medida que va sorbiendo su café y yo, que al lado de él, no sé absolutamente nada, escucho cada palabra y analizo cada gesto, porque estoy ante uno de los tipos que pusieron el hombro para que muchas bandas surgieran y permanecieran, como Los Piojos, La Renga y tantos otros que subieron al escenario de El Marquee, que estuvo en la calle Honduras y que por estos días está en una dirección que es imposible de olvidar: Scalabrini Ortiz 666. “Hoy todo está dominado por los mercaderes del éxito. ¿A quién apoyan esos?”, me dice, y agrega: “Ahora el Sí de Clarín tiene unos avisos así de grandes publicitando los eventos de las grandes productoras, pero no apoyan a ninguna banda chica”.

Está claro que hubo dos hechos que frenaron el potencial artístico, el surgimiento de nuevas bandas y la pérdida de esencia rockera, y en esto coinciden la mayoría de los aquí consultados. El incendio de Republica Cromañon y el cierre de Cemento, el local de Estados Unidos 1234 que fue durante décadas el mejor semillero de bandas de rock que haya existido en Buenos Aires, “colaboraron” en el cambio en lo artístico y en la actitud de las bandas, que por diferentes motivos han perdido gran parte de su lírica contestataria en función del nuevo envase adquirido por el rock.

“Lo que provocó un cambio profundo en la escena fue el cierre de Cemento”, me dice un martes al mediodía Cristian Aldana, en un bar en la esquina de Combate de los Pozos y Moreno. Y explica: “Era la cuna del rock y el lugar que desarrolló un montón de bandas. Hoy falta unión entre los músicos para rescatar ese lugar, al menos como museo de rock. Era nuestra segunda casa, íbamos ahí porque nos sentíamos identificados y protegidos. Hoy no hay un lugar que lo reemplace. Antes era cultura esto y luego pasó a ser un negocio. El rock creció a nivel mainstream y muchos empresarios que tenían boliches los abrieron para que tocaran bandas en un lugar que tuviera mejor sonido, mejores baños…”. Para el cantante y guitarrista de El Otro Yo, el único camino posible para no perder la esencia entre tanto cambio sociocultural es la autogestión: “Cuando estás influenciado por la industria de la música, estás condicionado para llevar una obra que sea exclusivamente artística. Hay bandas que están dentro del negocio y eso hace que no puedan ser radicales al momento de poner una letra encima de la mesa”.

Leonardo De Cecco, baterista de Attaque 77, con quien me encuentro en un bodegón del Abasto un viernes al mediodía, coincide con las afirmaciones de Aldana y redondea la idea de cambio que estoy tratando de confirmar: “Hay algo que se perdió y es la escena del under que había a fines de los ochenta y principios de los noventa. Yo creo que el rock es una cuestión cultural y la esencia es esa. Hay empresas que hicieron que el rock se pasteurice”.

 Alejandro Panfil

Foto: Gentileza Martín Bonetto

Comments

  1. Yoapocap says:

    Coincido totalmente y añoro, como tantos otros, los sótanos de mi ciudad. Excelente nota!

  2. PERO CLAROOO… no importa aceptar con total inconsciencia que quiero un sótano SIN matafuegos… es otra forma de vivir en la que nos cuidamos nosotros!!! y como todo, puede fallar!

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